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Pas propre

19 Jun

Si uno creció en los mismos años que yo, la idea de la propiedad privada le estará anclada en el fondo del alma. Ya decían en la revolución francesa ¿no? Libertad, Igualdad, Fraternidad y Propiedad. Uno tiene lo que tiene ¿no? Este principio inalienable parece violentar un montón de bellos proyectos humanos, y sin embargo es algo fundamental en los animales territoriales que somos, en fin…

Usarlo en la literatura se me hace atróz, normalmente refiero a la poesía primero porque finalmente tenemos un primado de la lírica ante la narración, es la más literaria de las literaturas. Nuestras mejores narraciones no carecen de valor poético, así que uso esta arbitrariedad para justificarme ¿no? -¿necesito justificarme?-.  Por esto mismo digo que en la poesía no tiene sentido la propiedad, porque las palabras aunque muy íntimas y todo, jamás serán del poeta. No hay poeta. El que lee la poesía, en voz alta o para sí, se transmuta en la figura poética, en el verdadero ente divino que los que consacraron esta actividad concebían. La palabra de otro te vuelve el otro, la palabra de nadie te magnifica a un vacío inhumano/sobre humano. Trucos de lenguaje, el nadie que es más que cualquiera aunque no más que todos. ¿Raro? Sí, ¿propicio a la posesión? Solo si se trata de la demoniaca o la divina, aquella donde uno es de alguien y no tiene cosas propias.

Ahora, usted me escucha y si por inocencia se inclina a creerme ciegamente -no lo recomiendo, entre mis votos de pobreza intelectual se encuentra la necesidad de mentir, el engaño y la procastinación-, me preparo a completar mi posición. A usted se le hace que un texto le pertenece a alguien, no le faltará la noción fantasma de la propiedad intelectual, un valor legal que brindamos a los culturadores para que mueran menos de hambre. Es parte del discurso y el recurso legal, que tiene su poesía según algunos, pero que hoy no reivindicaremos. ¿Es una verdadera propiedad? ¿se supone que las ideas y las palabras pertenecen a alguien? Nos hallamos sobre todo en la convivencia y la convención, nada trascendente que ver, ni necesariamente cierto. Yo robo los libros de Paulo Coehlo, pero no su ingenio*. La protección legal está ahí para no generar abusos y mentiras que puedan ternir la imagen del susodicho o susodichos. Para que alguien sin mérito no plagie los títulos válidos de un artista más dedicado.

Entonces le decía que no hay verdad efectiva en esta propiedad poética, pero que hay un perjuicio para aquel que “se apropia” de las palabras de otro, se considera una literatura inferior, cuando no un plagio deshonesto. Y tenemos géneros como los ensayos y otros que viven de transformar la palabra, pero no de imitarla, nuestra experiencia adulta nos exige la fantasmagórica originalidad para no caer en las limitaciones interpersonales. Si usted admite que leer un libro más o menos copiado tiene algo de fraudulento es porque nació hace pocas generaciones y esta idea de propiedad privada ya se ha plantado en su mente. No esta listo para hacer revoluciones más agresivamente concebidas que la francesa, se halla usted en el historicismo puro, es un hombre de su tiempo.

No me voy a meter en debates legales sobre el internet, pues finalmente todo esto es un asunto de convencionalidad y de saber vivir entre congéneres, y no pretende la verdad. A mí me gusta pretender la verdad aunque sea a través de la mentira, y revindico el valor profundamente poético y necesario de la imitación y el plagio. No voy a llamarlo con un nombre de mas virtud, el plagio es una palabra que comunica a mi parecer la idea necesaria.

Quiero hacer una antología con poemas míos y de otros, mitad y mitad si se puede, finalmente hablará mucho más de mi poética personal que cualquier ejemplo que contenga solo frases propias. La poesía se constituye de palabras ajenas, la propiedad en ella es impostura. Claro, esto no se puede vender, pero no veo una multitud de vates que escriban por la plata (para eso es la novela, como diría Bolaño). Siento que la pequeña transgresión es todo menos inútil, pero me temo que imponga una dificultad de comprensión: ¿falsa intertextualidad? ¿deben entenderse afinidades de un texto a otro? ¿sería tan confuso como proferir poemas en diversos idiomas y alienar por fuerza un lector? No es ciertamente mi primera preocupación, mas la mencione en caso de que mi divagación le sugiera a alguien un proyecto genuino. Me encantaría leer un poemario así, libre de la identidad y llena de la personalidad.

Vaya ahora que lo pienso estoy abogando por algo más individualista que lo que ya existe. Borrar al otro.

A veces soy atróz.

*- ¿Debe leer demasiado en la personalidad que he elegido como ejemplo? ¿no puede suponerme inocente? Que lector tan malicioso es usted.

