Pasar inventando

27 Dic

Todas las literaturas son invenciones. Mas si la escritura no contuviera al menos una realidad no sería vista con tanta religiosa devoción por tantas personas toda la historia. La invención sucede -lo sabemos- en un mundo donde todo está inventado, o mejor dicho, uno donde las impresiones parecen siempre nuevas pese a sufrir de un agotamiento atemporal. Una literatura es legítima no por cómo es recordada sino olvidada. Por esto mismo, incluso antes de abordar la primer página la obra ya comienza a ejercer sobre nosotros su frágil hechizo, el que nos permite admitir en ella una verdad o descartarla de antemano y por completo. Si antes de la lectura esta disposición nos abandona o nos fatiga, la literatura es un artificio menos cierto. Mucho antes de que nos importe cómo fue escrita, la literatura latinoamericana ya actúa en nosotros.

Se debe, necesariamente, admitir que quiere decir algo. Ser latinoamericana, la literatura. Por ejemplo, para encontrar la literatura femenina encantadora necesitamos la convicción de que una mujer y un hombre escriben y existen como entidades diferentes, por lo tanto, la idea de abordar a una mujer que escribe como hombre, o uno que escribe como fémina, no deja de sentirse aberrante. Sin estas condiciones, la literatura femenina no podría tenerse por algo cierto, aunque incluso en los convencidos no deje de calificarse esta observación como una conjetura o una convicción.

Pues finalmente, ¿no hay tantas mujeres como maneras de escribir? ¿entenderemos que la literatura femenina es el punto común entre todo lo que ellas enuncian o la esencia debe superar esa torpe división? Parece que mientras más escapa a las imitaciones más amplia y más cierta se vuelve esta cualidad de ser una literatura genuina. La literatura latinoamericana comparte todas estas condiciones de legitimidad, con el fin de no ser simplemente el espectro dejado por la-literatura-que-no-es-latinoamericana.

Entonces la literatura en quechua, en inglés o por twitter no es menos latinoamericana. Aquella de los agresores y los dictadores no es tampoco distinta en esencia a la de los oprimidos y los santos. El fenómeno no puede suprimirse para contemplarlo en una agenda política con bandos claramente definidos, y por lo mismo, no puede simplemente responder a una necesidad geográfica de territorio. Lo que no quiere decir que el cuerpo no existe, simplemente la nación no se encuentra ahí. Doy un ejemplo: América no existía antes de la llegada de los españoles, pues nadie podía dar cuentas del continente en términos de una unidad. No por eso el territorio existía de manera menos real. Por lo mismo debe admitirse que la literatura regional es poderosamente latinoamericana, sin que remita a simples alcances nacionalistas. Tampoco la agenda historicista del autor puede tomarse en cuenta: el más fantástico y menos político de los autores puede ser más latinoamericano que el más aguerrido denunciador. Y no me parece tampoco que decir “más latinoamericano” lleve consigo un sinsentido.

Es bastante seguro que sin un idioma como en español, en el centro de nuestros textos, no pudiésemos clamar unidad alguna entre este mundo vario. Hay muchas literaturas latinoamericanas que no tocan ni de lejos el español, las lenguas indígenas, el inglés o el portugués pueden ser sus vehículos. Entiendo que esto las vuelve acaso más profundamente latinoamericanas pues tienen que ganarse a pulso algo que muchos damos por sentado. Y es que el idioma es un gran favor ante la espectativa de encontrarse. El idioma es un lugar, pero no es en sí mismo el sitio en el que nos regocijaremos, tan solo es un punto de entrada, como la lectura misma es un aspecto que permite abordar esta dimensión. Ser latinoamericano se puede presentar como una feliz -o triste- fatalidad, pero uno puede perderla muy voluntariamente. Se puede abandonar igualmente, el uso verdadero del idioma -muchos indígenas lo han logrado-. Físicamente podemos desplazarnos a sitios cuyos aspectos recónditos y poblaciones enigmáticas oculten la peculiaridad que cualquier herencia pueda tener. Pero cada una de esas operaciones puede llegar en la óptica inversa: latinoamericano uno puede volverse. Es cuestión de ensayo, de voluntad y sobre todo, de convicción.

¿Tiene la literatura latinoamericana la convicción de volverse tal o es víctima de un destino que le ha sido impuesto? No pienso que una sola de estas respuestas sea satisfactoria. Muchos elementos me parecen aún problemáticos: la juventud, los afro-descendientes, los árabes, la Colonia, los inmigrantes, la infinitamente rica cultura popular actual… ¿no son todas estas cosas que pertenecen en lo más profundo al dicho continente? Aquellos que velan por la continuidad de este lugar que es la literatura no pueden sino escribir con atención en ello, con los mejores términos.

Solo desde que se cree que esta literatura vasta -acaso infinita- merece un lugar, y debe prescidir al menos la lectura de nuestros textos, la historia de la literatura empieza a existir. En esa periferia, en esa diferencia.

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