No a lugar

25 Dic

Habemos de admitir que si hay alguna literatura latinoamericana por fuerza habrá otras que no lo son. Esto puede llevarnos al delirio de concebir listas llenas de propiedades que funden y expliquen lo que es de esta literatura, o incluso que jueguen a pensar que Latinoamerica es una cosa y que puede ser explicada por los textos que produce. Tratando de concebir un concepto amplio, he pensado que la literatura latinoamericana responde a todo el corpus de todo lo escrito en un conjunto de países, tan poco representativo y extranjero como pueda presuponer tal limitante. ¿Y la literatura de los exiliados? Esa tal vez nos pone un problema particular, pues en el fondo es también extranjera.

A veces pienso que la riqueza de cualquier literatura particular está en su sentido único. Si queremos expanderla y universalizarla, cometemos el error de devaluar sus conceptos principales, su credo más profundo. La periferia funciona particularmente bien cuando tiene conciencia de la condición que la hace distinta, y aunque a algunos les duela la confesión, Latinoamérica es antes que todo, periferia. Pero cada periferia tiene un lugar propio de enunciación, o en el caso de las complejas sociedades de distintos paíse, muchísimos sitios. Construir un absoluto que englobe tantas particularidades y realidades con colores distintos es azaroso. Es un desgarrador deseo de comunidad, y una fuerza en la que se lucha por conservar una cierta esencia latinoamericana. No tiene sentido pensar que esta literatura sea una cosa, pero sensorialmente nos parece que debe serlo. Esta similitud de facto, esta evidencia, fundamenta la voluntad de construir una literatura juntos. Y sin esta convicción mucho se pierde.

Viviendo en Buenos Aires tuve la experiencia de recobrar algo perdido de mi identidad. En ese momento, la digestión de mi exilio voluntario en Francia había exigido que reconociera algo de lo que había perdido. Me sentí de nuevo latinoamericano habiendo abandonado la particularidad nacional que mi nacimiento podía suponer. No podía reivindicar solamente una nación por razones en las que no vale la pena ahondar, pero me parecía digno recobrar esta identidad común que me parecía entonces, latía en todos los latinoamericanos indistintamente. O no en todos, pero yo en el extranjero, sintiéndome extranjero a recordatorios frecuentes, no podía sino encontrar en esa visión cierto consuelo. Ahora, extranjero entre gente que hablaba mi idioma, agrupado de nuevo entre nombres de países que nunca viví, podría haberme interrogado si formaba parte de aquello, aún entonces, y si el perder dicha identidad vendría después, o si era una especie de luto que ya se anunciaba en mi deseo incandescente de formar parte de ello. La última flama que brilla antes de consumirse. El fin de mi literatura latinoamericana.

Uno nunca deja del todo el lugar donde nació, pero es igual de cierto que uno no pertenece en nada al mismo lugar después de un prolongado exilio. No pocas veces me he burlado de ciertos escritores que distantes de sus países de origen siguen portando el título de escritor nacional. No faltan los críticos que deploren esa posición. Y es algo válido. Vargas Llosa no es un escritor peruano, Roberto Bolaño no es un escritor chileno. Se les cede por consecuencia al menos el poder integrarse al pantéon de escritores latinoamericanos, pues en esos términos no pierden del todo sus derechos. Pero del mismo modo, es enteramente justo llamarlos europeos. Y enteramente injusto usar ambos términos, en otro sentido. No tiene razón geográfica de ser, tampoco es que la literatura de un continente vaya a empobrecerse por no rescatar un par de nombres entre otros.

Una literatura se escribe en el tiempo. Es un sitio geográfico, que puede, si se quiere, coincidir con abstracciones como latinoamerica. No es extraño que a dos tiempos distintos, un mismo autor deje de ser americano, deje de ser hombre, deje de ser él mismo. La identidad es fatalmente discontínua, y sufrimos con frecuencia muertes varias. Yo he sufrido ya durante el año el luto de esta identidad, de la ilusión de la que aún me agarraba, de pertenecer a algo. Tal vez no lo he perdido del todo, pero ya siento cómo la perderé. Y conociéndome, al momento que esté muerta, no me ha de importar mucho más. Igual será triste que no pueda escribir como si fuera de allá. O que pueda, pero sea un vil artificio. ¿Debí burlarme tan rápido?

Y entiendo por este medio que si existe una literatura que encuentra su sitio, otras vienen fatalmente de aquellos que se sangran en muchos lugares. Formo parte de esta variedad, y tal vez se requiera en un futuro que la literatura de nosotros no tenga ese estigma de inadecuación. Sí tengo un lugar y sí tengo una literatura. El resto son adjetivos, y por oficio sé muy bien cuánto crédito hay que darles.

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