¡Qué oso!

10 Ene

Vamos a relajarnos, porque parece que en este auto-declarado blog humorístico la crítica llega a un nivel de presión crítico. Y eso que intento sencillamente improvisar, no me imagino el nefasto resultado que tendrían mis elubricaciones si actualmente las planeara. Dios nos libre. Entonces, si están buscando reflexiones estimulantes, puede que hoy no logremos ese fin, pero en mi defensa, no creo que todo lo que escribo aquí sea así de estimulante. Tampoco quiero que el blog sea exclusivamente entretenimiento, pues usted sabe, hay lugares más entretenidos en la web… Y luego, por lo pronto no hay riesgo de matar de risa…

En fin, decía que vamos a hablar de una experiencia personal, voy a hablar de mi aprendizaje del ruso (estoy pensando en el ruso, mi ganapan me lo exige). Ahora, esto puede ser complicado porque según entiendo no todo el mundo ha aprendido ruso, y en español, no creo que se ponga de moda proximamente. Pero confío que esto tendrá más sentido en el futuro cuando se vuelva común que todo el mundo sea trilingüe por lo menos, sin contar a los nativos de dos idiomas, guaraní, catalán o sea… Por lo demás es muy entretenido aprender idiomas nuevos y al menos mientras he aprendido en grupo siempre me ha sido justo y placentero. Si uno es hispano-parlante, el ruso tiene intimidancia, porque no usa el alfabeto latino *gasp* ¿Rs al revez? ¡Dios santo!

Claro, ese alfabeto se aprende en dos días, cuando Derly y Anton comenzaron a estudiar ruso no llegaron muy lejos, pero probablemente recuerden el alfabeto. Se podría escribir español en cirílico sin dificultad alguna -si a uno le gustan esos malabares altermundialistas, que en la literatura serían dificultosos, molestantes y ridículamente buenos-. Pero esta extrañeza esconde acaso la dificultad que conlleva aprender un idioma que no tiene el mismo orígen que el de uno, que las palabras son otra cosa. Cambio de palabra, cambio de sentido.

Yo entretengo varios idiomas simultáneamente de manera casual, o como dice Cécile, empiezo la frase en español y la termino en inglés/francés. Acá me retengo, en el blog, primeramente porque entra en la logística del blog en español -contra el inglés ¿les conté por qué la elección?-, luego, porque la herramienta basta ampliamente para mis fines, finalmente, porque obligando la entrada de este idioma del nivel más elevado a más casual, lo transformo y reinvento con codiciosa flexibilidad. Azar: considero un gusto el español. Y en un concepto seudo-religiosa y semi-de-afecto, la libertad de deformárlo es mi afirmación de comodidad, de suelo propio, de agencia. No es afín a la mayor ortodoxia y luego… Bleh, no esta exento de muchos extranjerismos y préstamos, no es muy grave a mi parecer, si bien inflinge confusión. No es más fácil leerme al hablar casualmente, discutiría que es más difícil -buena excusa para unna forzada seriedad-

Entonces… El ruso. Espérenme, el agua del mate está fría. Frío des Vosges. El ruso tiene un origen de las palabras distinto al latín, lo que hace para coincidencias distintas y confusiones permanentes. Uno debe aprender todo el vocabulario, de cero. Ni las preposiciones se parecen -para esto también el uso preposicioso es menor-. Y esto es el verdadero primer desafío, uno que no es lógico sino estructural. Uno desconoce la geografía del idioma pues no la ha recorrido. Y el idioma es una geografía -del tiempo, del espacio-, lo que es parte del gusto -para mí- de practicarlo. Llego a la conclusión de que amo las palabras porque representaron en mí algún descubrimiento. A los doce decidí que no viviría en mi lugar de nacimiento, que viajar era un deber quasi-moral -la oportunidad de viajar implicaba el deber, el concepto de presencia de dicha oportunidad se emplea para mí en toda la metafísica del heroísmo y de cierto modo, toda la ética-. Haga de cuenta, yo aprendía una palabra y trataba de entender por qué la palabra era así, cuál era su historia. Si por ejemplo homosexual venía de “mismo-sexo”. Esto le daba todo un sentido secreto e imaginario a las palabras, me permitía contemplarlas desde una dimensión lírica/narrativa/emotiva. Es un poco romántico admitiblemente, poco que ver con la visión evolucionista que determinadas lingüísticas nos sugieren, pero para mí era un primer viaje hacia algún sitio: el pasado de una palabra. Lo demás, es presente.

Y me tengo que gastar esta anécdota palabrística del ruso por inexacta que resulte -tengo varias, las citaré algotra vez-, ya que medio viene al tema. Se trata del oso. El oso, ya se sabe, es cómo un símbolo nacional de rusia. Entonces, de acuerdo con el orígen de la palabra “ursus” y sus variantes germánicas, llegaban más o menos a una conclusión total sobre la bestia, el significado era algo así como “asesino de hombres”, o bestia demoniaca. A veces la palabra original oso derivaba de una divinidad maligna, la carnacidad de la bestia puesta en escena. Y por su lado, la palabra rusa (“miedev”, o algo así), quiere decir “comedor de miel”. Bastante más tierno, como reflejando la dimensión afectiva que la bestia tiene con esta población.

Nos vemos luego.

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