El conflicto no es malo

11 Jun

Esta semana salgo a Paris para una acción administrativa, si algún lector curioso se halla por ahí en estas fechas, puede mandarme un mensaje mañana para poder vernos y discutir ¿no? ¿Qué tiene de malo? Pero si ustedes son de los distraídos y se dicen algo como “pero usted de todos modos apenas postea en este blog”… Pues, supongo que es ahora que pierdo la sutilidad y les explico qué está pasando ultimamente.

Recordemos uno de los problemas del artificio: la inteligibilidad. Podemos doblar los códigos de lectura pero luego se rompen, la secuencia, el lenguaje, los neologismos… El lector necesita ponerse al día con estas nuevas reglas que acaso suceden al momento mismo que leen. ¿Nunca han llegado a un texto y sentido que algo les falta? Bueno, eso es lo que busco aquí, en parte. Y que no les moleste, que sean mis lectores, los de sangre fría, que llegan a un texto no esperando nada y esperándolo todo. Si ustedes son así, y prestan atención al detalle habrán notado una reciente adición a la presentación de la página.

(Dejo que en este momento la busquen)

Cortazar empieza Rayuela con una propuesta, con el “manual de uso” del libro. La entrada que están leyendo también es una suerte de manual de uso. Explicaré el por qué y el cómo, de lo que hace que el concepto que empleo funcione y al mismo tiempo falle miserablemente, y que sencillamente vuelven el acceso a este blog practicamente imposible.

Como dirían mis amigos de la facultad, I’m a jerk.

Entonces, les recuerdo que hace unas entradas dije que empezaría a borrar mi blog, porque el sistema que busco tiene que ver con la temporalidad y la caducidad del discurso escrito. Esto lo descubrí buscando en Yahoo -en una época pre-Google-, cuando buscando determinado poema o frase, llegaba a una página que el triste servidor de Geocities había evacuado. Entendemos que conforme los servidores se vuelven progresivamente más baratos se vuelve menos fastidioso mantenerlos funcionando. Pero la verdad es que todos desaparecerán, lo que se escribe en internet no se queda, tiene fecha de caducidad escrita. Esta lección la expandí hacia mi blog, aceptando que su final estaba escrito en su principio aunque la voluntad de WordPress fuera conservarlo. Mi paso poco sutil y a veces exagerado fue sencillamente borrar.

Por supuesto, borrar por borrar es una práctica extraña, no una cuya estética pueda interesarnos. Opté entonces por el reemplazo, en escribir sobre viejas entradas. ¿Elegante? ¿triste? Ni idea, a ustedes de juzgar. Supongo que el efecto es sencillamente desafiar un poco el sistema cronístico que de todas maneras nos parece evidente al usar internet, que el pasado ha permanecido y no puede cambiar activamente. Y si acepto que usted puede llegar a mi blog sin leer las entradas en orden, espero también que pueda por accidente describir una novedad que para usted no tenga nada de nuevo. Una construcción temporal del todo extraña.

Esta es la primera de las Eras de este blog, las que pueden seguir de manera más o menos fiel, en la categoría de “Era”. Hallarán ahí los que han leído todo el archivo, sus respectivas novedades, como una segunda línea de nuevas entradas que se van añadiendo a esas que ya se consideran nuevas y aparecen en la página de entrada. Puedo considerarlos por este medio advertidos: Las Eras cambian la manera en que este blog debe leerse. Tenemos una sola Era -por lo pronto-.

No se enfurezca si el juego le parece ridículo, recuerde que también Arguedas expresó su disgusto a la entrada de Cortázar. Considero que este blog es innecesario, y por lo tanto puede e incluso debe transformarse. Luego añado una página para que futuros lectores tengan la oportunidad de verificarla y entiendan como leer esta era, tan solo para que el movimiento no sea alienante para los recién llegados. No espero que haya un orden en este blog: ni índice, ni instrucciones. Ya he planeado esto también en otras medidas que luego comentaré, cosas que digo y ya presupongo sin que crea que requieran explicación. Porque el tiempo, aquí, no existe.

Espero que la nueva convención les convenga.

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El hombre lápiz

31 May

La literatura tiene muy poco a nada de utilitario, y esto ha llevado al fracaso a muchas corrientes de pensadores bastante sensatos que se decidieron a abordarla. Una muy típica y bien discutida es la de los escritorespolitizados,itinerantes o simplemente partisanos. Pocos escritos con fines sociales así de inmediatos han logrado alcanzar un grado de reconocimiento.

Ahora el reconocimiento no podría ser menos ambiguo porque aquellos que juzgan la literatura rara vez lo tienen muy claro. Su negocio es juzgar los textos, pero como toda agenda política, reciben críticas en las observaciones inmediatas y no en la medida de que su historia personal los cimenta. Los críticos corren el peligro de pasar demasiado tiempo labrando una fama y demasiado poco criticando, de volver la acción misma de la crítica un proceso utilitario en vez de uno autónomo.

