Agridulce

5 Feb

Le contaba a Cécile que de mi experiencia en Argentina no podía decir tantas cosas, que de cierto modo mis observaciones tenían un aire algo viciado e igualmente incomprensible: viví allá en un tiempo cotidiano y no en el tiempo extraordinario de las acciones. De ahí que cualquier capacidad de maravillarme por el espíritu seguramente incomprensible de esa ciudad, me resulte algo trunco, una voluntad que al apenas sugerirse se fatiga y resulta en un tedio. Entiendo aquello que no entiendo, siempre que no lo ponga en palabras.

Saboreo el mate y pienso en tocar guitarra un rato, dos actividades que nos son comunes a mí y a no se cuantos argentinos. Yo las tomo como propias y no tienen sentido compartido hasta que me descubro recordando, masticando la experiencia, ahondando mi espíritu sobre significados y propagandas mentales. Creo y relaciono determinada música y el sabor de la yerba con Buenos Aires, pero efectivamente los apropié. La reflexión sobre cómo una metrópolis irrumpe en mí por unos minutos del día es de una magnificencia metafísica, pero por el momento no la resiento. ¿No me habrá marcado? ¿soy un ente así de despreciable que trato con condescendencia a otros?

Para descubrir el sentir de un pueblo -discutía con Cécile-, uno no puede basarse en la discusión del inmediato, al menos no en el sentido literal. Por aquellos años, cuando escuchaba sobre el kirchnerismo, o el aluvión zoológico, o el billete genocida de cien pesos o la incómoda presencia de Piglia, encontraba rastros vagos de un cotidiano. Es decir, aquí en Francia la gente tiene su política, sus demonios y su mítico temor al desempleo y la miseria; serán acaso menos factores reales que imaginarios, pero su discusión diaria, su obsesiva repetición, es tan real como podría ser la situción presentándose. En el sentido literal, estas lecciones de seudohistoria no me han vuelto un conocedor del país, no me permiten siquiera remitir a una experiencia en que empatize con mis semejantes ante un posible tiempo latinoamericano en que los pueblos decidan finalmente sus caminos propios. No es que lo niegue, crea o me parezca sensato/absurdo, simplemente los hombres y su presente -como decía Hegel- no pueden evaluarse con relaciones racionales. Ese tiempo inmediato e incluso las repercusiones inmediatas del pasado me dicen cosas insignificantes, todas en su concreto contexto. Hay que ensoñarse más, ver arquetipos, entender el temor y la fé como un gesto trascendental. Y hoy me encuentro indispuesto a aquello, cosa que apremiaba más entonces y que ahora dejo de lado, muy sobre todo por no tener argentinos a los alrededores. En fin, el sentido se degrada cuando es sensorial, a fuerza de irse a lo insensible.

Decía: Imposible reestructurar la sabiduría de un pueblo por lo que los oí decir, tuve allá en BsAs, apenas unas cuantas discusiones trascendentales, y agradezco sobre todo a Ana Montes por esas atenciones. Si debo tratar de reconstruir este sentir debo inclinarme por aquello que a fuerza de ser evidente o notorio se nos figura invisible o ausente: una cotidianidad precisa, un gesto implícito en la narración. Un ejemplo bueno: el mate. Toda costumbre particular a un pueblo se enfrenta con la homogeneidad del mercado de consumo, es un gesto económicamente titánico, y se enfrentan en ello criminales propios y extranjeros hasta llegar al inevitable acuerdo. El esfuerzo nos interesa más que el valor monetario, una costumbre local gana tanto más su dimensión como diferencia, su interés como gesto en sí mismo, después de una transformación así. Beber mate me recuerda instantáneamente cosas buenas del espíritu que viví en Argentina. Una tranquilidad, una atmósfera relajada en un tiempo con barrios aislados en sus esferas propias. El barrio. En eso pienso, eso me dice la ciudad.

Y a falta de otra cosa, algo malo. No hay nada más aislado y más racista que una ciudad. Es el espacio donde creemos ejercer una experiencia absoluta, donde se tiene lo que se necesita en un ciclo que se nos presenta cerrado. Yo decía, lo que en cierto sentido es una broma, que los argentinos son racistas. No pueden ser de otra forma porque uno es racista mientras no se muestra capaz de interactuar con alguien radicalmente distinto a él. Una intolerancia que además no tiene por qué llevar inmediatamente al odio, sino a algo más parecido al miedo, la confusión. ¿Pero no es cierto que esto podría decirse de cualquier ciudad donde hay pocos inmigrantes? ¿y no es Buenos Aires una ciudad de inmigrantes, no tienen barrios coreanos y chinos por allá? Claro, debo estar errando. Trato no de describir una posición mental abstracta, no es un enfrentamiento ideológico paternalista venido de la pertenencia de una persona a un lugar. Es simplemente ese primer momento, de la incomprensión, que me hallé buen número de veces. Dura, un inexplicable instante, muchas veces. Pero es lo que yo tengo que decir, lo inexplicable por mi propia experiencia. Como si esperasen algo de nosotros, tal vez distinto.

Algo que ver con no ser del barrio, tal vez.

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