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La de las siete

13 Dic

Aún antes de conocer a Ana Montes el melodrama ya formaba parte de mi vida. Podría decirse que es una historia de familia, y tal vez incluye el lapso más extenso durante el que me he dedicado a observar la televisión. Mi abuela, que no era una mujer romántica -y se notaba-, sintonizaba no pocas veces su telenovela de las siete, y yo, como buen hijo que era, miraba dócilmente esas curiosas historias. Ya después se me quedaría alguna costumbre de mirar otras novelas de cuando en cuando.

Por motivos que se escapan a mi propósito, hay gente que puede ver el melodrama en tanto que literatura como algo provocador. Tal vez la única verdadera queja que se puede sancionar es aquella de la forma: hablamos de un medio visual de duración variable, la mayoría de la literatura en la vieja escuela no se sujeta a dicha limitante. Pero en el sentido amplio, el arte escrito se encuentra ahí, tal como en el teatro como en el cine, y podemos también reconocer su vocación artística, su juego de modelos genéricos y su dimensión arquetípica, como inspiraciones evidentes de una voluntad estética. Supongo que algunos intelectualuchos profieren guardar su distancia por la forma, ¿no serán despreciados por sus congéneres si se inclinan por la expresión popular?

El camino del académico que suele estar minado de falsas genealogías, podría sugerir que la telenovela es un descendiente del teatro de variedades en cuanto a su dimensión popular. No se sostiene, por supuesto, en la forma narrativa y en el tema, pero los elementos están allí: la chica bonita, la caricatura político/social, la mirada de la clase popular sobre las otras -engañosamente simple pero analítica, no es el autor que emplea su método de reflexión para encontrar causas en los fenómenos sociales, sino el espectador que somete al creador a un código por el que la misma reflexión comunica-; se trata de los temas populares por excelencia, fuertes en tendencias irónicas y de humor que pueden hallarse forzosamente en la mejor literatura. El vínculo con el teatro de variedades tal vez sería más explícito por su “desaparición”, el auge de este entretenimiento sucede cuando la televisión y la radio no están al alcance de las masas populares, y comienza a declinar su popularidad cuando otros medios permiten comunicar un mensaje similar. Mucho de este teatro se va a desagregar y formar parte de los diferentes programas de entretenimiento -concursos, comedia- que no se limitan directamente a la telenovela como tal. Igual siento que la sucesión espiritual se mantiene.

De otro tanto, las genealogías atraen a dos sucesores más bien sensatos del género televisivo, estos dos más narrativos y acaso más aceptados entre los círculos de intelectuales y artistas: la radionovela, la novela de kiosco. La primera, exacerbada no pocas veces por su estimulación imaginativa, por su presencia menos violenta que la producida por la tele, por su presentación episódica y breve que la hacía un espectáculo inmediato al que se podía acceder antes que internet. La radio es el primer sitio de los microformatos, allá pueden hallar a los primeros tweets que no eran sino mensajes enviados por los radioescuchas los unos por los otros en comunidades ya entonces virtuales -de ahí el tino que tweet refiera a un fenómeno sonoro-. Por otro lado, la novela de kiosco es un género literario hecho y derecho, que acaso más que el radiofónico se inclina por situaciones típicas y recurrentes, al punto de ser un cliché. Estoy pensando en las novelas románticas o de aventuras que forma parte seria del acerbo literario, solo hace unas semanas recuerdo haber leído el Error de César Aira, donde este modelo genérico no deja de ser mencionado -y recordemos a Puig, que también hace mención-.

No logran, sin embargo, exactamente el mismo efecto de la novela, partiendo desde el principio que el espectador final es bastante distinto. Y es que el formato televisivo hace que la respuesta al melodrama sea mucho mayor, se encuentra en la boca de las personas y existe una inversión personal en el tiempo que es a la vez sorprendente y del todo casual. La telenovela es un entretenimiento, porque su registro es de un nivel sencillo de manejar y maleable. El espectador no debe terminar atontado como a veces sucede con las novelas muy literarias, no debe pensar -aunque sea el caso- que la historia que le cuentan se halla fuera de sus capacidades de creación y reproducción. Debe ser capaz de entenderla, reproducirla, querer que sea de otro modo, y disfrutar los cambios en la historia y las variantes como si fueran hechos por sí mismo. Vaya, la relación entre la historia y el espectador es facilitada, debe sentirse próxima y estimular una fascinación natural, que no dependa de un exceso de verbosidad que vuelva a la expresión demasiado abstracta y teórica para tener empatía.

Y esto, me parece, se logra con más éxito que en casi todo arte popular, el espectador no se siente desarmado frente al melodrama, puede hablar alrespecto y tener su propia aproximación a la novela sin desear ni pretender ser un experto. La facilidad, la apariencia de la facilidad. Algo que prueba que contar historias complicadas no es necesariamente complicado.

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