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Asueto

11 Abr

Vamos a ponernos metatextuales, desgraciadamente.

Ahora, no sé ustedes, a mi no me gusta ponerme a discutir de cosas que estoy haciendo, es como si estuviera explicando cómo debo de teclear, y luego ponerme a recitar el desórden del teclado que Anton acertadamente propuso antes de abandonar su tésis de licenciatura. Demasiada introspección, poca frescura. Me siento decepcionado de mí mismo cada vez que comienzo una de estas, pues son fáciles y secas, tan poco originales. Helas, hoy me dirijo exactamente en esa dirección. (Mis disculpas)

Porque me parece que de cierta manera las estrellas se alínean un poco en mi contra. Lo peor que tengo que decir me lo guardo para más tarde, creo que eso permite precisamente que el lector se haga sus propias ideas, que conciba sus ensayos ficticios y deje las opciones claras. No hay nada más claro que las opciones, aunque no se conozcan. Pero no hoy, porque después de estos últimos días de ausencia, no solo tiene sentido algún tipo de explicación, sino que se presenta como una evidencia. Valgan las evidencias.

No se le escapará a algún observador o a algún impetuoso que mi ausencia coincide con un superficial calendario de vacaciones. Aunque legítimamente me considero exento de abordar muchos temas personaleros, no tengo porque ocultar en función de su misterio que las vacaciones suelen ser momentos de ausencia pues es sencillo coincidir con otros individuos que, empleados en las tareas rutinarias que consisten sus obras, carecen de otra situación en las cuales compartir con sus allegados. Muchas palabras para decir que yo también tomo vacaciones, por practicidad.

Y es precisamente en tal evidencia que debo concretar lo que considero una confesión innecesaria e igualmente evidente, sobre tres temas que he evitado con silenciosa ferocidad desde ya hace casi un año: mi vida personal, el día a día que puede relacionarse con las noticias o los eventos mundiales y finalmente la presencia de las fechas del calendario. Tres reglas que todo purista de medio tiempo se puede contentar de respetar de rato en rato, y que discutiremos aunque sea para probar que no hay tabúes montados al respecto.

¿Por qué no hablar de las noticias cotidianas? No me refiero solo a los gustos politiqueros de mundialistas y nacionales, sino a las fuerzas mundanas como el clima, la menopausia o los accidentes y guerras de todos tipos. Nada de esto desaparece porque su servidor no lo discuta, lo tengo acaso tan presente como cualquier otro, simplemente recuerdo que trato de emplear algún principio de temporalidad alterada, en este género de ventilaciones que penosamente estamos entablando, y que espero que sean leíbles posteriormente como si no fuese hoy el día que es. Véase como un sentido de simetría o de (des)orden, de usa ecluión estética. Puedo tener gustos estéticos ¿no? Podemos afrontar la seriedad de dicho asunto y ponernos a moralizar sobre la estética, pero mi argumento no es principalmente genérico, ni tampoco de belleza. Si me puedo preciar de alguna inventiva, y a sabiendas de que los autores, tan burgueses que somos, salimos no pocas veces de donde mismo, la salida fácil del hoy -tanto más deprimente en un blog-, es casi un insulto. Le gustará al lector que se le interpele constantemente del mismo asunto, pues entonces yo no estoy escribiendo para ese lector. A veces siento que determinados temas nos vienen como bombareados y que otros tantos se guardan en un explícito silencio, y yo no los trato, reconozco sencillamente que no es materialmente posible dedicar tiempo a todo, y selecciono penosamente lo que considero tratable en lo inmediato. Me gustará romper cualquier regla con respecto al hoy y lo inmediato en el futuro, pero no he presentido un por qué, no hay algo tan fatal en lo vivenciado por estas fechas que me preste un juicio adverso a esta decisión.

El tiempo personal ya ha se adentrado un poco en nuestro blog, tanto decir que tampoco es algo que me sienta cómodo paseando por ahí. Tengo consiencia de que la relación lector/escritor es artificiosa, no hay de que apurarse en confesiones dichas íntimas que no tienen mayor trascendencia. Trato de ser lúcido, de mantenerme a la distancia en que me hallo finalmente. Seguramente fracaso, tal vez luego con más rigor que hoy.

Y en lo referente a la fecha, que es tal vez el tema más interesante que podía tratar al abordar estas reglas genéricas del hoy -y para que se entienda, me refiero a no escribir sobre la madre el día de las madres ni efectuar tráficos de este estilo-, no voy a decir nada. Lo dejo para otro día, que el tiempo seá más propicio.

Entre tanto queda dicho lo dicho.