Menciono el utilitarismo porque es parte de la farsa que confecciona la literatura, de su mito fundador. La idea de que hay más en un texto que la sola experiencia de un hombre (el lector), sino que puede tirarse de ella una trascendencia. Es un meollo religioso. La política también tira su justificación moral de alguna noción de valores trascendentes, es la existencia del hombre finalmente que transforma el utilitarismo en un sentido, en una justificación. Es como comprar libros porque están baratos, más que porque los vayamos a leer. Otro tipo de utilitarismo sería comprar libros porque vamos a leerlos, ya sea por una necesidad inmediata como la escuela o por una afición bien comprobada que estos nos remiten. La verdadera literatura no puede tener su causa o explicación en uno u otro de estos fenómenos mercantiles, ni es objeto de una manipulación externa que la valoriza (el precio del mercado), ni de una sistela que la coloque en lo inmediato. La literatura no es un ya, fortuito, no es una solución ni una respuesta a ninguna pregunta.

Helas, ¿por qué pintar una literatura tan inescrutable que no podamos relacionarla con la vida? El argumento de la literatura (por qué la literatura) no tiene sentido si se aleja del todo de nuestra existencia inmediata. No necesitamos prestarle un valor más allá de lo inmediato para tenerla. Pero en sí este es el asunto: no necesitamos los textos, hay gente que se pasa muy bien de la literatura por toda su vida y tienen vidas estéticas estimulantes por otras expresiones artísticas, por el viaje, el deporte o simplemente el diálogo interpersonal. El arte como función es el arte como defunción, al momento de materializarlo o de conceptualizarlo completamente se vuelve letra muerta.

El arte es un proceso productivo, pero es muy sencillo volverlo una forma estéril. La literatura estimula el pensamiento y la reflexión, pero también nos ayuda a descubrir que demasiado pensamiento o reflexión deshumaniza la existencia. Sirve para todo y su contrario, característica de las cosas que simplemente son y uno se empeña en sojuzgar.  ¿Para qué queremos un arte útil? ¿Necesitamos hallar poemas impresos en nuestra vajilla? Claramente tememos perderlo. Y aquí marco la diferencia entre la naturaleza abstracta y semitrascendente que le prestamos al arte y aquella del utilitario: si nos primamos el fin en vez de los medios nunca encontraremos casualmente al arte. Puede ser un medio para muchas cosas pero siempre será una pirueta innecesaria. La necesidad única que tiene es la de la manifestación de la pirueta, que sisentela, y eso es todo. La existencia banal de todos los días no puede pedir prestado el arte pues de todas maneras lo desvirtúa. No hay arte cotidiano, ni siquiera para el artista. Por esto los “escritores profesionales” son una paradoja extraña, existen en un sitio donde no se puede estar realmente, sostenible tan solo porque el trabajo también es una paradoja en sí misma para las sociedades occidentales, y tiene su dósis de innecesario y falso.

En los tiempos de crisis el arte se revitaliza, se reinventa. Este es un ciclo recurrente que los historiosos confirmarán. La crisis es un evento donde la acción pierde su estado productivo, donde reivindica nada y hace muestras de impotencia. Se confunde esto con cierta poesía que pinta a sus autores como dioses finalmente incapaces de nada cambiar. Es una acción del incapaz, como una erupción de un mundo donde no se puede permanecer quieto en el mismo lugar, a fuerza de intentarlo. En tiempos de crisis, cuando todos quieren salvarse pero no hay forma, el arte recupera su estatura trascendente, también lo hacen así la religión y la felicidad. Cosa extraña, es también cuando la acción convencional peca de inútil y las convenciones de inhumanas. ¿El arte y la felicidad no serían pues parásitos de nuestro mal?

Propio o prestado

21 May

Cuando estaba más animado en este tema general de la palabra oral y mis podcasts me sucedió un problema técnico que me mandó a seguir con otros planes tradicionales, valdría decir que es interesante como el error inmediato y lo inesperado se asemeja a la palabra hablada mientras que en la escritura hablamos de un plan, de una presentación y un artificio.

Es curioso precisamente porque evaluamos al orador en la medida de lo contrario, la ejecución perfecta de un texto es el trabajo de un actor, pero la improvisación, la verbosidad inmediata y la respuesta nos parecen las más genuinas muestras de inteligencia. Lo improvisado, lo accidental, no se planea. Nos habla de un subconsiente que es poderoso y cuya influencia no pocas veces nos parece magia.

La inteligencia, sin embargo, no consiste en el dominio de las palabras y la fácil secuencia elaborada de ideas. Todo esto contribuye pero difícilmente se trata de una medida del alma genuina. Es fácil aceptar esta descalificación general, pero de todos modos se conserva cierta veneración al buen hablador, porque hablar bien es una fuente constante de dos cosas que no pueden faltarle al ente moderno: exterioridad y envidia.

Pienso en un género altamente artificial que supone la palabra: el debate político. De entrada, suponiendo que uno admite que lo política vale algo -para fines del argumento-, debería reconecerse sin dificultad una primacía de las ideas. No es importante tanto la personalidad sino un proyecto conceptual. Pero cuando hablamos de comunicación la diferencia no existe, y los políticos son comunicadores. Esto no se puede discutir, actualmente la utilidad social del político presupone la representación: una suerte de personificación de los intereses de las personas que el político representa. Si no es mejor para defender y argumentar sobre los deseos de los cuidadanos que le han confiado su misión, el político no es nada. Entonces por fuerza la importancia de la representación y la forma es básica en el debate, presupone una correcta concepción de la función política. Por supuesto, en el caso concerniente a las elecciónes directas el debate no es de ningún modo una discusión.

