N** S**t****

16 Dic

Cuando me sucede que estoy en una gran ciudad, tomo prestada la nostalgia de muchos escritores y poetas citadinos, que si han vivido en esos sitios por largos periodos de tiempo. Y es que de cierto modo esa nostalgia es lo que mejor se me comunica, como un espacio figurado en que puedo fácilmente creer sin ponerlo mucho en duda. Pero por supuesto, el tiempo a arrastrado y desfigurado los espacios de dichos textos dejando solamente el cuerpo histórico -el sitio-, el espacio físico del texto y la nostalgia.

Porque lo propio de la ciudad es írsenos perdiendo, resbalarse entre nuestros dedos cual si fuese arena, y viendo como se pierde a nuestros ojos inevitable como la vida. Y de ahí la imagen de la ciudad como ente viviente: no hay entidad orgánica que no muera muchas veces, reinventada por la necesidad de cada instante.

Pensaba subiendo por los infinitos laberintos de un metro y empujando las pesadas portezuelas para abandonar el circuito, que no están hechas para alguien de edad. Y luego que pienso que es al revez, que los viejos no están más hechos para esos trotes, que sencillamente el espacio se les va borrando. En eso consiste la vida del cuerpo y lo que se conoce como supervivencia del más apto: la habilidad de conservar un espacio. De hacer que el tiempo se parezca al espacio.

La literatura es supervivencia y representa o puede representar un mismo espacio físico. La analogía funciona a varios niveles: el texto puede ser el cuerpo, con sus funciones de lenguaje, su sentido íntimo, su intraductibilidad, su época. Puede estar no solo en la estructura sino también en lo narrado, puede también sobrevivir por la lectura frecuente y devota de más de un lector. El espacio físico perdido, sería la transformación de la ciudad: el lugar de asentamiento existe, pero la vida citadina se vuelve simplemente un vil despojo.

Podemos decir sin duda que los textos envejecen, aunque el juicio de su muerte y desaparición sea más extraño y alarmante, también es mucho menos atractivo. Simplemente la vida orgánica presenta la misma forma: la muerte nos parece de una graveza alarmante de entrada, porque se ejerce cual violencia, pero el verdadero temor que remite al cuerpo no es otro que la vejez -no menos irreversible-. Y entre los dos males: la senectud y la muerte, no pocos elegirían la segunda.

Hablando de recuperar espacios literarios este es un punto de entrada que no deja de pasar por académico: cuando un texto envejece y logra una suerte de indecifrabilidad, la atención e interés del lector suelen no ser suficientes. Por esto muchos textos se descartan de antemano. Aquí se hace su tarea el conocedor, aquel que dedica tiempo y esfuerzo a minuscias propias de tal o cual literatura. Es una barrera prácticamente insaldable cuya explotación raya en límite de la divulgación.

Por lo general soy un obstinado en la defensa de todas las literaturas que puedan venir de la periferia, pero aquí soy muy escéptico. De cuando en cuando habra un George Foreman que con una cantidad decente de trabajo logrará traspasar esta línea de la vejez textual, pero por lo general uno no es capaz de superar las deficiencias orgánicas. Lo peor de este escépticismo es que transforma cierto tipo de literatura secundaria y crítica en una suerte de antropología cuyo valor estético se hallaría prácticamente perdido para el mundo. Producimos tanto arte que se derrocha, cae al suelo y se hecha a perder.

Y me molesta también pensar que se trata de un pensamiento esencialista que descarta de todo al objeto por el que se siente nostalgia y busca simplemente la nostalgia misma. Porque la nostalgia es una abstracción, y pese a todo la experiencia de un texto o una ciudad es una opresión física, algo corporal. Además de la dificultad de transmitir un envejecimiento que no se ha vivido: no he pasado por los sitios antiguos y solo puedo imaginarlos a través del autor que me guía por sus calluelas, sin embargo puedo constatar esa desaparición de primera mano, como reconocer del mismo modo que un texto me ha dejado de funcionar.

Debo reconocer que en cierto modo la nostalgia que siento en estas ciudades, debe ser propia. Que el recuerdo de los textos es como la visita, que en cierto modo reproduzco para casearme en mi misma nostalgia. Así pues debería parecer todo, una extraña apariencia. Eso es lo que nos queda de lugares tan masivos e incuantificables: un gran masa de experiencia.

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