De los gustos y los disgustos

18 Dic

Ya antes he mencionado que la posibilidad de que un autor profesional se incline por maravillarse precisamente por la escritura es extraño. El razonamiento, palabras más, palabras menos, supone que maravillarse por un objeto en sí cuando uno puede redescubrirse entre tantos otros, no tiene mayor sentido que construir perpetuamente casas de paja por más lobos feroces que vengan. La pobreza -de espíritu u obligada- presupone determinada inclinación a lo marginal. Pero ya hemos dicho que la literatura es un producto burgués, así que en cierto modo todos los sentimientos intelectuales vienen del cumplimiento de extraños sueños. Vemos al mundo como si fuese ampliamente variado, incluso en su sufrimiento.

El carácter de cualquier lector es tal que muchos objetos atrapan su interés. No me refiero estrictamente a lo convencional -mozos o muchachas-, sino a las predilecciones arbitrarias y un tanto pasajeras que constituyen nuestro paisaje lector. He dicho que el caracter de muchas obras resiste a tratarlas todas como si la alta literatura lo fuera todo, mas no por esto se les resta valor. Muchas lecturas dichas “para niños” están increíblemente bien hechas y no es pena admitir que pasada cierta edad siguen en nuestro radar para el placer.

Quiero pensar que el paisaje lector de algún modo posee una riqueza en la variedad. Hay muchísimos autores mono-temáticos que reducidos a los más simples términos disfrutan de cierta fama en esa obsesión. Sabemos que se debe a nuestra voluntad de hacerlos uno, de volverlos un tema típico, y no su caracter simple como entes vivientes. Pero también entiendo este monotematismo como una enorme concesión al resto de la humanidad, como escoger la palabra privilegiada entre nuestros universos sensibles y presumirla, o reevaluarla encima de lo que hemos visto y corroborado. No sé si le pueda ver como un órden.

Un mapa de lecturas suele reflejar los muchos prejuicios que tenemos. Si me gusta la música y la excluyo de algún modo de mis placeres, estoy ejerciendo cierta presión en su contra. Tenemos una visión que es multidimensional y difícilmente reproducible en el concepto literario. Podemos culpar a los géneros. Si debemos tratar todos los temas desde la historieta hasta la bicicleta, el campo de nuestro discurso se nos reduce. Esto ha vuelto a muchos literatos gente esencialista, otros simplemente se permiten la visita veloz de la periferia que en sus gustos merece mención, sin realmente dedicarle tiempo. Supongo que esta segunda visión remite de una manera más honesta a la práctica. Si me gustan las historietas no soy tampoco, exclusivamente de la historieta, y producir en esta dirección profundamente puede presentarme dificultad. El panorama de nuestra lectura supera y extiende nuestro campo de identidad, no podemos ser todo lo que vemos a la vez -aunque lo seamos-. Dicho discurso carece de la cohesión necesaria para ser verosímil en los otros. Además, no se trata de escribir para explicar lo que nosotros somos, no es un ejercicio de reproducción e imitación personal.

Porque la visita momentánea de un interés concreto suele ser mucho más total de lo que un texto casualmente supone. En un determinado momento de nuestra vida, reescuchar una canción de nuestro agrado contiene tantos colores de nuestra alma que definitivamente estamos allí, y si se removiesen todos nuestros intelectualismos o nuestra devoción al placer, seguiríamos hallándonos en ese sitio. Seríamos totalmente ese escucha, aquel cuya capacidad de amar una simple canción es un problema para nosotros mismos, para lo que creemos o decimos ser, y que sin embargo somos. Sería natural encontrar que en un texto, nos volvemos del todo ese escucha y que bajo el estímulo correcto, nuestros recuerdos son aquellos de las dichas sensoriales prestadas por una o muchas cosas, que no podemos admitir completamente, ni explicar, ni replicar en una secuencia coherente de expresiones. El stream of consciousness hace prueba de ingenio al volver el texto mismo una imitación de la voluble forma de las ideas, que la forma trate de imitar esos desvíos y esos accidentes en el camino de la memoria. Sigue tratándose realmente del recorrer una línea recta y dar cuenta de lo variable y extraño que suele ser nuestro imaginario.

Acaso de una manera menos técnica, Montaigne responde a este mismo tipo de lecturas por medio de sus ensayos. En la época también representaba una suerte de revolución escritural, lo que podemos ver simplemente como el camino más sencillo para tratar un tema u otro. Y la palabra Essai -intento- no podría ser más adecuada para interpretar esta futil andanza: admitir un mundo completo de sensaciones por medio de un texto, u otro, o varios en secuencia que se desgajan y requiebran para reiniciar de cero y tener esa novedad que acaso les permita una mejar digestión de nuestro propio universo. Es una afrenta a la unidad del texto porque nuestras predilecciones varias lo son para nuestra propia unidad vital.

Tal vez por eso mucha literatura ha abandonado el propósito de antemano: se sueña en el ideal de un texto perfecto, siendo que en toda evidencia muchos imperfectos hacen mucho más bien, el mismo trabajo.

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