¿Por qué la maestría del habla parece inclinarse al empleo de fórmulas y se asemeja a la expresión escrita que tanto presumen los literatos? Pues la falta de variación, la eternidad, un discurso que tiene un impacto perfecto, eso solo viene de la palabra como objeto, del texto pues. Mientras que la estética del texto busca la fugacidad, intenta, como poesía, recuperar el valor que marca el momento, la fugacidad que solo viene de una reacción genuina y no preparada. ¿No he mencionado antes que no soy de los que espera ser sorprendido? Sin embargo admito que la poesía tiene belleza porque se reproduce de una manera performativa, no por hallarse en estado de letra muerta. Una situación que permitiría la cohabitación de estos valores es bastante sencilla y se reproduce en la más sencilla estética: buscamos los valores que complementan naturalmente nuestro arte, lo diferente, lo que falta, es una fuerza de belleza. Así el discurso querrá ser texto y el texto palabra, ambas búsquedas se admitirían legítimas.

Una contradicción directa de estos valores no desmantelaría del todo nuestro argumento, hay muchos elementos en que la palabra viva o muerta puede suponerse idéntica, no hay una negación absoluta entre ambas y su aproximación puede también prestarles nuevas evaluaciones estéticas. Yo digo que un discurso puede ser bello por sus pausas y cómo suena, del mismo modo un texto solo puede alcanzar esto por una suerte de imitación, sea tipográfica o enunciada. Al acercarnos a otro objeto consideramos de nuevo una escala de valores ajena. Se me ocurre por ejemplo la belleza de la mujer africana, cuyas facciones tienen formas variadas y no se nos figuran tan definidas como las de regiones más “blancas”. Si uno aproxima la fisionomía de una negra a la fisionomía blanca, uno empieza a valorarla en una escala de parecidos y no “por lo que es”, entiéndase, “por la experiencia que le es propia”. Llamaremos sistela, la experiencia que le es propia a cualquier objeto, por el simple hecho de ser tal. Cualquier otra experiencia por fuerza le viene de un sentir de lo exterior, de una consecuencia.

Establecido esto, tal vez no haya sistelas puras, pero nuestro objetivo aún no consiste en probar una existencia, sino sencillamente -por lo pronto-, ganar una palabra. Ya luego podemos preocuparnos por lo demás que en apariencia estamos discutiendo.

Errata

1 May

Nadie respondió a la entrada de ayer, pero no soy tan inocente como para creer que iba suceder lo contrario después de casi un año de desarreglos en mi presencia virtual… Y sin embargo hoy estamos en medio de la agencia del cambio, primero declarado por el metatexto de hoy, que me tomaré la molestia de explicar no tanto porque me parezca ingenioso, sino porque en su naturaleza no debe resultar evidente.

El juego del tiempo es el primero de este blog, lo inmediato, la ventilación, un objeto que toma su odor cuando uno se pone en su presencia, como el cadaver de un gato dentro de una caja, entonces se verifica su putridez, aquella que puede haber disimulado la ausencia, la esencia. Encerrado en su tiempo, el texto es otro, responde a sus innecesarias reglas, al complejo arte de completarse por lo no dicho. Este blog se quiere improvisado, hasta ahora, para ser más del tiempo e imitar su materia. En este sentido se parece al discurso hablado.

Cuando se trata de la voz, de las palabras en el viento, entramos a un espacio en el cual la escritura no existe. Si la escritura es algo real, y existe, lo simplemente enunciado no. Esto no quiere decir que no sea real, los desertores de la ficción han exagerado las dimensiones de la irrealidad, la han denigrado pero sobre todo la han olvidado. No existe el discurso en directo porque solo es recuerdo de si mismo -ninguna idea se enuncia de momento, de golpe-, o se tiene en el espacio de la intención, antes de que el torpe ejercicio de la acción lo proyecte hacia lo real. Lo dicho no se dice, solo es dicho. Pero ser es momentaneo, no hay una homogeneidad que quede, toda identidad cambia.

Ahora si la palabra al viento es una cosa y la escrita otra -no se discute ni se permuta, no se busca la polémica entre las dos-, admitimos que su enfrentamiento es de perseverancia. Entre lo que existe y lo que no logrará jamás existir. Esta es la metatextualidad, un juego de existencias, la pretensión de una existencia en sí misma, del discurso que se da cuenta de que es discurso, pero en un estado absoluto de impotencia, de dicho, de irreactivo.

El metatexto aquí es la fatalidad de la desaparición, estamos ante una entrada que dejó de existir en el sentido propio, que gracias a la caducidad infinita de nuestras mejores máquinas, se funde con la nada en los archivos de memoria de algo que no puede estar muerto porque vivo nunca estuvo. Es una necesidad que el texto recobre esta capacidad de morir, porque en ella se juega su valor genuino. Tenemos pues la espontaneidad y luego tenemos el olvido. Vamos directo a la segunda fase de nuestro blog, y forzosamente a la que más tememos: la muerte.

Excepto que no podemos probablemente tener a la muerte porque es una ficción, quiero decir, es también un dicho. No hay muertes, solo hay lo muerto, y lo muerto es por definición lo que no está, lo olvidado, lo finito. Decimos que un verbo es perfectivo cuando se ha logrado todo, ninguna palabra y ninguna vida es perfectiva. No somos verbos, nunca, jamás, somos historias.

