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Enajenatendiente

19 Jul

¿A qué punto debe enajenar la literatura?

Apartado: Como regla general intento no predicar con adjetivos que se supongan peyorativos desde su definición, me parece que “vario”, “mucho”, “abundante”, tienen un valor semántico más artístico que “excesivo” o “demasiado”. Es mi sensibilidad arbitraria, aunque también el lenguaje cotidiano parezca efectuar la misma elección, se escucha de vez en cuando “es demasiado bueno” para acentuar que se es bueno y no para decir que “llega a ser tan bueno que termina por ser malo”. No sin decir que las palabras como demasiado suelen ser elegantes en su uso poético, pues la noción peyorativa que avanzan se nos figura más sensible que lógica. Enajenar, creo, se nos ha vuelto un sentido negativo, como la palabra socialista en los Estados Unidos*.

Esto para decir que sospecho que cierta cantidad de enajenación es buena, e incluso necesaria para la obra de arte. La enajenación -entiéndase, ser cortado temporalmente del circuito social-, permite una reflexión que tal vez el momento social suprime. ¿Se requiere reflexión para ser arte?

En cierto modo, sí. Los objetos no son arte, sino que se vuelven arte, lo que dura ese proceso de transformación es la vida artística del objeto, cuando termina, vuelve a ser objeto mundano. Existe el goce artístico sin pensamiento y el compartir socialmente un objeto -una música, un baile-, pero la experiencia personal que siente ambos no puede ser sino personal, no puede ser sino algún recuerdo -y el espacio del recuerdo es enajenado-.

Aunque si el recuerdo es enajenado, entonces toda la vida lo es, el compartir es solo ilusión. Algunos filósofos dirán que he dado en el clavo, pero en el caso del arte la cosa se hace compleja, pues un el complejo arte se comparte. No hay arte que no se dé. En este caso, ilusión o no, debe entenderse que cualquier imaginada enajenación es tan falsa como puede ser. Si el arte es enajenado, es un intercambio de enajenaciones.

Y sin embargo, el arte al tener efecto, tiene una cierta hipnósis, pide atención. Así sería con cualquier otro discurso, finalmente, no cualquier persona puede discutir con varias a la vez. El arte, visto como comunicación, justifica y explica su enajenación.

Por supuesto, no toda comunicación es artística, mas el arte parece obligado a comunicar algo. No necesitaría siquiera un código o un órden, desde que nosotros como raza presuponemos un sentido a la sensación -el parecido de las palabras se nos hace voluntario-, cualquier ejemplo artístico sería un mensaje. Lo que es más, la interpretación cae siempre en un código social predefinido, creemos por ejemplo que la literatura debe referir al hombre, que el propósito objetual de Ponge, sin regresar al hombre es vacuo.

*- De discutir sobre el socialismo, mi visión no sería de base peyorativa porque el término pueda actuar de tal modo en un contexto social, aunque en casos como la palabra racismo, suela encontrar un interés en esta misma transformación depreciativa. La transformación ella misma también es social y sensible, una suerte de poesía folclórica que no pocas veces se encuentra en el eufemismo -el cual hemos discutido antes.

El arte, si es arte, descubre también un código particular, uno que si no me equivoco, puede justificar sus enajenaciones. Una obra que se quiera artística, debe proponernos algo personal, un elemento que nos seduzca a nosotros como individuos, cual si el mensaje nos estuviera destinado a cada uno de nosotros y nunca a todos nosotros. Este código tal vez sea el de una cultura enajenada, mas sin duda es nuestro. Podría justificarse así la presencia del autor como institución: El circuíto busca ser lo más íntimo posible.

Otra manera de verlo es como meta o consecuencia, la obra busca lograr una mínima enajenación, pues ello prueba que es hermosa. Las drogas que abusan los centros de placer de nuestros cerebros nos alejan de la sociedad, el arte funcionaría como una droga dirigida -o dicho en términos militares “droga táctica”-. El goce siempre supone estar y la enajenación en cierto modo viene después.

Luego, sabemos que el arte no tiene un fin definido o único, si existe dicha fórmula se las dejo de tarea, lo que me atañe es notar que la enajenación no puede ser un fin del arte por sí mismo, es un elemento sintomático. Las producciones industriales y masivas de algo que podría ser un objeto de arte -pienso particularmente en los videojuegos entre los cuales hay algunos que abiertamente permiten la enajenación, cuyo valor se mide en “horas de juego”-, han perseguido dicho fin casi de modo utilitario. No sé si sea porque un hombre que necesita enajenarse es uno que necesita consumir. En todo caso, cuando el arte fracasa y solo cae en alguna pretensión sombría de esa natura, suele generar gente “adicta” al arte, entiéndase, simples receptores de droga, donde el arte forma parte de un sistema mayor de evasión.

No creo en las valoraciones en bien o mal, simplemente, descreo de que el arte deba reducirse a eso.

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