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Desenvoltorios

4 Nov

Hay variantes de la literatura que sugieren que esta constituye un escapismo, aunque este a veces se presente como un valor positivo, o sin que la voluntad de reducción sea considerada por el enunciador, o por pura imitación. Veamos la frase: viajar con un libro. En ella se efectúa este desplazamiento, ¿de qué? pues del objeto del discurso -y, si uno es por demás romántico, o lírico, y se toma una que otra libertad, el desplazamiento del sujeto-, uno no se mueve con un libro, a menos que vaya en un tren*.

Por supuesto, la frase en sí se trata de una figuración, de una fantasía o más correctamente, de una analogía. Hay un transporte, presupuesto, del hombre en su memoria, del libro como memoria -a un momento ajena, a otro, propia-, la idea de que finalmente la experiencia física es mental y que el libro genera el estímulo análogo que haría el viaje. Pavadas. La implicación físico-mental es deplorable y lastimera, el desplazamiento físico es irremplazable pues la experiencia banal del viaje no es siquiera decible. Y sin embargo, no es ilegítimo decir que en cierto modo el libro si te hace viajar. En cierto modo.

La presunción de escapismo sugiere algo más “real”, entiéndase, menos analógico y más consecuente -o en este caso inconsecuente, pues el escapismo sugiere ausencia**-. No se trata de analizar ese viaje platónico que es la lectura, que va a ningún sitio que existe, por medio de una narración que viaja en espacio y tiempo por espacios y tiempos que nunca fueron. Esa irrealidad no incumbe a quien juzga moralmente el escapismo, mas se halla íntimamente relacionado con él. Si no hay transformación y desconocimiento de lo concreto, si no está lo irreal, ¿por qué se eligiría este sitio literario o cualquier otro para el escape? (Ya sé, fuera de algunos reaccionarios quema-Potters o intransigentes,  no se considera al libro un sitio privilegiado de amenaza a la actividad de simplemente “encarar la vida”, por lo demás, los argumentos pueden, con sus debidas transformaciones, aplicarse a otros medios de distracción).

*- No conduzca leyendo.

Entonces se ha eternizado el mito de que en la inventiva está el escape, que este artificioso viaje debe despegarse de la realidad para constituir una amenaza al cotidiano de una persona. Independientemente por supuesto, de que sea imposible que el viaje no sea otra cosa sino un artificio, pero se presume que el evadido se halla en un acto de incomprensión o de irresponsabilidad. En este sistema podríamos decir que comportarse correctamente en el medio social es un deber. Voy a pensar que quienes adjudican a los géneros fantásticos o a los populares este mayor poder de encanto presumen que en ellos hay un elemento distractor, por cuyo medio es imposible ganar consciencia de la propia lectura. Pregunta legítima: ¿es esto cierto?

**- O más bien, la inconsecuencia se revela consecuencia, porque francamente en lo real y en lo dicho realista, se esperan seguimientos a las acciones. Entiendo que Chejov decía que se introdujeran a los cuentos elementos que fueran a ser usados, y esto de cierta forma exhibía la consecuencialidad de los textos. Baste decir que la realidad, por el contrario del realismo, es en gran parte banalidad, sensibilerías.

Si el escapismo es un afán de distracción, entonces puede adjudicarse un escapismo bastante real a la experiencia popular, finalmente los espectáculos como tales han sido siempre medios para obtener notoriedad o fama. Pero lo popular también es masivo, y no porque la acción de leer -por ejemplo- sea solitaria, quiere decir que sea más enajenante por esto mismo. Haciendo un apartado podríamos culpar a cierta tendencia moderna de seccionar los grupos populares para explotarlos económicamente de manera más flagrante. No sabría atinar, sin embargo, en si logran su objetivo hoy día, pues lo popular tampoco timbra como algo particularmente aislado. Mientras se discuta, y me parece también, que lo popular es más sencillo de hablar que el alto arte.

Hablando de un ejemplo notorio -si bien falso-, tenemos a Madame Bovary, lectora sin duda superficial y de gustos populares, cuya enajenación y escapismo engendran su propia pérdida. El bovarismo, ¿es del género fantástico? ¿es coincidencia que fuera la lectura del Quijote? Creo que la pregunta es doble. Por un lado está el asunto propio al género de la invención, magia o mundos alternativos, ficciones, mitologías y extensa recreación; no hay verdaderamente un género de fantasía, sino muchos y habrá que abordar esta parte del asunto separada. Por otro lado tenemos la voluntad y el testimonio que se da en el Quijote, la suposición de que el arte tiene incluso el poder de volvernos y desvolvernos nosotros mismos, que el arte además de viaje -o más que viaje- es transformador. Flaubert, menos místificoso, sobre entiende que la caída de su Emma, no es obra exclusiva de su afición al texto, sino de la enajenación propia del campo, de la pobreza de espiritu que para él se constituía en ese aislamiento.

Una cosa es constatable, la voluntad de escape, sea para los hidalgos o las campesinas, se encuentra antes que llegue la palabra. No hay que confundir el síntoma con la enfermedad.

