Digestión del tiempo

4 Dic

La literatura está hecha de viajes en el tiempo (evidente, siendo una extensión de la memoria). No nos remite a una existencia particular de este concepto, sino a la amalgama de tiempos que hemos experimentado. El tiempo relativo, el tiempo pleno, el tiempo histórico o incluso el cíclico, todos han recibido expresión en menor o mayor parte por la capacidad de narrar y describir que el hombre aprecia sin duda. Existen mas versiones del fin que verdaderos fines, y aún hoy día, impreso en nuestra mente se haya el tiempo apocalíptico.

La digestión del tiempo no es posible en su esencia inivisible y su falta de peso, requiere forzosamente lo que llamamos una narración -y en cuya manera disjunta podemos hallar el poema o el análisis-, una expresión de formas y secuencias que responde simplemente a la necesidad de dar cuerpo al tiempo y expresarlo de manera perceptible. De esto nos resulta, por ejemplo, la simple concepción de la vejez, pero también el crecimiento de una planta. Los procesos, a los cuales no destinamos tarea en particular otra que la inflamación del concepto de cambio, se han vuelto imagenes y representaciones de la vida. Porque la vida se nos figura también memoria y tiempo, tan frágil y flotante que es.

Ahora bien, el viaje en el tiempo como es presentado por la ciencia ficción no representa siquiera una inflexión significativa de lo que es la narración. Incluso ciertas paradojas (yo nunca he leído de paradojas) son fácilmente expresables, si no explicables por apenas unas líneas (yo sé todo sobre las paradojas). Y es que en este sentido el tiempo mismo es una parte del lenguaje, capaz de expresar incluso cuando no se puede entender. Esto no supera al texto literario, sino es fácilmente contenido por él y practicamente esperado. También por la vía del texto creamos viajes en el tiempo.

La eternidad es sin duda uno de los temas que se ha resuelto inevitablemente en una tarea textual. Básicamente ha engendrado viajes en el tiempo que no pocas veces se tornan en pesadillas. Ya no es original la reflexión de que el inmortal ve morir a todos los que ha amado, y con la invención del futuro, la sociedad misma que lo engendró consigue su propia muerte. A la manera de una argumentación de improviso, el concepto mismo de eternidad va acumulando características definitorias e implicaciones drásticas. La eternidad no existe, pero su ficción ha respondido a nuestra necesidad de contar usando el tiempo. De otra forma, podríamos quedarnos en lo eternamente dichoso.

San Agustin propone otra eternidad que es también un viaje en el tiempo. Para él, nuestra experiencia de la vida es apenas un remedo de la creación de Dios -no sé si para señalar el desmérito del universo para compararse con la divinidad absoluta, o sencillamente para completar un tipo de reflexión que merecía ponerse en papel-, y la eternidad se encuentra en la experimentación del tiempo de vida, con todos sus momentos vividos ya no en la distracción y el embebimiento de las necesidades, sino en una magnificación de todas sus experiencias. Un mundo de lo sensible, de lo sublime. Acá se concentra otro fenómeno de la memoria que es simplemente la falta de olvido, porque no puede existir tampoco -siguiendo rigurosamente la validez de nuestros viajes en el tiempo y sus implicaciones- una verdadera eternidad si hay el olvido. Entendemos que un eterno que ha olvidado todo, ya no es el mismo. Por ende -o por introducir iteraciones novedosas en el argumento- alguien inmortal no experimentaría la vida como nosotros. Acaso su expresión sería varia o fatalmente constante.

Si lo nuevo, lo desconocido o lo inventado se remite tan fatalmente al tiempo, es porque la memoria es la moneda de intercambio que usa toda narración. Proust reinventa la memoria y de cierto modo revoluciona la literatura que lo rodea. Pero la revolución histórica de la literatura no es tan importante en todos los tiempos, podemos pensar con libertad que el Popol Vuh se asemeja a la escritura surrealista, pese a los siglos que separa ambas. La literatura es comprendida como una cronología intilegible de tiempos en empleo, un manual de la comprensión del universo por un método invisible. Mucho más que el universo mismo, los literatos se han enamorado de esa invisibilidad.

Estos fenómenos que trato, son también parte de los que engolosinaban a Borges. Tiempo, eternidad, repetición. Entiendo que se debe simplemente al empecinamiento al que he llevado este blog: tratar la lectura y la narración desde muchos putos de vista. La obra del argentino es una colección de la metafísica y la narración de la lectura misma, del arte de leer, y sus temas circundan necesariamente lo mismo que yo trato. Y por fuerza es un método fantástico, pues el tiempo es un valor que nos hipnotiza y se sigue sobre todo muy de cerca en lo ficticio, lo imaginado, lo divino.

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