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Tareas

14 Jun

¿Por qué mitificar/desmitificar?

No hay una sola respuesta, rara vez los porques son tan absolutos que no puedan derramarse en descripción. Voy a tratar de ponerlo en términos ligeramente más concretos: ¿Por qué hacer tal cosa en la escritura?

Anoté brevemente en la nota anterior, un notable argumento que tal vez haya notado: El lector desmitifica y el escritor mitifica, como el escritor antes de hacer escrito es lector, siempre desmitifica. Se desmitifica pues, antes que mitificar. Suficiente de trabalenguas, expliquemos esto.

Las primeras relaciones que el hombre efectúa con su entorno son más que racionales, quiero decir más, pues contienen mucho más elementos y remiten a más símbolos literales que lo que un objeto real contiene. Razón es racionar, cortar esencias, rasurar. El mundo tal como se vive no es pues, la bestia domada de nuestras ideas. Tenemos que pasar de entrada en los sentidos para enfrentarnos a él, y encarar las ideas contradictorias que cada signo nos pasa. Luego del sentido natural está el parasentido, o la abstracción del sentido. Yo no percibo la hambruna en Africa -soy literalmente, incapaz de sentirla-, mas puedo abstraerme dentro de ese sufrimiento. Imagino y entonces existe la razón. La operación de desmitificar se trata pues, de una mitificación yuxtapuesta, sobre pongo un criterio imaginado -la abstracción- para poder limitar uno concreto.

*- No soy ni remotamente el primero en argumentar respecto a estos desvaríos lingüisticos, mas no pretendo el catálogo ni la fama, así que me limite a enunciar el propósito con fines simplemente ilustrativos.

Podemos hallar el mismo fenómeno en el lenguaje, que de cierta forma podría pensarse un principio negativo de la palabra*. Al decir es blanco, decimos a la vez “no es negro, no es rosa, no es azúl, etc. etc.”, en todo caso, implicamos todos estos sentidos dentro de nuestra palabra cuyo principio inicial es clarificar -anular los demás sentidos, borrar la riqueza-. Solo que para ser blanco, forzosamente se tiene que considerar la posibilidad de no-ser blanco, la misma que tampoco es ser-azul ni ser-naranja. Estamos en una red de significados pasivos que preceden forzosamente a la palabra activa, entendemos que la lectura es así para la escritura, y que el mito es así para el deconstructor.

La sensación que nos da esta inmensidad es que el mito es abundante mas no infinito, sabemos de cierta forma que contiene tan solo todas las significaciones que verosímilmente se le pueden dar, fueran estas activas o negativas. El mito, supongo, es capaz de variar de tamaño en el tiempo, mas su interés es principalmente ser indeterminadamente grande. ¿Por qué enunciar este concepto como una indeterminación? Porque la función de determinar incurriría simplemente en otra desmitificación nueva, la cual a su manera arrastraría otros mitos involucrados. De esta manera las lecturas se desdoblan ingresando por medio de un grupo de mitos anteriores y fundando lo que puede llegar a volverse un mito nuevo. Si decimos que la lectura antecede a la lectura, es que el fenómeno de leer se propone como un interpretar que forzosamente se liga a un sentir. Es un discurso fenomenológico vaya, la idea de que el mundo existe y que por sí mismo el mundo mitifica las lecturas.

Es válido interrogarse cual es la otra opción. Me refiero a la tarea de mitificar/desmitificar -acciones que se implican y son la misma-, si no se puede en cierto rigor hallar un valor objetivo dentro del lenguaje que se plantea. Si tratamos de desmitificar la lectura misma, excluyéndola de todas las experiencias que contiene o se relacionan con ella y volviéndola sencillamente eso, una lectura -adaptar manchas de tinta a conceptos abstractos-; nos alejamos de su contexto de verdad, y sobre todo de su pertenencia al círculo de las artes. Hay lecturas no-literarias que siguen funcionando sobre la mitificación-desmifiticación, mas esta dualidad forma parte de la función artística en sí.

Querer pues, que el lector tan solo sea lector, o que el escritor sea principalmente escritor ya es una tarea de ficción. Entiendo que a ciertas personas les parece que este mito enriquece la práctica literaria, mas es imposible esperar que todo el mundo requiera pasar a traves de esta lente para emocionarse y apreciar lo que las letras pueden ofrecer. En cierto sentido, el mito está ahí para procurarnos un placer, por su permanencia y su mitificación. ¿Creen que los primeros científicos no sintieron el placer de quien resuelve un crucigrama al formular sus teorías? ¿no creen que parte del gusto era formular algo que ellos pensaban que sería siempre válido? Dos vectores pues, para este gusto de mito y desmito: Pretender que el mito sea real -ser inocente o por lo menos curioso-, y tratar de desengañarse de las lecturas.

No pienso, sin embargo, que esté en estas dos cosas el asunto que nos atañe. Mas usted ya dedujo la pieza que falta en el rompecabezas, así que ha de quedarse así.

