El juego

2 Ene

Si decidimos introducir al discurso como una acción que es contenida en nuestro típico modelo de causa y consecuencia, caeremos en cuenta de unas implicaciones sencillas y a su vez absurdas. Por ejemplo, la protección del distante y del débil parece incluir forzosamente una dimensión de reevaluación de nuestro sistema actual, uno que valore al ajeno como propio, básicamente deformando el sistema por donde la debilidad misma se consigue. Declarar que los juicios son absurdos no parece sino engendrar otro juicio absurdo, los sentidos contienen a sus contradicciones y son descartados de ante-mano. Nada se puede ganar con palabras, porque sus consecuencias siguen siendo la palabra y no la acción.

Pero no excluyo la posibilidad de una palabra precisa y un razonamiento válido detrás de estos cuestionamientos, incluyo una suerte de juego en lo que concierne, por ejemplo, a mi noción de que el premio literario es un objeto de marketing y que no representa ni pretende justificarse como la expresión de un acierto estético o moral. Vaya, que el premio lo dan porque quieren darlo y no porque una obra u autor tenga un algo externo al sistema. El juicio no es juicio, pero lo parece. Rigor de explicar: ¿cuál sería una aproximación más coherente al asunto de la premiación? Yo me he ensoñado un tanto en ello por no tener nada mejor que hacer.

Primeramente hay que tener conciencia de lo arbitrario y no temerle. Yo digo por ejemplo, que un premio literario no puede concebir tener más de cinco ganadores que hablen la misma lengua, sin importar sus países o expresión de orígen. ¿La voz objetiva? Aquella que concibe la estética y la expresión como características de un sistema propio de cada lenguaje, ¿la conjetura arbitraria? Que las obras se asemejan o son codependientes de una lengua más que de un orígen, y que debemos restringirlas a un número cualesquiera (cinco) para balancear el problema estadístico que la predominancia de tal o cual lengua sugiere (¿por qué cinco? podríamos decir 10, podríamos decir 1). Al hablar de cantidades obviamente presuponemos un límite que no puede ser sino arbitrario, nuestras divisiones geográficas y económicas son análogas a las temporales, escogemos el principio y el final de un lugar para expresar con precisión y facilidad, aunque los objetos no sean ciertos. ¿Qué nos queda? Pues remitirnos a un carácter temporal de lo pasado, lo inmediato o lo futuro, por ejemplo, la mayoría de los premios ya producen elecciones anuales que están en consideración con las anteriores y construirán las futuras, y en la anualidad se define la permanencia de ciertos posibles candidatos, sea por sus funciones biológicas -su práctica continua de la literatura, el hecho de estar vivos-, o por sus funciones ideológicas (como representantes abstractos de determinada ideología o como parte de un contingente mayor de autores). Son decisiones que son arbitrarias pero innevitables, si uno no quiere entrar en paradigmas tal vez complicados.

Tomo un ejemplo del basto acervo popular que nos propone la cultura de masas. Cada año o cada ciertos años, los sitios web proponen una lista -recordemos que la lista y el premio son expresiones de nuestra mente narrativizada, nuestro ánimo secuencial- de los “más grandes héroes”, o los “más grandes villanos”, en lo que refiere al comic gringo. Y aunque existe la revelación y la creación de personajes nunca antes explorados, los portadores emblemáticos de estos premios se apoyan en una historia y una popularidad para con los fans. Es el circulo vicioso de la popularidad, como el personaje en cuestión es aceptado y deseado por los lectores, tiene la mayor posibilidad de aparecer en más y mejores historias. Tenemos pues que la lista es algo estática y sugiere ya de por sí un caracter definitivo. Aquí se introduce un elemento de crónica, para tratar de reducir esta importancia al grupo de acciones que el personaje ficticio ha efectuado en el transcurso del año, o cómo los eventos recientes lo capacitan para reevaluarse en el nivel de la grande historia. Sería como si hicieramos un premio literario donde cada año ganara el primer lugar la Divina Comedia de Dante, pero que ciertos años en que las Mil y una Noches se ponen de moda, logran usurpar momentáneamente ese lugar. Son los extraños caprichos de lo inmediato, que me parece para hablar de estética, vale la pena reducir a un mínimo para no caer en el fenómeno de la moda. (La moda en sí es un fenómeno genial, pero es también algo que nos coloca frente a un número inocuo de anti-literaturas, que vale desarrollar más bien por su lado en vez de empalmarlas en nuestro premio)

El juego pues, tendría unas reglas arbitrarias por fuerza, que habría que lograr balancear para que tuviera por lo mismo algo de coherencia. Esto es lo que más se le puede criticar a una competencia, la incoherencia, o en su defecto: la incomprensión. Desarrollaremos esto proximamente.

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