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El equipo del siglo

27 Oct

Montherlant inventó el deporte en sus Olympiques, al principio del siglo pasado. Es, incidentalmente, una curiosa adición a los temas literarios, el de escribir la práctica deportiva con ambiciones propiamente estéticas. No se escribe tanto sobre el deporte, pero más curioso es notar que la alta literatura rara vez incluye esta práctica.

Se me ocurre la maliciosa oposición que suele hallarse en los géneros populares, donde el deportista y el intelectual son entidades distintas y antagónicas. Si el origen de este antagonismo es platónico, o si proviene de la poca aptitud física de Roussau en sus caminatas, no nos importa. Hasta donde entiendo, cualquier fabricación artificiosa erudita o popular, no podría sino explicarse como una envidia o una ignorancia de parte del fabricador de hallazgos -el intelectual-. Porque el deportista es por excelencia un cuerpo mudo: produce acciones en movimiento, no discursos sobre sí mismo.

Lo que no es vano, es el reconocimiento del elemento popular que hemos constatado. El deporte nace con la llegada del entretenimiento masivo, con la práctica física como camino providencial para que el pobre se separa de su clase, para integrarse a un grupo de semi-dioses nuevos, de héroes. Luego viene el cine, por supuesto, que establece sus propias deidades…

Esto explica tal vez por qué es en una época modernista que el deporte es inventado, en aquella que todavía concibe un avance en la sociedad bajo los conceptos artificiales de progreso y de crecimiento. Un materialismo, un futurismo… Pero en fin, Montherlant no es un moderno, se puede decir en todo sentido que es todo lo contrario, es un anti-moderno, un arcaísta, una amante de los llamados antiguos, griegos y romanos… ¿Cómo se conjuga este fenómeno moderno -el deporte- en un autor que agrede este mismo concepto?

Y es que entiendo que Montherlant reconoce en el fenómeno popular el espacio de reunión carnavalesco que puede describirse como sitio de comunión. Es el regreso a la religión, a la fiesta pagana, un sitio donde el individuo consigue recuperar su calidad de hombre en sentido completo: cuerpo, espiritu y potencial, sometido a la misma volición. El respeto de Montherlant por el deporte y la tauromaquia es esto, un gesto que desde los modernos parece un regreso, pero que no es sino una resignificación. Por su trayectoria creativa y ética, Montherlant se transmuta en un bachiano impenitente. Muchos hicieron más ruido, mas pocos lo vivieron con tal naturalidad.

El deporte es para Montherlant este gesto de volición -no digo voluntad porque no es algo que responda al alma, sino al conjunto de las fuerzas personales que incluyen el cuerpo, la juventud y el azar-, en toda su validez por ser gratuito pero humanamente necesario. Es respuesta. De allí su belleza y su invitación a participar. Les Olympiques no logra transmitir esa cualidad en tanto que obra artística, con su estilo y su forma no transmite la totalidad de ese poder vital que motiva a Henri y que se deja reconocer, en el conjunto de su obra bi(bli)ográfica. Me parece que se participa como una crónica, como un gesto que constata este descubrimiento en su momento histórico, entre lo que podría pensarse arcaísmo o altermodernismo.

Ahora, tal vez merezca alguna aclaración esta invención suya, este concepto de deporte en el sentido competitivo y fraternal, que exalte la juventud y que exprese la salud. El juego es más viejo que el hombre, pero el deporte no es juego. El deporte es en cierto sentido como el mercado burgués o el estado nación, se trata de una invención conceptual relativamente tardía, el empleo de cosas que existieron anteriormente en un concepto casi feudal -se me ocurre la caza, las justas caballerescas, los concursos literarios- y que luego se organizaron bajo la mirada del humanismo moderno.

Ya lo dije, por un lado está el avance social, por el otro tenemos esta representatividad. En un combate cualesquiera se puede tener un favorito, pero las guerras son las que visten emblemas, uniformes e himnos. El deporte es un rito moderno, gratuito y sin sentido, gesto de fuerza y movimiento. Distinto del arte personal y de la pretención individual, es un fenómeno de sociedad, popular, o usando términos marxistas, de clase.

Habrá buenos argumentos para presentarlo como una propaganda, entiendo que en la época en que la radio y el periódico eran los medios masivos, los entretenimientos requerían poseer formatos propios fácilmente traducibles para poder ejercer una educación nacional -en aquella época- o enajenante -si se toma el mercado, otra vez, historicismo marxista-. Un deporte tiene reglas y responde a un modelo genérico, es concebido como un objeto vendible. Vale mencionar que Orwell y Huxley incluyeron alguna inflexión de estas ideas en sus conocidas dystopias.

Montherlant inventa el deporte por prestarle un discurso propio, porque ningún discurso puede replicar un objeto “real” como el deporte. Tiene una especificidad que nos permite enunciar una de las condenas que hoy en día son muy sonadas en los medios literarios y que lanzo simplemente por su bella audición: El deporte como tal, ha dejado de existir.

Y con esto terminamos esta entrada.