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Otras curiosidades

2 May

Indagando, se puede llegar a la conclusión de que entre los más importantes motores del arte, se encuentra la muy humana noción de la curiosidad. Lo que nos sugiere que en todo arte hay algún principio de búsqueda, independientemente de que se encuentre tal elemento enmedio de nuestros intereses mayores. Señalo la importancia de la curiosidad, pues actúa sobre una transformación de consiencia que ha afectado al arte a manera de volverse serio, en los últimos siglos: Pensar en el espectador.

Todo esto nos puede resultar evidente, lo que no quiere decir que la adscribamos a la noción de que la curiosidad es algo necesario para el arte. Yo no adscribo a esta noción. Si bien no podemos excluir la búsqueda de novedad y sorpresa en la actividad cotidiana de cualquier hombre, no podemos tampoco dejar de decir que leer, para cualquiera que se cuente entre los literatos, es una pesada costumbre. Leo más por costumbre que por causarme una enorme emoción. Leo con tranquilidad en vez de corroerme en la espera de lo que viene después.

Y es que en ciertas nociones de arte -ciertas lecturas del arte-, prescindimos bastante de la linearidad. Ya he aprendido a gozar un libro por su estilo de prosa y no por el contenido que tiene, lo cual es a su vez, un don interesante y el peor de los vicios. No me hace menos consciente de la idea de la curiosidad, pues en principio -aunque sea uno grotesco, falso o falsíficado-, el artista sabe lo que quiere decir, y la curiosidad y duda corresponden al lector. Como soy un apologista de la lectura, no puedo sino reconocer que estos fenómenos me interesan ampliamente aunque yo mismo, no los sufra de primera mano. ¿Puede uno abordar la curiosidad sin sentirla? (No puede, no sin riesgos, me temo)

Buena parte de la curiosidad, según mi experiencia, parte del principio de la identificación. Esto es muy fácil cuando tratamos novelas “sentimentales”, o incluso poesía lírica, el principio es que se goza de cierta estética por este punto de vista particular, y por fuerza parcial. En la parcialidad siempre subyace un dejo de curiosidad, porque la autoreflexión es por naturaleza, un cierto tipo de duda interior. Se me ocurre un ejemplo, que creo, es de Sartre. Se nos habla de una joven cuyo desprecio por el sexo, viene también con un extraño morbo sobre el gusto que siente por los genitales masculinos, mientras estos no estén en erección. El personaje en cuestión, goza de la impotencia de su marido, y nos narra dicho regocijo. Lo que me marcó de transponer los pensamientos de un ente “desequilibrado” es la omisión de ciertas ideas, que no se dan por terminadas sino “sobre entendidas”. Debemos entender entonces, que nosotros hemos seguido el mismo camino de reflexión que la persona “loca”, y por ende, aceptamos y abrigamos la locura en nosotros mismos. La curiosidad es entonces, un cierto paseo por caminos de interpretación y la construcción de una cierta lógica, no podemos impresionarnos de lo inesperado sin suponer de antemano que la lógica debe romperse.

Hay un salto pues, entre la lógica y el determinismo. Digamos por generalización maliciosa que las producciones millonarias de Hollywood, siguen un molde “determinista”. Básicamente sabemos que todo terminará bien. Esto amortigua el sentimiento de sorpresa, y por lo tanto, cierto sentido de curiosidad propio a cualquier obra. La curiosidad nos supone una lectura tanto más amplia, admite cualquier sopresa como un elemento positivo, esperando la vertiginosa novedad, considerandola buena- (pensemos en el molde de los thriller). La curiosidad también permite el determinismo, en la medida que suspende su deducción para pensar que el final destinado, no va a suceder realmente. Un curioso, parte de una voluntad de ignorancia para disfrutar plenamente. Leer de manera curiosa, se asemeja a leer de manera ingenua, lo que uno hace es volverse ingenuo para leer.

No creo pues, que el arte pueda partir de la curiosidad para desarrollarse, me parece que el sentido fuerte de cualquier obra, debe superar ese objeto. Un ejemplo -seguramente pobre- es un documental crítico, que construye una introducción a un tema y cumple el papel de informarnos -supone en gran parte, darnos algún elemento nuevo, está en el género de la noticia, de la novedad-. Mas puede decirse que un documental fracasa, si al terminar de verlo, el espectador no se interesa más al tema en cuestión, que antes de presenciar el filme. Esta ya es una curiosidad que pasa de la primera y más básica duda, es la verdadera parte que corresponde al curioso del arte. Si se quiere, el arte nos puede extender a una curiosidad extendida, la cual si es por naturaleza y gracia, algo que funda el arte a todo nivel. (Mi ejemplo es pobre por varios motivos, la idea de un documental que quiere educar, como el del cualquier discurso con un objetivo rígido, es mediocre para remitir al arte total)

Justifico de este modo, el buscar lecturas que no partan de la curiosidad, sino lleguen a ella. La lectura enriquece, y es el dilema del espectador, no del artista. Excepto que el artista es un espectador.

