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Obra toda

18 Jul

Siempre he sido, y espero siempre ser en cierto grado, un lector propenso al error. Pero hay errores indeseables y hay otros que no solo se esperan, sino dan esperanza. El error de la ortodoxia es uno que me gustaría evitar, porque me supondría tener un método para abordar cualquier obra, y no solo suena a pedantería sino que es el equivalente a jugar a los dardos con los ojos cerrados. Me dirán que dominar el tiro de flechettes a ciegas requiere maestría, por supuesto que sí, pero la lectura es como tirar la flecha de Guillaume Tell, la parte sorprendente no es el espectáculo, sino el riesgo personal. Sin riesgo personal, ¿cuál error importa? Pues a final de cuentas si la lectura no es propia, si no lo concierne a uno, pues no es lectura todo simplemente. El que viste una lectura critica para venderla no actúa como un verdadero lector, ya sabrá Dios y su prójimo si de veras lee -no nos lancemos en generalidades que sean más torpes que lo estricto necesario-.

Entonces, decía que la experiencia de fallar una lectura, o no fallarla -no es una competencia, leer- sino mejor dicho mediarla por otra, ponerla en duda, reinventarla; esa experiencia es una satisfacción necesaria que debe llegar cada cierto tiempo. Ya saben que soy desertor de los que se agarran de los valores como excusa para no aceptar el cambio. Otra persona así, Ana Montes, me mostró algún objeto que acaso yo banalizaba il y a deja quelque temps. La obra de Ana Montes, fragmentaria y varia, se extiende sobre todo en lo audiovisual, la poesía y algo de teatro. Yo la he presenciado poquísimo. Tal vez precisamente por mi mirada a migajas me hallé un poco empecinado en hallar un hilo conductor del todo, ¿ya ven? Inventarle una identidad al corpus, en eso consiste. Pero nunca antes había tenido la experiencia interpersonal con un autor, un tipo de intercambio que siendo yo principalmente y antes de todo un purista de las letras -habrá notado el lector que llevo cientos de entradas sobre todo teóricas, divagando en distintos temas casi siempre desencarnados-, me llegaba de lo desconocido. ¿Cuánto importa la persona del autor en su obra? Yo le atribuía un falso valor fantasma, en algún momento. Luego visto del otro lado, la obra hacia al autor, fui hallando tal vez relaciones más sustanciales.

Para decir que lo mágico y lo inexplicable si forman parte de la obra. Uno las escupe un poco dada la densidad de su alma, la necesidad de producir algo, de crear. Tienen partes de uno que ni siquiera son de uno, predicen el futuro, son como el sueño de Jung. Me acuerdo que comenté algo sobre la lucidez que sugería Chirbes en una de sus novelas, la lucidez como valor del autor: no ser sincero sino presentir. Creo que esta lucidez puede cómodamente tener algo de autismo, tener un espacio cortado como los agujeros que tenían otros hermanos lectores que eran finalmente, también suicidas. Que el suicidio forma parte también de una lucidez que se nos figura a veces macabra, pero tiene bastante de natural. La obra también es un suicidio simbólico, porque si uno tuviera que bancarse sus obras tal vez se moriría, aunque sea de pena, aunque sea de misterio. Igual no siempre es el caso, lo fundamental es que la obra y el autor, es una relación difícil de simplificar, yo no hubiera entendido esto, la relación a veces no me ha importado gran cosa, pero en mi última novela fui entendiendo que podía ser parte del todo pues, que la relación es parte del mensaje.

Es curioso, por no decir otra cosa. Si les parece evidente, acaso he fallado en expresar mi estupefacción respecto a la significación de todo esto, tal vez necesiten vivir ustedes mismos la experiencia. En sí ver el futuro no me sorprende ni me intimida, la profecía y los oráculos son uno de los primeros géneros literarios del alma humana. Ana ha obrado tal vez en la psicohistoria de Asimov por tanto trabajar en los géneros populares, o simplemente los astros y Jung le han permitido traspasar ese velo que divide la adivinación fraudulenta de la verdadera predicción. Esta característica a nivel personal tiene poco o acaso nada de artístico, como las señoras que controlan a sus hijos con la mente ¿no? Pero es elocuente sobre lo que puede ser nuestra alma. Es forzosamente otra posibilidad de leer, un objeto que nos aproxima al gesto místico y a la verdadera lucidez, como de los escritores suicidas o moribundos. La obra total tiene algo que escapa a la explicación racional, y esto no pocas veces es la muerte. Ignoro si vale la pena hacer obras totales, pero si me experiencia puede comprobar su existencia, y si el lector es tan generoso que me puede creer por palabra lo que le estoy relatando ¿no es esto una revolución suficiente en la forma de leer? ¿no escapa en cierto modo a la ortodoxia del escépticismo como valor primero de la posición crítica?

Me lleva a pensar que errar es sagrado.

