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El medio-evo

8 Ene

Tenemos mucho que aprender de la cultura medieval. Tal vez lo más triste es que la época medieval tenía mucho que aprender de sí misma, pues la difusión de la información era deficiente y sus ambiciones para emplearla eran indirectas y oscuras. ¿Qué puede significar este conocimiento erudito y extraño para el práctico hombre moderno? Poco, probablemente. Tal vez el artista se encuentra más próximo de esta sensibilidad, por la cual la comprensión del universo pasa primordialmente por la contemplación -el primer y verdadero descubrimiento-.

Los bestiarios, los libros de demonología y las muchas herejías teológicas son textos en cuya expresión podemos encontrar lo múltiple del ser humano. Son textos que de otra manera están demasiado distantes a nosotros en su sentido primero. Entiendo que la interpretación literal de estos textos estudiosos no es menos encantadora para los nuevos místicos que la literalidad de la palabra religiosa, aunque en este gesto de espiritualización podemos encontrar una suerte de proceso inverso al que el texto parece comunicar. Porque las colecciones medievales suelen construir lo real por medio de atributos inconcebibles que sostienen la materia inicial del mundo. Todas estas nociones han sido desafiadas y no pocas rechazadas desde este momento. Supongo que en determinada medida la construcción de un objeto textual era el gesto conciliador entre el mundo conocido de aquella época, frente a aquello que nos despertaba la fascinación. Era una respuesta contra la magia y los encantos, no una recreación voluntaria de esta. Lo que en sí es transformación suficiente para nos interroguemos cómo llegamos a incorporar estos gestos tan ajenos a nuestro cuerpo de ideas modernos, y por qué nos místifican más que a los antepasados nuestros, que se místificaban con el mundo.

Entiendo que esta función cíclica que deshistoriza a un texto para volverlo en cierta suerte sagrado, es una función regular de la literatura. Es duro concebir los clásicos literarios como otra cosa que ingeniosos textos superadores que mueven la corriente de generaciones a decir, pero es acaso más atinado encontrarlos entre esa corriente generacional que de todas formas produce suertes similares por necesidad precisa. Vemos en el clásico su atemporalidad, cuando su ambición sería permanecer en el tiempo -rescatar el tiempo-. Escapar del espacio donde nos encontramos no es menos absurdo que suspenderlo como si no dependiese de la historia, pero la atemporalidad es más fantasiosa y se aleja más aún de la funcionalidad de la palabra. Ningún texto humano tiene el poder mágico para permanecer frente a los siglos, si tal capacidad existiera, no sería el lector sino sus sucesivos lectores quienes lo otorgan. Y habemos de entender que esta recuperación de la magia es una suerte de espiritualización de la obra concreta.

Dijimos anteriormente que una obra es más que el cuerpo textual, que los caracteres en el papel que podemos verificar fijos a lo largo de la historia, se extiende más bien hasta potenciales indefinibles: las traducciones, las adaptaciones, las lecturas y las críticas, sin contar las referencias y los préstamos. Todo esto está fuera de la obra, pero por una suerte de espiritualización de su contenido, se haya ligado a esto de manera infinita. No me sorprendería en lo más mínimo que los medievales admitieran que esa participación en magnificar un texto fuera lo que cristianamente se nombra el Espíritu Santo.

Esto puede desestimar la noción tediosa de progreso que el siglo pasado se esforzó en demostrar. El progreso no es otra cosa que un exceso, una acumulación de atributos de todas suertes generados por una práctica de los objetos y las circunstancias con religiosa asiduidad. En un espacio y un tiempo vital donde no todo puede permanecer, la cultura misma es secretado al exterior de lo que otros han llamado desatinadamente “su tiempo”. El feudalismo nunca ha terminado, y esto no lo digo para referir a sociedades económicamente poco desarrolladas, sino para señalar que no ha sido suprimido de lo llamado occidental. Solo hemos desarrollado ese feudo, extendido sus paredes y complejizado sus reglas, hasta que se ha deformado. Hasta que pensamos que los demonios en los bestiarios verdaderamente existen, independientemente de cómo nació su clasificación.

Remito al medievo su concepción de un mundo que estaba solucionado: por ella concibieron que la taxonomía del universo era una tarea terminable y emprendieron su extraña causa. Crear una extensa colección de los mundos imaginarios del ser humano sonaría ajeno del régimen positivista en que trabaja la ciencia. Y no obstante la época de la información parece interrogarse de nuevo sobre nuestra capacidad de indexar y ordenar todo el mundo visible. Suena evidente la consecuencia: que el mundo invisible también ha de encontrarse en futuras clasificaciones de una manera u otra. Acaso nuestros descendientes creerán en él.