Yo juego con la mano abierta, como los encantadores frente al truco o la magia verdadera, que es de todas formas engaño -creer que no hay magia-, estamos en esta incógnita y la declaración. Voy a borrar metódicamente las entradas de este blog. En el método de esta tarea está la clave, no para producir ni reproducir -esta es la vida-, sino para olvidar, para cambiar -esto es lo dicho-. No guardaré, declaro como prueba de fidelidad -que a final de cuentas es finita-, recuerdo de aquello, ni archivo. Si otro lo hace por mí. Que Dios se apiade de su alma ¿no?

Recuperamos así la palabra, para siempre, o por un rato, apenas, indecisos. No es sino el segundo paso de la serie infinita que hace de la palabra lo que es, del metatexto texto, de los muertos vivos, y de las decisiones actos. Y el error. Siempre, primero, el errar.

Ojo de buey

19 Abr

Me pasa que leyendo revistas literarias termine por encontrar unos cuantos escritos que sugieran un desafío. No tengo nada contra el formato de la crítica convencional, me parece que sin un mínimo de información el mar de textos que se producen es prohibitivo. Sin embargo no se puede negar que no hay tanta literatura en los libros, o si se quiere, solo está el mínimo matemático de literatura que se puede encontrar escribiendo así nomás, por el gusto y el puro inevitable de lo estadístico.

Por supuesto no pienso seriamente que el arte sea una suerte de milagro, entiendo que su voluntad requiere un despertar intenso en nosotros. Me gustan tal vez los textos de Borges o Joyce, pero no soy tan ciego redactor que no entienda que perseguir sus estilos caería más en el pastiche que en el verdadero homenaje. No tiene sentido empeñar esfuerzos descomunales en ser más Joyce que Joyce, también Borges planteó esta complejidad incoherente al postularse un segundo escritor de un primer Quijote. Por supuesto, lo estrictamente literario puede venir de la estadística y sus combinaciones arbitrarias de símbolos. El arte por su lado, parece exigir una voluntad humana.

Uno de esos hallazgos de revista fue conocer en resumen la obra aún en construcción de Jonathan Safran Foer. Los autores contemporáneos están sobreexpuestos, y en esa imposible visibilidad muchas veces se ocultan méritos literarios que en los consagrados nos parecen évidentes. Tal vez es culpa de una cultura de celebridades, nuestra mente asume de antemano lo fácil que debe ser dividir los textos entre los géniales consabidos y la novedad barata. El caso es que leyendo entre líneas algún detalle del comentario me interesó en este aún joven autor, pero tomaría largo tiempo antes de que me procurara alguna obra suya por mi snobismo sobre idioma original.

El ejercicio de comparaciones con otros textos suele ser engañoso en la acumulación. Voy a tomar ejemplo que escuché mucho en la vida real, basada en la crítica de videojuegos, sobre un título llamado Shovel Knight. Si se comienza diciendo que el juego en cuestión se inspira de Megaman, uno economiza enorme cantidad de palabras y cubre muchos elementos del juego, entonces se decide a tratar de ser más préciso y enmarcar las diferencias entre ambas series. Ahí se puede decir, por ejemplo, que el combate cuerpo a cuerpo nos recuerda a Castelvania, que la exploración es como la de Metroid pero por niveles -así que se parece a Megaman Zero-, que los movimientos principales se parecen a Duck Tales y que el mapa está inspirado de Super Mario Bros 3. Claro, esos elementos podrían estar prácticamente en cualquier juego moderno, y la comparación comienza a trabajar contra el propósito de la información. El que ha jugado Shovel Knight comprenderá exactamente cómo aplicar cada comparación, pero a alguien que ignora el juego le resultará opaca la participación de tantas fracciones al producto final que jugará. Las reseñas se deben a la gente que ignora el juego, los que lo conocen no ocupan reseña.

En cuanto a Jonathan Safran Foer, pienso que el uso de la comparación le fue benéfico para mi causa, entiendo que fue descrito en términos de influencia a través de autores respetables como Gabriel García Marquez, con gran tarea en el lenguaje y un uso liberal del humor. La reseña no tardó en mencionar que el autor era ensayista y como pienso que la capacidad de escribir crítica pertinente es algo valioso en la literatura contemporánea, esto también era halagador.

Otros aspectos del artículo en cuestión me desanimaron, se insiste en el origen judío del autor, sobre que reside en Nueva York y que pertenece a una comunidad vigente de autores. Este tipo de datos (así los considero, unidades de información dispersa, vacía), suelen ser la expresión de una insistencia en aspectos visibles en la lectura. Casi diríamos, señalan los excesos que tiene el autor a los ojos del redactor de la crítica. ¿De cuándo acá me importa si un autor es judío o no? Vehícular este tipo de división en el arte de la palabra por el uso liberal de ciertos topos culturales es fatigoso. Que la política se arme de sus vestigios de propaganda, me interesan los temas, inspiraciones y experimentos de los autores, no su situación en una fórmula identitaria generalizada y cambiante. Por supuesto, la mención describe un poco la trama, Everything is Illuminated se funda en un espacio judío mítico -o ya vuelto mítico- en medio de los conflictos del siglo XX que se consideran centrales en la historia de esta cultura en particular.

Tras la lectura de esta primera novela muchas de mis evaluaciones primeras fueron confirmadas. Una extraña se sumó a estas consideraciones: tratándose de una primera novela el texto que leí cometía ciertos “errores” por falta de experiencia. Los vicios del escritor experimentado existen, tan solo los consideramos menos graves que los del novato pues hay más primeras novelas que escritos expertos viciados.

