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Tira y habla

8 Nov

Un idioma es, como la distancia y la experiencia, una manera de abordar el arte. Hablamos, o por lo menos leemos, en español, esto sin duda nos fabrica una manera superficial de relacionarlos con los objetos en el mundo. Hay quien dice que los hispanohablantes tienen una especie de complejo de inferioridad cuando se trata de la razón, como si el idioma mismo los privara de una capacidad fidedigna de reflexionar, cual si dificultara el aprendizaje. Y sin duda le damos demasiada razón a este argumento y demasiada poca forma, se nos ocurre neciamente que el lenguaje es algo dado, que dictar un pensamiento es como escribir.

No voy a arrancarme a discutir historicismos en valde, sobre que el idioma español se nos impuso -asentirá el basco o el coya-, por lo pronto reflexionaré sanamente en lenguaje y cultura, en su problemática dual y que pensamos terrestre cuado pudiera ser acuática. Porque dije bien, el idioma es una manera de abordar el arte, sin limitarme al literario.

Podría sugerirse que no es casual el lugar marginal que se le receta a la historieta dentro del panorama intelectual de latamerica. Existen sus excepciones, los grandes trabajos del género que cada país se reparte a cuenta-gotas y precisamente, sin terminar de fundar escuela en ello. El comic no se considera tanto la expresión ligada a la nación como el esfuerzo fructífero de unos cuantos autores emblemáticos, como Jodorowsky o Quino. En otro lugar, en otro idioma, podemos aceptar que Bélgica haya fundado una escuela de la historieta que no depende ni imita las lecciones de otras grandes culturas de la tira, como Estados Unidos o Japón. Estos tres ejemplos son acaso rigurosos en nuestra acción de recobrar el sentido de la tira dentro de un espacio lingüístico particular, al comprobar de antemano que los respectivos idiomas permiten y fomentan el uso de un término y formato preciso (comic, BD o manga, ciertos atributos genéricos los unen y los separan), mientras que la historieta se encuentra en una posición incómoda en la lengua cervantina, no tiene este peso semántico que suelen contener los objetos representativos y populares, aquellos que generan sinónimos, abreviaciones y analogías múltiples y constantes. Por supuesto, hasta aquí solo estamos comprobando que el lenguaje como hecho cultural imita de cierto modo las características persistentes de la especie artística dominante, con sus carencias y sus prejuicios. Sería una emulación a posteriori. Habemos de recorrer el camino inverso.

Lejos de la tradición occidental, el manga viene de un sitio de expresión en el que no solo la distracción y el humor son legítimos, sino que los temas adultos y el drama pueden tratarse con impiedad. Hay, géneros de comics dramáticos, fantásticos y pornográficos, un mangaka no tiene tan solo un modelo al que referirse. Y no es vano notar que el lenguaje en Japón aumenta la presencia de la imagen, como forma, dentro de cualquier idea. La vista imaginada comunica enteramente, y la palabra escrita no es sino variante de una visión arquetipal. El manga es un estilo artístico válido para un lector de cualquier edad porque la imágen tiene la capacidad de tomar un sitio dentro del circuito de las palabras establecidas, porque ruptura con herramientas semánticas el esquema rígido de símbolo y representación, para enfrentarnos con la noción de experiencia. El saber un idioma nos predispone a estar abiertos a ciertos conflictos y abstracciones que el mundo arguye en pos nuestro. El lenguaje en Japón les ha permitido remitirle a la imágen toda la solemnidad que le es propia y que fuimos perdiendo nosotros, por descuido y por exceso de lo que mencionamos al principio: poner cualquier problema en términos de la razón.

El símbolo aleph, que precede a la creación de nuestra letra “A”, quiere decir toro. Su forma, es literalmente la de una cabeza toril con sus cuernos -se asemeja a nuestra letra actual de cabeza-, y comunicaba a manera de un símbolo original, la presencia divina del rumeante como ente alrededor del cual se fundaban las sociedades agrícolas. A dios lo que es de dios. Si tan solo hubieramos logrado mantener esta simple analogía tal vez nuestra proximidad a lo natural hubiera podido mantenerse, y acaso nuestras prácticas sociales y culturales responderían a ello. El lenguaje, sin embargo, varía con el tiempo, casí siempre se desordena y crea ficciones de sentidos. Nuestro mensaje actual ya se presenta muy opaco, y toda nuestra capacidad de corregirlo es inexistente. Compusimos por esto lenguajes alternativos que nos expresan de cierta manera, que son parte del mismo sistema como es el manga, o es la BD y que representan no solo nuestro raciocinio artístico sino el vigor desesperado por recuperar espacios en que la palabra no ahoga nuestra visión del mundo.

(Acaso el teclado deviera por lo menos tener una textura rugosa sobre él, para poder expresarnos sensiblemente)

No existe una manera de ver lo mismo que acabo de decir, y sería tan inocente como falso pensar que el lenguaje voluntariamente se encajona a sí mismo en callejones sin salida. Así también, creo que el arte latinoamericano es mucho más que una cuestión de invasión y apertura -como solemos usar al hablar de lenguajes-, sino también de conciencia y de (re)creación.

