Sin título

17 Ene

Tal vez la distracción sería buscar el sentido cuando la enunciación es lo importante, saben, como dijimos al referir al chisme.

El dictado final pudiese ser que la existencia personal es insoportable, que es una condena y una construcción que viene de la culpa por piadosa o terrible que nuestra voluntad de creación sea. Ante el infierno que es la responsabilidad, solo el olvido se nos figura paradisiaco. La despersonificación de aquellos, sería tal vez la gran culpa y a su vez la misma condena, en una suerte de exigología.

Mi experiencia propia me ha inclinado por no efectuar supuestos excesivos en los cuales la identidad se ejerce. La identidad es buena cuando funciona, en este caso, ser el enunciador o ser cualquier otra persona nos es indiferente: la frase es ajena, aunque al leerla es como si la aceptásemos propia. Aquí está el juego constante que la lectura nos presta: somos a la vez todos los seres ajenos bien distintos que ideamos, no podemos concebirlos a ellos sin una transformación que viene de nuestra identidad propia. Yo pienso, o supongo, que los otros sienten dolor pues soy capaz de sufrirlo. De aquí parte una abstracción universalizante que esconde toda evidencia: yo soy todos los demás, al menos todos los que pertenecen a mi esfera conceptual.

Para los otros, se entiende, no puede haber culpa. Se encuentran en un estado pasivo más allá de la acción, en una suerte de tiempo sin tiempo, de una periferia de todas partes. Pensaríamos pues que la periferia y la precariedad, este rechazo de formar parte de los libres, es tal vez más cercana a lo infernal que nuestra noción de simple masividad, de imitación o de moralidad común. En efecto, el habitante de la periferia está más allá de nuestros valores, más allá de la capacidad de justificación. Cuando uno intenta dar o quitar responsabilidad a aquellos que han sido excluídos, se ve obligado a integrarlos artificialmente en el discurso, y se vuelven inmediatamente “nosotros”. Creo que está implícito un nosotros en nuestra frase original. Se encuentra en la coincidencia del enunciador y el interlocutor, como de costumbre. Estamos intercambiando saliva, frases, por fuerza nos entendemos y esta frase cómplice que desata la otredad de los precarios es nuestra convención. ¿Mas no llegamos al punto en que estos “otros” no serían realmente distantes pues podemos igualarlos al infierno? Esta noción de culpa y moral nos es muy próxima, reducirla a una enemistad tribal sería ridículo. El precario, el otro más allá del otro, se encuentra fuera de ese círculo. Acaso en ese sitio encuentra este lema su límite.

Al discutir lo infernal no podemos evitar cierta noción moralista. Si uno descarta el pecado y la atrocidad, cualquier averno no es sino una acumulación de pesadillas, eterna o figurada. Mas en el centro conceptual encontramos culpa y condena, la incursión en el error que puede ser acompañada por el existencialismo. Es interesante precisamente que en un concepto de moralidad personal -la condena-, introduzcamos un objeto múltiple que serían estos otros. Supongo que el concepto sartriano podría aproximarse a la idea de que la igualdad yo=otros solo se alcanza con la desaparición de la identidad personal, en cuyo caso el infierno sería una suerte de vacía. No condenaría a nada, pues no se condena a todos jamás, actúa contra la noción misma de condena. Presumirá tal vez el filósofo que la condena es efectuada por individuos concretamente definidos que se ejercen sobre una masa vacía de identidades desaparecidas, mas voy a parar a decir que este juego de palabras es bastante presuncioso y que me parece complicar las cosas innecesariamente.

Dos tipos de reflexiones acuden de inmediato a mi mente: la personal y la implícita. La segunda puede resultar próxima al propósito del autor y espero que su redundancia se me disculpe, de la primera asumiré voluntariamente los menoscabos.

Vale aclarar que mi propósito no es ilustrar de manera alguna el razonamiento sartreano, ni busco reproducir o justificar las líneas que puedan suponerse de aquella. No soy un experto en el tema y han de excusarme quienes hallen que expreso atinada o equivocadamente la expresión del autor. A saber simplemente que disto del propósito en cuestión, mi deseo es acaso más similar al extrañamiento.

Habría notar que determinadas frases más que por el sentido o razonamiento que cargan, marcan nuestra memoria por un órden evidente que en ellas logramos descubrir. Ya hace unos meses cuando hablamos de los incipit tuvimos esta reflexión sobre la frase justa, aquella que de cierto modo crea y permite todas las que siguen, cuyo valor simbólico a veces logra establecerse y lograr cierta exactitud mágica. El incipit del Quijote siempre irá ligado con la idea de este mismo texto. La frase en cuestión, me parece, sufre de un ritmo parecido.

El infierno son los otros.

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