Homo ludus

7 Sep

Jugar es una de esas misteriosas actividades que cuando dominan nuestro tiempo, pueden llegar a interrogarnos. En ese sentido, el juego es como el arte, pareciera estar más allá de los simplísticos sistemas de utilidad que hemos divisado para ganar salarios. El misterio, vale aclarar, va más allá de un simple desorden utilitario, se nos muestra como problema fundamental.

Los animales que podemos comprender, se dedican al juego durante sus primeros años. Uno puede observar esta necesidad de entretenimiento en el cachorro o en los delfines que se persiguen plácidamente. Este juego no está excento de violencia. Casualmente puede introducirse a la actividad un animal extranjero, un ratón que se deje escapar con el afán de perseguirlo y masacrarlo, un cucaracho rebotando agónizante. Estos juegos tan brutales pueden develar cierta óptica que los volvería una suerte de entrenamiento: a través de ello se aprende la caza, se entienden las propias limitaciones, se fomenta el trabajo en equipo. Mas otra óptica entendería lo contrario: la caza es un juego que permite la supervivencia, en su esencia ya se encuentra toda la dimensión lúdica que buscamos, y su caracter de salvación es meramente incidental.

La segunda teoría sin duda puede parecer un engaño de pensador, mas no lo es tanto. Recordamos que la evolución sugiere una adaptación casual, una suerte de desarrollo de características indepente a los sistemas donde se produce, que solo perdura por su éxito sucesivo. La biología no mejora, solo cambia. Del mismo modo, puede que el juego mismo sea visto como una adaptación sumamente exitosa en el sistema biológico, pues el animal que entraba en combate “de mentiritas”, terminó por ser efectivamente mejor en combate, y gracias a esto sobrevivió. Lo que sugiere que la relación entre la caza y los juegos es puro post-revisionismo, una incomprehensión del fenómeno observado. El juego, antecede su función, es algo real antes de algo explicable.

Para decir que buscarle razones al juego humano va a ser algo más o menos futil. No hay un razonamiento sencillo y elegante que vaya a justificar el juego, lo cual seguro privará a algunas personas de ese blando placer. Pero el juego existe, es observado y se desarrolla, lo que nos permite divisar en él una suerte de órden subyacente, reconocerle una estética. Ya luego podemos discutir si la ética y la estética del juego son acaso lo mismo, en sí esto no debería confundir nuestro análisis.

Los juegos son una familia de actividades bastante rica, por lo que generalizar sus características es problemático. Como en el arte, hay juegos performativos, y perfectivos, juegos físicos y mentales. El gozo de los juegos es mayoritariamente estético, sufre del complejo matemático en donde resolver un problema conlleva cierto placer. Así podríamos definir truncamente los juegos: resolver sucesiones de problemas buscando un goce abstracto. Dicha reducción nuevamente engaña a nuestro ojo contemplando demasiado la solución y no al juego en sí.

Yo sospecho que cada forma de arte tiene por fuerza un valor performativo que la define: un retrato es un objeto terminado, mas el arte de la pintura aparece solo mientras alguien juzga y aprecia dicho retrato. No abría pues un arte puramente perfectivo. Me parece que en los juegos dicho juicio no es menos certero, esta serie de acciones performantes estarían al centro de dicha acción, no diríamos pues tanto juego como jugar donde este conjunto de acciones tendrían todo el valor lúdico performativo necesario para nuestro goce. Por tal motivo “jugar en serio”, o sea, imitar la acción del juego sin valor lúdico, no es técnicamente jugar. La caza sería un juego o un trabajo -o un juego-trabajo pero no un trabajo-juego-.

Dado que la definición de juego es tan libre como se puede llegar hacer entre la actividad humana, tal vez podríamos medirlo por su consecuencia: el entretenimiento. Creo que la belleza es consecuencia del arte, entiéndase de leer -donde leer es evaluar cualquier objeto de manera artística, es el valor performativo del arte, el movimiento que lo hace un movimiento dinámico y por lo tanto justifica su nombre de arte-, y que por ella podemos reconocer acaso a pequeños ratos, lo que un arte puede llegar a ser. El juego del mismo modo, viene de ese goce un poco distinto que yo llamaría ingenio, o más correctamente ingeniar un juego, disponerse a tener este gozo por medio de dicha actividad. Sería válido ingeniarse la vida cotidiana, como un cazador tiene su placer de derrotar a las bestias que caza con inusitada efectividad. La efectividad no sería la finalidad de este ingenio, pero se fomentaría como consecuencia del mismo al modo que la técnica artística crece con las miradas lectoras que cambian con el tiempo. Tal vez juego y arte son la misma cosa, lo cual encuentro probable. La diferencia entre los términos sería entonces futil.

El juego nos resulta más claro que el arte, como si resultase evidente su intrincada riqueza. La lectura debería ser como el juego, deberíamos tener esa conciencia de nuestra parte performativa en el hallazgo, de que no hay juego sin jugador. La promesa suena redentora desde que sugiere que el análogo directo de la lectura sería la diversión.

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