Me he librado al ejercicio imperfecto de hacer una crítica de una reseña. Para que resultara semánticamente relevante, ustedes deberían conocer el texto que la reseña trata, lo que inmediatamente los descalificaría como audiencia, pero les daría la información necesaria para juzgar los detalles en correcta medida. Por supuesto, es vano producir reseñas de textos évidentes o archiconocidos, lo que limita el alcance de mi ejercicio a esto: un ejemplo difuso que trata de generalidades sin entrar en detalle. El proyecto de criticar mejor la crítica que viene en las revistas nos exige una preparación diferente y es un problema que tal vez me plantee en un futuro cercano.

Tal vez entonces también hable directamente de Everything is Illuminated.

Ruido de fondo

15 Abr

Estoy viendo Titanic en la televisión, que supongo tiene que ver con el hecho de que están lanzando una versión en 3D para el cine. Ya con esta línea podemos desvariar suficientemente para rellenas esta entrada, primeramente aventurando juegos con la palabra 3D y su extraño uso al referirse a las imágenes de cine o televisión, podríamos luego inclinarnos por una valoración estética de la 3D y hacer un argumento enteramente extraño sobre los valores de la imagen y de la ilusión de realidad; naturalmente, ello derivaría en la revelación de otra evidencia: la sorpresa que representa la imagen compuesta por medio de nuestros órganos sensoriales, encontrada siempre con la concepción que nos hacemos de la misma. Quiero pensar naturalmente que se podría deliberar con la misma facilidad el uso del símbolo 3 de este nombre, o la liberalidad de la inicial empleada en el sufijo, que mejor dicho elaboraría una palabra compuesta, muy rápidamente expresada, y luego tendríamos quizás una reflexión sobre el símbolo, que podría volverse uno amalgamando apenas la tinta, conectando al estilo manuscrito -o por medios más artificiosos- las señales distintas que identificamos al conformar esta palabra -extendiendo por la misma acción el gesto “palabra” a una complejidad que puede sobrepasar algunas definiciones que pecan por su sencillez-. Y esto, lo evitaremos por el momento, habrá un poco de legitimidad que pueda tirarse de dichas discusiones, pero son más coloridas y efímeras que verdaderamente seductoras.

Podemos igualmente abordar uno de los muchos temas que se prestan a la televisión, y es que no me es tampoco cotidiano chutarme películas que no me gustan en un aparato que para empezar no utilizo mucho. Hay televisión en mi casa porque muchas personas se deshacen de sus aparatos en mudanzas, cambios de tecnología o simples caprichos. Ayuda también que los abonos de teléfono vengan con señal televisiva incluída. En fin, esta tendencia de poner un filme cualesquiera, o como dicte la programación*

*- Que sería otro punto legítimo de contención, tratar de resolver esa interrogante de por qué Titanic, y por qué entonces, y cuál es la respuesta de la televisión frente a la oferta cinematográfica, ese tipo de cosas que nos pueden llevar a todo un juego genérico o geopolítico dependiendo de cómo nos coloquemos, desde que admitimos la televisión como medio que es a la vez masivo y de comunicación, suponiendo además que hace dinero, sin llegar a abordar al patrocinador eventual de la peli que estaba por azar -para mí- en el aparato, que finalmente he olvidado y solo me quedará algo de subconsciente -si bien en Francia se interrumpe mucho menos con comerciales que en América cuando se proyectan películas**.

**- Lo que me recuerda viendo cadenas venezolanas la extraña manera de promocionar el gobierno por medio de la publicidad, no tratando de mezclarme políticamente en asuntos que fácilmente derivan de estos detalles, sino realmente remito a la evaluación estética, un poco extraña y tendenciosa -algo documental- de estos pasajes televisados, pues si no me equivoco hay algo de metatextual en la platitud derivada de los pocos recursos de la comunicación estatal, algo a lo que la vistosidad de la publicidad privada nos ha quitado la costumbre. Es parecido a comparar la letra de una mala canción pop y la lista al dorso de la caja de un farmacéutico.

, estado en el que se reduce la comunicación a un simple ruido de fondo, que sirve una función extraña en una sociedad tan alienada que el silencio produce un determinado estrés, o yo diría, que nos reduce -poniéndose sicologueros- a un estado de infancia en el que oir el ruido de quien sea -nuestra madre, a la distancia, por allá- es consolador. Ya estamos entonces en un estado de consiencia, medio despiertos, en lo que podría considerarse un trance, y entonces nos deslizamos por lo que sería una relectura de manera forzosamente renovada, aunque a nosotros nos parezca todo lo contrario y se nos pase como si nada. No creo que hablar del simple ruido sea necesariamente a nuestra ventaja, habría tal vez que explorar una tercera opción.