(Mis disculpas otra vez)

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Mucha y muchas

31 May

Mi gusto por las prácticas aglutinantes debe ser ya evidente para el lector fiel, empezando por el hecho de mi propia fidelidad a una diaria afluencia escrita en este sitio. Aquí puede detererme en caso de que no haya entendido para que yo pueda explicar -por cuestiones de energía no puedo pararme a explicar todo lo que balbúceo comunmente, hoy hago excepción-, que me refiero a un tipo de escritura abundante, casi barroca, llena de detalles y dimensión.

Este es un prejuicio personal, creo. Puede remitir a una práctica social, mas según entiendo muchas personas no tienen la paciencia ni el gusto por desenterrar cantidades de texto dentro de un sitio único, aunque se les presente por facilidad. La síntesis ha ganado muchos adeptos, en esta era de la -mala- información.

Tal vez esto justifica mi malsana inclinación por el detalle y las dimensiones, por perseguir lo que convencionalmente llamamos “gigantesco”. Y es que no pienso que un tipo de arte frente al que apenas interactúa pueda remitir a una manera de pensar, o pueda legitimarse. El arte, recordemos, es legítimo por poseer una base lectora adecuada, y para esto debe ser digno de percibir la atención. Me dirán que hay un montón de excepciones, por ejemplo, los noticieros. Yo entiendo que el género noticiero apenas pretende rozar la superficie de los sucesos cronísticos referidos, sin embargo, un noticiero televisivo es incluso más soportable que una nota escrita en un periódico cotidiano.

Ahora que lo pienso, en el mundo “real” -ese donde la literatura no importa-, los cotidianos sufren mucho pérdidas de ventas. En realidad es comprensible, la información escueta palidece considerablemente ante las facilidades que presta internet, logrando efectivamente, vencer la lógica de la velocidad -ni digamos el esfuerzo descomunal que debe ser imprimir y distribuir los diarios cada ciclo solar, es una fatiga hoy absurda-. Seguramente una noción de este estilo me ha aproximado a la prehistórica noción de que “grande” es mejor, si bien no refiero a las estrictas dimensiones.

Este blog -¿lo ha notado usted?- persigue distanciarse de los géneros enciclopédicos. No soy candidato a wikipedia, no intento tampoco, tenerlos al tanto del mundo que apenas atino a seguir torpe. Quiero proponer el tipo de digestión que se puede efectuar con esas mismas informaciones masivas que se tienen a la mano, y que a veces solo logramos ver como eso: datos sin seguimiento, lanzados al vacío nihilista de cuantas palabras puedan decirse y anotarse. La evidencia de que si hay mucho por decir, entonces podemos darnos a la tarea de decirlo mucho. Abundante, con cierta riqueza que lo caracterice, como la un amazonas.

Ahora, claro, mi transparente convicción no basta para lograr verdaderamente afectar la escala discursiva que nuestros medios de información proponen, en parte también me frustra soñal tal batalla perdida. Dispuesto a trabajar, comprometido, buscando contacto, fallo de antemano. Y es que no se puede triunfar solo contra el mundo, pues hombres -verosímilmente- mejores que yo no han ganado. Acaso precisamente, si a la larga cambiaron las cosas, fue por esta capacidad de ser leídos/oídos/interpretados. Uno no puede estar solo, pues incluso la obra más humana y voluminosa que una persona puede dar, solo alcanza para tanto. Necesitamos unidad, ser varios. En esa capacidad se encuentra nuestro potencial.

La misma tendencia que me permite concebir una visión aglutinante de la palabra, me hace ver una versión múltiple y rica de cooperación que lleve esta palabra a sus manos. He tratado, con mis aún singulares y humildes medios, de poner mi grano de arena -más allá de estos monólogos lanzados al vacío, que a fuerza de variarlos y concebirlos se me van volviendo sencillos- proponiendo otro medio de palabra, que si bien, no se asocia conmigo, merece mi sincera admiración, por emplearse en un trabajo consecuente. Es un sitio de internet, de podcasts, y ahora estará compartido aquí en esta página, con el afán de que ustedes mis bien teóricos y reducidos lectores, le den una pasada si les acomoda. El sitio en cuestión, va de un origen universitario en Stanford, y la calidad no es mala. Naturalmente, no siempre estoy de acuerdo con los juicios enunciados, pero esa es la gracia de cualquier asociación, incluso una tan modesta como la que estoy avanzando.

Espero pues, poder proveerles de este tipo de información aparentemente redundante entre todos los discursos que podemos encontrar en línea, pero que va a intergrarse en un modelo de búsqueda más que la simple cantidad. La diferencia entre muchas informaciones y mucha información. En lo concreto se gana bastante terreno.

Bueno, a modo menos promocional que lo anterior, aprovecho para decir que al hablar de “tamaño” o de “grandes obras”, me refiero a otro de mis siete -u ocho- paradoxales principios del arte, aquel que abordaremos en su debido momento como escala y que definitivamente no se reduce al número de páginas.

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