¿A dónde vamos?

14 Feb

Esperaba destinar esta reseña a un podcast, pero una logística web de lo más pragmática exige que las palabras claves sean más visibles en la forma de texto y no del sonido documentado. La observación superficial que acabo de hacer podría granjearnos una excelente reflexión sobre la materia inmaterial que constituye el internet, pero al menos hoy evadiré el propósito pues mi reseña actual exige atención inmediata. En un futuro inmediato las entradas correspondientes a algún autor o una obra serán escritas, y ya cuando me sienta seguro de la futilidad de mis esfuerzos por atraer gente a este blog, pues mi estrategia seguro cambiará. Aunque soy un hombre terco…

El caso de hoy es una novela ya clásica que según entiendo tuvo un recibimiento muy cálido en su tiempo de salida, y cuya continuidad ha sido dada en parte por el premio nobel otorgado a su autor. Por supuesto, se puede discurrir en la capacidad que tiene dicho galardón para convocar lecturas de obras de hace un siglo, no digamos de la variedad de autores que el siglo anterior ha otorgado, entre las preciosidades que el premio noruego atina o falla en contener. No creo que la exhaustiva lectura de la lista del nobel sea pertinente, si no por las carencias y los desatinos que tiene, por su longitud. Pero esto no nos incumbe directamente, pues si bien sabía que Sienkiewicz era uno de los ganadores poloneses de dicho premio, mi decisión de abordar este libro vino de toda una dirección otra.

Incluso tras una lectura distraía de Quo Vadis, uno puede encontrar los temas que han fascinado a Henry de Montherlant a lo largo de su vida. Y la lectura viniendo desde ahí me pareció más interesante, tal vez esperando este afán arcaizante y fortuito que hizo de Montherlant un alter-modernista toda su carrera, sin dejar de ser un devoto de lo clásico. En esta dualidad creo que se juega el placer que tiene uno al leer esta novela, definitivamente nos encontramos en un texto que recuerda a lo clásico de la manera más cuadrada que se puede concebir, y por el otro está hablándonos de un mundo otro que sabemos a ciencia cierta, existió. Allí se juega para mí toda la importancia del historicismo cargado en Quo Vadis: justifica la alteridad, explica que otro mundo es posible, porque lo fue.

Esta novela es la que más he disfrutado desde el Gattopardo, y admito que se halla entre un grupo privilegiado de textos largos que han ganado mi favor muy personal. No voy a justificar las argumentaciones del nobel diciendo que esta es una obra mayor de su época o de todos los tiempos, pienso que los defectos flagrantes que puedo recitar sin dificultad no disminuyen el placer que me ha propiciado leerla. Montherlant tiene la óptica correcta: definitivamente es una novela romana antes que católica, diría incluso que la religión tiene un papel sorprendentemente secundario en todo lo que es la estética y la narración de este texto. Todo lo grande en ello es Roma, con apenas un par de momentos hermosos del lado cristiano.

Ya expliqué cómo imagino que esta obra se hace de desertores independientemente de su hermosa calidad, es como una colección de vicios literarios y géneros problemáticos balanceados en un mismo paquete, cuya funcionalidad no me deja de sorprender por ello mismo. Es una novela histórica, con una intriga de novela romántica de capa y espada, que prominentemente trata del ideal de amor cristiano, escrita por un autor institucionalizado por el Nobel, sin un personaje principal que cargue con la historia y con frecuentes lapsos en los que la intriga afloja. Todas las condiciones provistas, el fracaso parece inminente. Todo menos eso. El resultado es una novela que te lanza en un universo desconocido sin desconcierto ni confusión, utilizando la Historia como hilo conductor para facilitar nuestra aproximación a lo desconocido.  Sienkiewicz se expresa como una apasionado de Roma, de la Historia antigua y se percibe el trabajo de investigación detrás de esta obra. Pero estos elementos son solo objetos de los que se sirve para conseguir un relato cohesivo, inteligente y extrañamente seductor.

Mi experiencia de lectura tiene algo en común con la del Quijote, quiero decir, el libro me ha parecido físicamente más largo de lo que leo con comodidad para mi entretenimiento superficial. La historia de cierto modo no es una narrativa de tensión, permite que el lector la aborde en partes y por capítulos, pero gracias a la virtud de su universo bien constituído uno regresa voluntariamente sin que detrás de esto haya una jugarreta ni un falso efecto por parte del autor, es una lectura que seguí con breves interrupciones y mi afición por ella no dejó de ser constantemente feliz.

Me quedan algunas cosas más que decir. Las abordaré en la entrada próxima.

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