Titanic. No he reseñado, ni creo nunca verdaderamente reseñar una obra de este estilo. No me gusta -por algo será ¿no?-, tal vez porque cuando logra ser conmovedora me da pena. Es un tipo de sensación que de alguna forma opongo moralmente a la piedad, y tal vez lo asimilo a la lástima o mejor dicho a una emoción falsa, a aquella que solo se produce hacia las entidades ficticias, que uno resiente hacia ellas y les dirige, como reconocimiento de que en su irrealidad no pueden ofenderse de dicha imposición. Una ficción podría producirnos emociones reales, pero me parece que las emociones que solo provienen de la ficción se asemejan más a la mentira, al artificio, o mejor dicho a la lectura forzosamente genérica de un objeto, a la reducción y masticación de dicho objeto para que quepa en la cajita que es la conmoderación, o cómo se diga, pero no alcanza el estado de genuina compasión pues es un juego. Y deciá que genéricamente Titanic podría ser una comedia romántica, pero que no de realmente risa -no que la mayoría de estas te tiren al suelo torcido por las carcajadas-, con una narración dispar y fantasiosa, en atributos técnicos que en una obra adjetivada igual podrían pasar por experimentales e interesantes pero que en esta iteración son más bien pobres. No que la comedia romántica sea un género indigno, o menor, o que haga de Titanic un mal film -sería un feo prejuicio para la peli, el género comedia romántica e incluso para la continuidad generalizada de la calidad fílmica que no está definida por mis propios gustos, pues no descarto la calidad del film, solo me aburre-. Pero no sé, igual y esto tampoco es muy interesante. Igual y no discutimos mejor de nada.

Asueto

11 Abr

Vamos a ponernos metatextuales, desgraciadamente.

Ahora, no sé ustedes, a mi no me gusta ponerme a discutir de cosas que estoy haciendo, es como si estuviera explicando cómo debo de teclear, y luego ponerme a recitar el desórden del teclado que Anton acertadamente propuso antes de abandonar su tésis de licenciatura. Demasiada introspección, poca frescura. Me siento decepcionado de mí mismo cada vez que comienzo una de estas, pues son fáciles y secas, tan poco originales. Helas, hoy me dirijo exactamente en esa dirección. (Mis disculpas)

Porque me parece que de cierta manera las estrellas se alínean un poco en mi contra. Lo peor que tengo que decir me lo guardo para más tarde, creo que eso permite precisamente que el lector se haga sus propias ideas, que conciba sus ensayos ficticios y deje las opciones claras. No hay nada más claro que las opciones, aunque no se conozcan. Pero no hoy, porque después de estos últimos días de ausencia, no solo tiene sentido algún tipo de explicación, sino que se presenta como una evidencia. Valgan las evidencias.

No se le escapará a algún observador o a algún impetuoso que mi ausencia coincide con un superficial calendario de vacaciones. Aunque legítimamente me considero exento de abordar muchos temas personaleros, no tengo porque ocultar en función de su misterio que las vacaciones suelen ser momentos de ausencia pues es sencillo coincidir con otros individuos que, empleados en las tareas rutinarias que consisten sus obras, carecen de otra situación en las cuales compartir con sus allegados. Muchas palabras para decir que yo también tomo vacaciones, por practicidad.

Y es precisamente en tal evidencia que debo concretar lo que considero una confesión innecesaria e igualmente evidente, sobre tres temas que he evitado con silenciosa ferocidad desde ya hace casi un año: mi vida personal, el día a día que puede relacionarse con las noticias o los eventos mundiales y finalmente la presencia de las fechas del calendario. Tres reglas que todo purista de medio tiempo se puede contentar de respetar de rato en rato, y que discutiremos aunque sea para probar que no hay tabúes montados al respecto.

¿Por qué no hablar de las noticias cotidianas? No me refiero solo a los gustos politiqueros de mundialistas y nacionales, sino a las fuerzas mundanas como el clima, la menopausia o los accidentes y guerras de todos tipos. Nada de esto desaparece porque su servidor no lo discuta, lo tengo acaso tan presente como cualquier otro, simplemente recuerdo que trato de emplear algún principio de temporalidad alterada, en este género de ventilaciones que penosamente estamos entablando, y que espero que sean leíbles posteriormente como si no fuese hoy el día que es. Véase como un sentido de simetría o de (des)orden, de usa ecluión estética. Puedo tener gustos estéticos ¿no? Podemos afrontar la seriedad de dicho asunto y ponernos a moralizar sobre la estética, pero mi argumento no es principalmente genérico, ni tampoco de belleza. Si me puedo preciar de alguna inventiva, y a sabiendas de que los autores, tan burgueses que somos, salimos no pocas veces de donde mismo, la salida fácil del hoy -tanto más deprimente en un blog-, es casi un insulto. Le gustará al lector que se le interpele constantemente del mismo asunto, pues entonces yo no estoy escribiendo para ese lector. A veces siento que determinados temas nos vienen como bombareados y que otros tantos se guardan en un explícito silencio, y yo no los trato, reconozco sencillamente que no es materialmente posible dedicar tiempo a todo, y selecciono penosamente lo que considero tratable en lo inmediato. Me gustará romper cualquier regla con respecto al hoy y lo inmediato en el futuro, pero no he presentido un por qué, no hay algo tan fatal en lo vivenciado por estas fechas que me preste un juicio adverso a esta decisión.

El tiempo personal ya ha se adentrado un poco en nuestro blog, tanto decir que tampoco es algo que me sienta cómodo paseando por ahí. Tengo consiencia de que la relación lector/escritor es artificiosa, no hay de que apurarse en confesiones dichas íntimas que no tienen mayor trascendencia. Trato de ser lúcido, de mantenerme a la distancia en que me hallo finalmente. Seguramente fracaso, tal vez luego con más rigor que hoy.