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Lucidez y honestidad

16 Ago

Con cierta perspicacia hereda Rafael Chirbes -¿de Valery?- una falsa controversia entre estos dos términos aplicados a la literatura. Heredar una controversia o una querella, no es distinto a tener un acento o una forma de hablar, forma la identidad y condiciona un par de reflejos futuros, sea o no ficticia la filiación que constituímos -cualquier identidad, para ser justos, es más o menos ficticia-. Retomo este discurso pues estas últimas semanas estuve musitando sobre la importancia de la identidad y esta coincidencia -de leer a Chirbes tras mis declaraciones- solo se me presenta como una oportunidad de rectificación o ejemplo. Me siento pues, interpelado.

No quiero competir con Chirbes aunque su libro -En la lucha final- proponga varios conflictos y discurrencias que valdría la pena explorar. Efectivamente, mi opinion es por lo general opuesta a aquella mostrada en el texto. No voy a desarrollar este “antagonismo ideológico” por algunas razones, entre ellas que ya estoy enfrentado con Bolaño en este respecto, y sostener ambos conflictos aminoraría mi efectividad para encontrarlos y acaso terminaría por confundirlos -esto especialmente porque hasta lo que he leído, Bolaño y Chirbes no se interpelan en el plano temático, haciendo difícil este triple intercambio que podría ser provechoso-. También me ha parecido que mis enfrentamientos con el español -por esto me refiero a Chirbes- son más o menos inevitables, leo cotidianamente escritores que discrepan en mis opiniones, pues leer solo los que coinciden conmigo o antagonizar terriblemente a todos los que no, terminaría por hacer de mí un espantapájaros. Creo que los que solo escriben para los convencidos o los que tratan de politizar toda forma de arte, restan mérito a la felicidad que una lectura sin maleficios puede prestarle a cualquiera. También se podría notar, que nuestra oposición es más formal que ética, por lo cual habría que aceptar simplemente que discrepar en la estética es lo más natural para dos creadores, y dichos conflictos apenas ameritan atención.

Y es que la lucidez y la honestidad son objetos próximos. Alquien que siendo lúcido no es honesto, o no puede existir o se deplora a sí mismo. Por otro lado, la sinceridad del embobado por la apariencia no “sirve”. Diría pues, que la idea de lucidez está implícita en cualquier admiración de un lector que hace valer la honestidad como valor literario, no se trata de una definición adolescente y cotidiana de la honestidad, sino una relevada de la sensibilidad artística, de suerte que atraviesa la realidad evidente. Si Chirbes excluye la honestidad como elemento de la columna vertebral de la literatura, lo hace por el gusto del artesano que busca la palabra justa, el motivo perfecto para enfrentar dicha precisión ante el jurado de otros hombres igual de artesanos, con la misma vocación específicista, que gozan en cierto modo las correcciones y adiciones que al lenguaje se le pueda prestar.

No voy a decir que lo específico es un vicio, ni que carece de elementos para enriquecer una reflexión, simplemente señalo que hablar de honestidad en vez de lucidez también nos aporta algo en comprender el arte. Sin la honestidad la lucidez nos propone laberintos, pues ocultar explícitamente y con voluntad lo que se sabe es una suerte de artificio que deforma lo que se sabe. No quiero decir que un escritor deshonesto es peor, quiero decir que por naturaleza se retiene. La honestidad pues, logra algo que no sucede solo al nivel de la expresión -como sería el caso de la lucidez-, sino además es una manera de portar el precio de su propia piel. ¿Es esto un objeto especialmente social? Sí, y no. Un escritor que es deshonesto con los demás, por más lúcido que sea, será despreciado. Pero alguien que es deshonesto consigo mismo no puede tirar una lección de su lúcidez, a menos que el subconsciente le preste un regalo, en cuyo caso, pues genial -literalmente-.

La lúcidez cuenta, y cuenta mucho. No estoy del todo seguro si se supone nosotros debemos tirar cierta entidad moral de dicha lúcidez, como por ejemplo si el escritor nihilista requiere que se reconozca lo cruel o maldito del mundo, o si el poeta busca la belleza. Si uno lo piensa así, entonces se trata de una herramienta para descalificar lo que no nos gusta, y sería entonces esperado que descalificara a Chirbes por su argumentación, que no me parecería lúcida en el sentido de conveniencia que yo le aplico. Ahora bien, creo que Bolaño efectivamente coincidiría conmigo en este aspecto, tal vez pensaría, que un escritor lúcido, conociendo su propio límite no se arriesgaría en el ejercicio de la honestidad, en la confección sacrificial que representa una obra menor, sentido en el cual, si bien desacuerdo con Bolaño -ya lo exploraremos próximamente- en ciertos puntos, vale acordar que la obra menor es crucial para la literatura y mayor a cualquier conocimiento, personal u otro -en lo que al arte refiere-.

No pienso que  Chirbes se oponga a estas nociones, creo simplemente que su definición busca ilustrar otros conflictos. Yo tampoco negaré esas conveniencias pues de caer en ello, nuestro diálogo sería subyugado por un simple desacuerdo de términos, y este tipo de conflictos son los que no se resuelven. Lo digo honestamente.

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