Literealidad

23 Ene

(Esto lo escribí a la carrera ayer y no sé por qué no su publicó, mala suerte)

*- Oximoron.

Hay que reconocer el estrepitoso ingenio de los productores de televisión que han permitido a sus emisiones transformar la manera de concebir nuestro universo. Y es que voluntariamente aceptaremos que los pensadores y los artesanos alteren nuestras percepciones, pero nos parece fortuito y barato que otro tipo de persona más entrada en nuestro sistema consumista pueda obrar los mismos milagros. Habría simplemente que reconocer que cualquier esfuerzo que dedica cantidades descomunales de dinero a un propósito, termina por tener mayor capacidad de transformación que otro del todo precario.

Yo pienso sin embargo que el productor de televisión es aún demasiado respetuoso, debe osar aquello que ningún intelectual que se respete presume desde la más tierna educación: la barrera insaldable entre lo popular, masivo y vendible, respecto al arte con ambiciones más elevadas. Y me parece simplemente que los intelectuales no lo han logrado también en parte por la falta de recursos mencionada. En fin, sugiero pues, que hagamos de los escritores los próximos protagonistas de la telerealidad.

Aunque la música y la danza se han instalado en el entretenimiento la literatura tiene malestar en inflamar a las multitudes. La danza ni siquiera tiene una convocatoria tan millonaria como música o cine, pero sabemos que se encuentra en toda persona y permite unir a la más grande variedad de celebridades o individuos dudosos que forman el arquetipo de la telerealidad. ¿No es la ciencia del reality show exhibir obscenamente montruos y vicios comunes? Hay dos tipos de personaje: el que nos hace reir y del que nos burlamos porque es completamente inadecuado y pomposo. Creo que es arduo hallar gente más ridícula e incómoda que los escritores, pues queremos suponer que son profundos e importantes pero como los hombres políticos o los actores son simplemente personas. ¿Los amaríamos y veneraríamos si no fueran irracionales e inconsistentes? Aquí la pretensión del academista o el intelectual trata de pretender que el mito del autor es algo justificable con la razón, pero en el corazón sabemos que meter a Coehlo y a Bellatín en una misma casa donde deben enfrentarse tiene un toque de ingenio.

¡Los escritores se antagonizan y se humillan sin que uno haga nada! ¿por qué no alimentar el morbo y al mismo tiempo vender más libros encerrándolos como hurones sexualmente frustrados en una pavada intelectual que los estimule? No sé si las editoriales se han dado cuenta de este potencial, que es mucho mejor que los anónimos y olvidables premios de novela que sacan cada año, trimestre o temporada, dependiendo de gustos o presupuestos. Además se encuentra en el acerbo cultural de la literatura, el enfrentamiento vano de personalidades, de antagonismos y estilos incomparables que se agreden los unos a los otros. Lope de Vega contra Góngora, José María Arguedas contra Julio Cortázar, César Aira y Carlos Fuentes contra Mario Bellatín y Ricardo Pigila. ¡Cuánto potencial desperdiciado! Pero en fin, seguramente las televisoras preferirían tener estrellas literarias conocidas*, las cuales no necesitan tanta promoción pues se enriquecen de manera demesurada con sus diversas publicaciones, cada una potencialmente mejor que la anterior. Respetar el tema principal de la telerealidad nos sugeriría tener escritores más o menos desconocidos en la competencia, a lo mejor uno que solo haya escrito una novela y esté trabajando en la segunda o algo así.

Y podríamos hacerlo con pequeñas misiones estilo taller de escritura, les dejan de tarea a los estimados autores de escribir un tema, un soneto, una novela histórica, un libro de vampiros, y luego se leen públicamente sus obras, para lo cual los televidentes hablan por teléfono**, y elígen quién tiene derecho a continuar su carrera literaria. No puedo imaginar un solo defecto a este sistema, me parece que podemos fundar los cimientos de una Era de Oro literaria que finalmente abandone las pretensiones anticuadas de que el arte elevado y la ganancia son cosas que deben separarse. Ya no es así, ahora lo que necesitamos es que cada autor que se respete aparezca en una publicidad probando el excelente sabor de los yogur light de Danone y agradeciendo conmovido a los televidentes que le permitan acercarse a su sueño de ganar finalmente el Nobel.

**- Llamada a 50 centavos de euro el minuto.

Como soy un hombre infinitamente generoso, acepto que esta idea sea explotada sin remoneración económica para su servidor, pues el bienestar de mi arte querido es prioritario para mí, aunque me cueste la oportunidad de una vida opulenta y llena de comodidades. No rechazaría, una invitación a participar a tan ilustre evento cultural cuyo cáracter revolucionario es innegable, pero si esto falla, me conformaré con sintonizar asiduamente las emisiones para educarme sobre la literatura moderna, con el gusto honesto de un couch potato.

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