Y en lo referente a la fecha, que es tal vez el tema más interesante que podía tratar al abordar estas reglas genéricas del hoy -y para que se entienda, me refiero a no escribir sobre la madre el día de las madres ni efectuar tráficos de este estilo-, no voy a decir nada. Lo dejo para otro día, que el tiempo seá más propicio.

Entre tanto queda dicho lo dicho.

(Mis disculpas otra vez)

** y noto la contradicción entre utilidad y poesía

4 Abr

Una confesión que puede sonar infantil: siempre me sorprendieron los poetas que se lanzan a la poesía como si se tratase de una acción política revolucionaria. Seguramente se dirá: que fácil de sorprender es este bloguero. No es falso (aunque tomo lo de bloguero como una ofensa, porque sí, porque si quiero puedo tomar bello como una ofensa y a sus eruditas reflexiones no les incumbe). Me gusta pensar que la facilidad de sorpresa suele ser una virtud, pues al menos vuelve la vida más feliz por ser más inesperada.

Ahora que lo pienso hay personas que pudieran tener miedo de lo inesperado, como de las acciones revolucionarias o para quienes ser bloguero es una razón inmensa de orgullo. Nunca he dicho que estoy aquí para darles la razón a todos, me gusta pensar que los tomo en consideración. Mejor responder a la pregunta: ¿qué hay de sorprendente en esta poesía seudo-cívica? Es breve de explicar, por eso recurro a otro desvío.

Cuando me refiero a una acción política reenvío, o busco reenviar -o me reenvío- al imaginario de la acción medio clandestina y secreta, que supone algo de suversivo, una especie de encuentro de personas ya citadas que comparten un secreto penoso u horrible que es necesario ocultar de la persona bienhechora común y corriente que paga sus impuestos*. Esto es gracioso porque en la poesía hay siempre algo de religioso y de autoritario, el uso adecuado de la palabra presupone el inadecuado, las poesías no son diálogos sino monólogos, imposiciones y violencias verbales que tienen de bello precisamente lo que tienen de violento: no ejercemos la poesía en el afán de controlar o de sostener, sino de edificar, y edificar algo fugaz que olvidaremos probablemente al abordar el verso siguiente. Ahí esta la belleza, el poder que no se ejerce, que en varias religiones monoteístas puede aún asociarse con cierta divinidad. Y claro, estos poetas citadinos -¿hay de otros?- no desearían otra cosa que estar lejos del orbe de lo religioso y lo político, al contrario, su acción y su revuelo proviene precisamente de una voluntad de humanización de la palabra de la poesía, casi siempre un humanismo manchado de estética o una elevación de lo mundano que lo vuelve algo divinicioso o politicante. Puede que sea una torpeza, hay algo en el propósito de torpe o de imitador, pero intenta explicar algo que de todas maneras es un no-a-lugar y que tiene que ver con el motivo por el cual estas reuniones -que suelen ser banales, casi rayando en la inutilidad**- llegan a sorprenderme.

*- Suponiendo que el lector venga de uno de esos países donde tales personas existen.

Y es que si a ejemplos genéricos nos remitimos, probablemente no haya una palabra menos satisfactoria que el discurso político. Precisamente de ahí que requiramos hacer una fuerte distinción entre la acción política, que ella misma intenta por torpes medios encarnar una fuerza ideológica o conceptual, y el discurso político semánticamente inválido, retóricamente redundante y especialmente olvidado hasta el punto de la invalidación. Estamos en el momento de la palabra inválida, en el espacio en que la reunión acaso cuenta más de lo que en ella se dice, en que la comunión se vuelve un gesto, otra vez, recobrando un valor a lo mejor no espirituoso pero si metafísico, rejugando los elementos de un cierto gusto hasta desarraigarlo de la categoría de hobismo. Darle a la poesía valor en un estado de palabra desgastada, montar un pequeño coup de theatre, para resignificar nuestras seguridades y autosugestiones. La poesía es verdaderamente una manera de transformar el mundo, ella misma nace de una transformación, de un cambiadero de sílabas y gruñidos que entran en la plena conciencia de su propia impotencia ante la explicación del mundo. El objetivo del gesto esclarecedor y en evidencia inútil que es la reunión entre poetas, viene de un momento de lucidez. Ahí está, la palabra, hecha carne, en su sinsentido, buscando sentido, sintiendo. Un espacio donde la convicción toma una forma por patética que sea un ritual.

Estamos en el hecho estético y amoral, vaciado de su sentido, a lo mejor otras reuniones de poetas se apegan más al gesto comprometido del humanista, pero yo casi lo he leído como cultura por la cultura. Hay que multiplicar la poesía, en un contexto que no tiene nada de evidente, en una especie de intimación y gusto con la poesía que tiene algo de perverso la imposición de esta lírica a los otros. El hecho estético y amoral, la literatura como tauromaquia. Tiene forzosamente algo de incomprensible, algo de irónico, algo que facilita el desprecio y la burla.

La reunión misma carece de la belleza que tal vez esperaría uno del gesto simbólico, supongo que caemos de nuevo en las carencias del lenguaje, donde puede fácilmente hallarse cualesquier tarea más espectacular que la práctica de la palabra. La poetanza, esta reunión para la poesía, es primero ortodoxa manera de dar ambiente y recitar poemas antes de ser una fiesta. De hecho, si una reunión es poetanza y fiesta, pierde todo lo que es de poetanza, pues sin la palabra en el centro, no hay nada, no queda poesía. Es así, un amorío exigente y fascinante, sacrificado y gratuito,**. ¿No es finalmente motivo suficiente de sorpresa?