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El equipo del siglo

27 Oct

Montherlant inventó el deporte en sus Olympiques, al principio del siglo pasado. Es, incidentalmente, una curiosa adición a los temas literarios, el de escribir la práctica deportiva con ambiciones propiamente estéticas. No se escribe tanto sobre el deporte, pero más curioso es notar que la alta literatura rara vez incluye esta práctica.

Se me ocurre la maliciosa oposición que suele hallarse en los géneros populares, donde el deportista y el intelectual son entidades distintas y antagónicas. Si el origen de este antagonismo es platónico, o si proviene de la poca aptitud física de Roussau en sus caminatas, no nos importa. Hasta donde entiendo, cualquier fabricación artificiosa erudita o popular, no podría sino explicarse como una envidia o una ignorancia de parte del fabricador de hallazgos -el intelectual-. Porque el deportista es por excelencia un cuerpo mudo: produce acciones en movimiento, no discursos sobre sí mismo.

Lo que no es vano, es el reconocimiento del elemento popular que hemos constatado. El deporte nace con la llegada del entretenimiento masivo, con la práctica física como camino providencial para que el pobre se separa de su clase, para integrarse a un grupo de semi-dioses nuevos, de héroes. Luego viene el cine, por supuesto, que establece sus propias deidades…

Esto explica tal vez por qué es en una época modernista que el deporte es inventado, en aquella que todavía concibe un avance en la sociedad bajo los conceptos artificiales de progreso y de crecimiento. Un materialismo, un futurismo… Pero en fin, Montherlant no es un moderno, se puede decir en todo sentido que es todo lo contrario, es un anti-moderno, un arcaísta, una amante de los llamados antiguos, griegos y romanos… ¿Cómo se conjuga este fenómeno moderno -el deporte- en un autor que agrede este mismo concepto?

Y es que entiendo que Montherlant reconoce en el fenómeno popular el espacio de reunión carnavalesco que puede describirse como sitio de comunión. Es el regreso a la religión, a la fiesta pagana, un sitio donde el individuo consigue recuperar su calidad de hombre en sentido completo: cuerpo, espiritu y potencial, sometido a la misma volición. El respeto de Montherlant por el deporte y la tauromaquia es esto, un gesto que desde los modernos parece un regreso, pero que no es sino una resignificación. Por su trayectoria creativa y ética, Montherlant se transmuta en un bachiano impenitente. Muchos hicieron más ruido, mas pocos lo vivieron con tal naturalidad.

El deporte es para Montherlant este gesto de volición -no digo voluntad porque no es algo que responda al alma, sino al conjunto de las fuerzas personales que incluyen el cuerpo, la juventud y el azar-, en toda su validez por ser gratuito pero humanamente necesario. Es respuesta. De allí su belleza y su invitación a participar. Les Olympiques no logra transmitir esa cualidad en tanto que obra artística, con su estilo y su forma no transmite la totalidad de ese poder vital que motiva a Henri y que se deja reconocer, en el conjunto de su obra bi(bli)ográfica. Me parece que se participa como una crónica, como un gesto que constata este descubrimiento en su momento histórico, entre lo que podría pensarse arcaísmo o altermodernismo.

Ahora, tal vez merezca alguna aclaración esta invención suya, este concepto de deporte en el sentido competitivo y fraternal, que exalte la juventud y que exprese la salud. El juego es más viejo que el hombre, pero el deporte no es juego. El deporte es en cierto sentido como el mercado burgués o el estado nación, se trata de una invención conceptual relativamente tardía, el empleo de cosas que existieron anteriormente en un concepto casi feudal -se me ocurre la caza, las justas caballerescas, los concursos literarios- y que luego se organizaron bajo la mirada del humanismo moderno.

Ya lo dije, por un lado está el avance social, por el otro tenemos esta representatividad. En un combate cualesquiera se puede tener un favorito, pero las guerras son las que visten emblemas, uniformes e himnos. El deporte es un rito moderno, gratuito y sin sentido, gesto de fuerza y movimiento. Distinto del arte personal y de la pretención individual, es un fenómeno de sociedad, popular, o usando términos marxistas, de clase.

Habrá buenos argumentos para presentarlo como una propaganda, entiendo que en la época en que la radio y el periódico eran los medios masivos, los entretenimientos requerían poseer formatos propios fácilmente traducibles para poder ejercer una educación nacional -en aquella época- o enajenante -si se toma el mercado, otra vez, historicismo marxista-. Un deporte tiene reglas y responde a un modelo genérico, es concebido como un objeto vendible. Vale mencionar que Orwell y Huxley incluyeron alguna inflexión de estas ideas en sus conocidas dystopias.

Montherlant inventa el deporte por prestarle un discurso propio, porque ningún discurso puede replicar un objeto “real” como el deporte. Tiene una especificidad que nos permite enunciar una de las condenas que hoy en día son muy sonadas en los medios literarios y que lanzo simplemente por su bella audición: El deporte como tal, ha dejado de existir.

Y con esto terminamos esta entrada.

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