El fin de la literatura latinoamericana

22 Dic

Aunque cronológicamente existen muchos escritores que anteriores al movimiento, el Moderismo latinoamericano trae la novedad de querer inventar alguna literatura. La idea original es colocar a la lengua española como productora digna de “literatura universal”, como referencia cultural en otros países, entiéndase, grande a los ojos de Europa. El movimiento, luchando dos campañas a la vez (una americana, otra ibérica), toma prestadas estrategias poéticas que se han usado principalmente en el francés, pero la influencia inglesa es evidente.

Detrás de esta meta ambiciosa -o contradictoria, si uno considera los índices de analfabetismo de ciertos países-, se encuentra un gran rasgo de imitación. Darío y Jímenez quieren lograr el éxito que Dostoievski y Tolstoi dieron a la literatura rusa. La idea de universalismo literario concebida de este modo consiste en dos cosas: ser reconocido en europa occidental y no ser de esta europa. Y a esto adjudicamos también un modo de lectura: el escritor establecido debe ser asimilado al corpus literario de los países “iluminados” y no ser llevado a estos como una simple curiosidad o un azar. Para existir la literatura latinoamericana debe ser como la europea, sin serlo. Y es que por regla general no tiene sentido sobre-europar a los europeos, la imitación suele ser remedo pálido, si se pudiera, probablemente los modernistas lo hubieran intentado -acaso lo hicieron-.

Como es natural, un movimiento tan totalizante como el modernismo suele generar una reacción contraria también grande. Mientras se crece “hacia afuera” también se trata de desarrollar una literatura hacia adentro, empieza una producción general de novelas nacionales por todo el continente. Aparece la Novela Latinoamericana. En este momento sucede un cambio entre un movimiento que empezó como poesía y termina por adaptarse a la prosa. Esto pasó exactamente del mismo modo en Rusia, que como mencioné antes, va a ser nuestro mejor referente. Una parte importante de las novelas nacionales fracasará por su exceso de romanticismos o por su trivialidad estética. Pero esta apuesta de crear una identidad nacional por medio del texto les granjeará una breve inmortalidad, serán consideradas de ahí en delante como novelas emblemas de sus respectivos países. Novelas a veces consideradas clásicos latinoamericanos, aunque no por su calidad, y mucho menos por completar el sueño modernista de una literatura universal. Casi diría que mucha de esta fama se debe a una voluntad política de progresismo. Retengamos el hecho de que serán textos referentes para las generaciones futuras.

Suceden las vanguardias cuya fugacidad refleja el problema identitario heredado por la generación anterior. Otros escritores tienen éxito donde los regionalismos de principio de siglo fallaron y conciben una literatura de la marginalidad, que actualmente funciona. Escritores excepcionales y verdaderamente universales, que podemos tachar incluso de genios, logran grandes obras y reconocimiento durante estas épocas. Pero el paisaje intelectual durante las guerras europeas resulta difícil de divisar, el sueño europeo de los literatos iberoamericanos queda por ello trunco. Tomemos en cuenta también estos éxitos poco frecuentes, y aquellos que fueron logro de una periferia bien concebida.

Entonces llega el llamado Boom literario. Un grupo mesiánico de autores citadinos va a apostar por una estrategia editorial, y presentar su literatura como un frente unido de literatos que representa al continente -varios viven en Europa-. Y vale mencionar que lograrán el objetivo propuesto por Darío: vender en Europa, ser leídos y escribir como occidentales, sugerir que la gran literatura puede escribirse en español. Que somos referencia cultural.

El éxito sugerido es también una reescritura histórica. Este grupo de profesionales va a declararse como huérfano de las generaciones literarias anteriores, como un milagro ex-nihilo, o si se toma literalmente mi sugerencia mesiánica, como obra del Espíritu Santo. Harán los siguientes ajustes: las conocidas -y malas- literaturas nacionales, eran clásicas pero bastamente inferiores, no se pone en duda que el Boom las ha superado; los escritores periféricos son un grupo de marginales sin talento: el Boom apuesta por el desprestigio -a Asturias se le negará su lugar como padre del Realismo Mágico, a Arguedas se le derribará-; las literaturas intermedias, menos logradas, serán tomadas como una suerte de media, como para notar que hay una progresión directa de calidad que llega a su climax con el Boom; y finalmente los genios -aquellos que rivalizan o superan cómodamente al Boom y que lograron la fama sin tanto marketing- serán tachados de casos aislados, de rarezas fenomenales y no representativas de latinoamerica. No se admitirá, por supuesto, que los reales genios son siempre escazos, pues tal afirmación correría el riesgo de desprestigiar la genialidad del Boom. También se niega la proximidad fatal entre la literatura ibérica y la americana, que irán juntas por casi cada paso -de este hecho aún existen desertores-.

Podemos ver pues, que esta historia latinoamericana cruza desde el modernismo hasta el llamado Boom, y tiene sus ojos en Europa. La promesa que el Boom cumple es la misma que se propuso Darío. Se cierra el círculo.

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