Hey Chico

1 Abr

Ya puedo considerar este sitio oficialmente un blog después de una cantidad arbitrariamente larga de días sin dar noticias. Podemos suponer que tengo otras cosas que hacer ¿no? Bien, supongamos eso.

En fin, quiero hablarles de una historieta, creo que es la tercera que revisamos cronológicamente, y pertenecerá a otro de los géneros mayores, a suerte de primer ejemplo, en lo que a este medio se refiere. Antes hemos visto la tira y el manga, hoy suena razonable darle una mirada a un comic.

La conotación de la palabra dentro de el mercado de masas es tan negativa que se concibió un término neutro para apelar a la seriedad de la empresa con que la obra en cuestión se produce, me refiero al término de la novela gráfica. Cabría dignificar esta extraña elección de palabras con un análisis puntual, pero lo dejaré para otra ocasión. En este caso no voy a tratar una obra que pueda voluntariamente caer en el área gris de las dichas “novelas gráficas”, sino a una serie hecha y derecha, que también pertenece a uno de los más famosos autores independientes que los comics gringos tienen hoy en día. Me refiero naturalmente a Hellboy de Mignola.

Sería extraño que uno fuese lector ávido de comics y que no se hubiese topado con esta serie, que ha sido alabada y que continúa aún hoy día produciendo nuevas historias. Un elemento fundamental del genero comic es esta fuga hacia adelante, este avance indeterminado que desarrolla nuevas historias inconexas con autores y situaciones cambiantes, expandiendo lo que se conoce como “canon” y que es una parte importante del atractivo que muchos lectores ven en este tipo de serie. Tal vez hay que aclarar antes que nada, para los no lectores de historietas, que no se trata de una serie estúpida. Efectivamente, es entretenimiento, pero la calidad de escritura e imagen no deja caber en duda el caracter artístico de la historia. Incidentalmente Mignola debuta su carrera como dibujante, con un estilo característico muy adaptado al noir, que le da una estética bastante notoria a sus dibujos. Acompañado con tintas sólidas y trazos sencillos, hay algo casi fotográfico en las figuras simples que el autor figura. Otros dibujantes han tomado las riendas de la obra, pero respetando y asimilando el arte original del creador, precisamente porque es tan característico para el ambiente de la serie.

Entre los elementos centrales en la narración de la serie tenemos la acción, el terror y el folklore. Probablemente la violencia y el movimiento son lo que permite a Hellboy pasearse en las tierras de los trabajos “serios” y las series de comics más tradicionales. Hellboy no es un superhéroe, pero por sus hazañas y frecuentes peripecias podríamos asimilarlo a uno, pues parece emular la acción de rigor de estas series muchas veces tachadas de juveniles. Mas un análisis más proximo descartaría la centralidad de este argumento, primeramente porque el énfasis en la lucha es practicamente inexistente, luego porque más que un superhéroe, Hellboy pertenece más bien a la acción del héroe mítico y mágico: el ingenio y el destino parecen turnarse para abrir paso a las acciones heroicas del personaje. Más sencillo es hallar lo estético en el uso de los otros dos elementos. Primeramente uno va de la mano del otro: estamos en el género que inspira miedo pues el folklor está poblado de horrores, las historias de Hellboy provienen de distintas tradiciones populares y de cuentos regionales de muchos tipos, jugando con demonios, duendes, brujas y vampiros, con aprecio y apego por la fuente original, sin caer en la reinvención moderna que muchos de estos seres fantásticos han sufrido. Claro, el encanto consiste en reinventar, pero conservar el encanto y la magia de los originales, de lo que eran miedos culturales y nocturnos, imágenes turbias de las preocupaciones y miedos más personales de sociedades enteras.

En este empleo del cuento popular tenemos otra virtud quizás atractiva para el lector casual de historietas: muchos episodios de Hellboy pueden ser leídos sin un seguimiento riguroso de los eventos anteriores, hay mucho que proviene del cuento fantástico en cuestión que se está tratando. Este valor episódico y flexible ayuda a mantener la historia fresca, a introducir elementos diferentes e inesperados de un sitio a otro, que acompañados del empleo ameno de la tradición oral y la belleza del trazo característico de Mignola, hacen de estas historietas objetos hermosos y llenos de dones. La lectura es amena, las historias son estimulantes y funcionan como ficciones que un adulto puede disfrutar, sin volverse por lo tanto inaccesibles a las generaciones más jóvenes. Tienen sin duda una inocencia especial que permite vivir la magia dentro de cada historia, y al mismo tiempo no dudan en vislumbrar los horrores que no dejan de hallarse en el espíritu humano.

Por cuestiones de espacio no puedo entrar en más detalles, creo que otro tipo de evaluaciones pueden encontrarse fácilmente por internet, y espero que no dude en referir a estas para afinar detalles que he optado por ignorar. Recomiendo especialmente los libros que contienen historias cortas pues me parece que explotan de la mejor manera las capacidades del medio, la adaptación cinematográfica -que sin embargo no es mala- no transmite el encanto de estas historias separadas que recuperan la dignidad de los géneros populares, con su mismo medio de generación: la variedad y la abundancia. Esta capacidad de división y fragmentación está inscrita en las historietas, creo que ayuda a que funcionen de manera bastante mejor.

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