Los dejo que completen lo que sigue de aquí.

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La pregunta del arte

13 Abr

Esta (qué es el arte) me parece una de las cosas más terribles e inevitables que uno se plantea forzosamente en la vida ociosa de la ciudad. Si uno tiene tiempo de ocio, como al ser estudiante o conocer nuevas personas, la encara seguro alguna vez. O soy yo quien tiene pinta de artificioso y la gente la levanta en pos a mí con malicia. Sea. Mi primo la lanzó hace poco tiempo y le saqué no-sé-qué como respuesta. Intento de nuevo el ejercicio.

Toda pregunta supone e indica su respuesta, la del arte presume dos cosas horribles: el arte existe y requiere definición. Yo la descarto ya por esto: no hay mucho a donde hacerse. Pero somos hijos de la ficción y no hace mal de pronto hallarse en ella distraído. Yo sé que no requiero la respuesta y que es vana, mas no me cuesta nada darla. Ser generoso con su tiempo, además, es la vanidad más noble. Me parece que el asunto es esto:

“Existir no es mérito para nadie, excepto para el arte”

Por supuesto, partimos de la noción de que todo existe (incluso el arte, ¿por qué no?*), y que la vida en sí no tiene mérito (es un ejemplo). Admitimos la lucha por la supervivencia y la continuidad, mas el arte mismo sufre de caducidades y modas, no está tampoco exento de un final absoluto. Tan absoluto como puede ser un final, porque si el tiempo no existe (como decíamos antes) entonces todo es a la vez y el arte siempre está de moda. Y pareciera aún más ridículo el mérito de existir, pero el arte solo tiene eso.

Ahora… ¿Es un mérito de su creador o uno del arte? Cabría hacer la diferencia, si esta existe. Dado que el arte es una acción, una ruptura, presume que su modelo creador tiene toda las cualidades necesarias para llevarla a cabo. Si no hay tiempo en el arte siempre hay continuidad y podemos, sin mucho esfuerzo atribuirle características de todo tipo. En el arte hay recepción, aquel ojo que permite una existencia continua y confirmada del objeto. Pero no debemos limitar el arte a este existencialismo inmediato, ¿qué es el arte además de creación si uno admite su existencia?

Si se toma como una creación, por un lado se crea y por otro se existe. Naturaleza contra nurtura ¿no? Admitimos que la puesta el escena de una obra de teatro no sea su escritura, que el momento en que cualquier arte existe no viene de un solo creador. Porque el arte es el que inventa la identidad de su autor, que a fuerza de tiempos y descontentos siempre será una y múltiples. La existencia del arte es lo que justifica su propia creación y la realiza, al punto de confundirnos. Crear solo tiene sentido en la existencia, el arte sostiene la creación y en ella realiza su valor. Pudiese ser que el arte nos satisface porque representa nuestra misma capacidad de crear, y nuestro gratuito goce en ella es el goce del arte. Nunca hemos creado objetos o ideas con el simple fin de que esto sea práctico, sino todo lo contrario: el juego y la imaginación son antes que nada placeres de nuestro organismo, ese placer era necesario para que una raza como la nuestra se inclinara hacia la creación, y lo que eventualmente se volvería la ciencia.

Si el arte existe y es gozado, no es por otra cosa que para reflejar nuestra propia ansia de creación. No todas las ideas son placenteras, y mucho de lo ficticio solo acarrea dolor y sufrimiento; el arte es un recordatorio perpetuo de un mito prehistórico: el parto índoloro, la fecundidad que salva. Y pensamos acaso por estas conclusiones que el arte es un fenómeno estrictamente humano, porque solo podemos verlo como un goce personal, que incluso al paso de los años se ha tachado de convencional. Son nuestros símbolos y traducciones de la creación, pero nada más sencillo que admitir que una entidad no humana podría prescindir de los nuestros, y procurarse un arte distinto. En esta concepción del arte, estamos muy cerca del juego, pero el juego es ante todo la acción, la actividad. Por algún motivo misterioso, el juego parece destinado a desaparecer mientras que el arte piensa en lo eterno. Llego a pensar con frecuencia que son lo mismo y la división es vana.

Como el arte tiene por solo mérito existir, a veces sería sensato admitir que ciertas vidas son arte, que la simple y estéril oposición del hombre a ciertas cosas las vuelve heroicas y elevadas. Tengo el mérito de existir en cierto momento histórico, bajo ciertos perjuicios y errores, en medio de toda la muerte. Si entiendo esto como debe ser, se halla que la relación entre poesía y divinidad tiene algo de bastante sensato, pues en la divinidad se halla la creación y en el poeta -por necesidad, encontramos al héroe. Los artes son extensas mitologías abstractas de nuestros accidentes más bellos. Existen. Como la sorpresa.

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