Sin título

27 Abr

Indagando, se puede llegar a la conclusión de que entre los más importantes motores del arte, se encuentra la muy humana noción de la curiosidad. Expresé anteriormente mi visión de que la tragedia clásica parte de un principio de culpa, que sustenta el drama hasta sus últimas consecuencias cuando se ha destrozado la proporción de la falta. Este caer estrépitosamente hasta la perdición, no es sino un morboso acontecer que alimenta el sadismo y el masoquismo del espectador -pecador también-, partiendo de cierta curiosidad.

Aprovecho para notar la inquebrantable relación entre la curiosidad y el espectador, pues si bien la escritura en sí misma puede abstraerse como una búsqueda de respuestas y una inquietud, esta investigación del autor dentro de sí mismo y su obra, no posee el mismo caracter explorador que hace el lector al aproximarse a un objeto que le es ajeno. Por medio de una búsqueda, el espectador se apropia de la obra, no obstante en un momento anterior, debe proponerse el deseo de buscar.

La obra es un objeto que permanece, mientras que la lectura de la obra se divide y se transforma. Yo tengo un ejemplo pertinente sobre una puesta en escena de Berenice, vista recientemente con una interpretación moderna. Tenemos esta escena donde Titus y Berenice discuten, se debaten entre sí por sus sentimientos a saber si deben permanecer unidos siguiendo el decreto de su amor, o si Titus eligirá guardar la ley romana que le prohibe esposarse con una extranjera. La puesta en escena, no sin ingenio, hace que los personajes se desvistan progresivamente en la discusión, como si el acto de pasión fuese una amenaza presente entre ambos, terminan desnudos antes de que Titus concluya que será fiel a la ley romana y que Berenice debe partir. Tres razones me parecen adecuadas en el uso de esta desnudez, oponiéndola a un gusto por provocar al público gratuitamente: En primera, Titus concluye la escena desnudo, remitiendo al imaginario de las estatuas griegas y romanas que presentan al hombre desnudo, al continuar la discusión, llega a este estátuto de personaje histórico que le valida esta similitud con su estatua y su elección de Roma sobre el amor; segunda, la intensidad del diálogo en medio de estos giros de pasión guarda su cohesión para el espectador actual, se entiende la fuerza del debate entre los personajes gracias a esta dimensión carnal, su lucha en el plano verbal es desgarradora al punto de manifestarse en esta visión pasional del encuentro, los excesos del clásico francés apenas se vislumbran ante esta sensibilidad; tercera y la más pertinente a nuestro tema, la idea de esta desnudez y amenaza de la relación sexual, nos remite a una idea clásica completamente perdida hoy día en la puesta en escena tradicional: La intimidad morbosa del encuentro entre amantes.

Me explico: Hoy día nos puede parecer que la presencia de una mujer con su amante en el mismo cuarto mientras ambos están vestidos, no es nada de alarma y respeta la inocencia de la imágen. Esto es simplemente porque estamos bañados en códigos televisivos y cinematográficos en los que la intimidad ha sido abolida. Al tipo del noticiero lo vemos más cerca de lo que lo toleraríamos en la vida real, los planos sobre un rostro suelen ser excesivamente cercanos, pero el tiempo ha disminuído su efecto en nosotros. Estamos hablando aquí de un cambio de lectura al momento de que el espectador ha cambiado. En la época de los clásicos, la idea de que un hombre y una mujer discutieran a solas en un cuarto donde están solos, es un fuerte indicio de sexualidad, una transgresión mayor que el espectador de aquellos tiempos entendía -y cuyo morbo adoraba-. Si uno lee una novela epistolar, caerá pronto en cuentra de que los furtivos encuentros de los amantes eran a la distancia, por cartas y mensajes de terceros, haciendo del momento en que discuten en la alcoba, la cúspide de la tensión lista a estallar. No comprendemos esta idea en una puesta tradicional del teatro clásico, pues su fundamento trabaja en un código que para nosotros ya no existe. Por lo tanto, nuestra curiosidad en el objeto no es la misma y nuestra lectura, difiere bastante.

Algunos objetos artísticos continúan acompañando esta noción de morbo tan propia del arte desde sus inicios, como pueden ser la cortina del teatro y el forro de un libro cualesquiera. La similitud con una ventana o una puerta cerrada, es parte de un código que nos invita a cierta mirada ilícita y voyeurista sobre nuestro objeto de arte, hay barreras que se rompen y que nos permiten ver sin ser mirados.

El lector curioso, por lo general buscará una tensión y una respuesta proporcional al impulso de su deseo, se decepciona al no ser satisfecho y se excita al ser tentado por los avances del relato. Uno de los géneros más recientes, la novela policial, se funda sobre un principio de curiosidad pero también de búsqueda activa por parte del lector.

Ya después exploraremos otros efectos y defectos de la curiosidad dentro del impulso artístico.

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