Signos conocidos

29 Nov

Se aborda cualquier obra con una espectativa. Y esta espectativa propone una calificación de modo comparativo, si estamos respetando las reglas propuestas por el género de la obra o no. Esto admite, a lo largo de la historia literaria -que puede ser vista como una genealogía o puntualmente-, como algo que tiene influencias muy diversas ya que el género no es algo tan definido. El siglo oro español, el teatro victoriano y el teatro clásico francés tienen conceptos similares de teoría teatral, cuyos orígenes son en parte compartidos, y cada uno va a alterar el mismo concepto genérico. Las fórmulas que se repiten y vuelven son aquellas que son existosas. El romanticismo lírico va a aniquilar por un buen tiempo diversos conceptos de poesía, al grado que aún hoy miramos con ojos románticos muchas de las obras literarias que siguieron -Shakespeare siendo un ejemplo mayor-. Entonces la espectativa y el género son objetos de recepción que aplicamos para contemplar objetos completamente distantes del mismo modo que recientes, es un código de entrada, acaso trunco, para cualquier lectura que podamos aplicar. Naturalmente, no todos los objetos permiten el mismo tipo de entradas y un arte completamente válido puede parecer vano desde otro punto de vista.

Mencioné la entrada anterior que el arte “experimental” es aquel que busca transgredir voluntariamente el género. Podemos decir que se trata también de crear otro género, pero a mi parecer se trata de una función distinta. Uno siempre transgrede las espectativas, es lo natural que nos sucede desde que cualquier arte no está basado en su predictibilidad, no tratamos de asimilarnos a algo fuese lo que fuese. Aún cuando uno emplea un Ars poetica y trata de construir su obra alrededor de un set de reglas -pensemos el teatro inspirado-quiché de Asturias, por ejemplo-, no está simplemente en un trabajo de manifestación de lo dicho, sino forzosamente de transformación. Y como uno no llega a la creación sin un conocimiento al que podamos compararnos, siempre hay un género que estamos rompiendo, sea este imaginario o no dicho.

Porque en realidad la forma del género no es del todo definida. Hallarán sin duda muchos libros simplemente alrededor del tema “qué es la novela”, eso sin siquiera considerar sus variantes (qué es la novela latinoamericana/post-moderna/realista). Son cosas que se saben intuitivamente sin necesidad de rígidaz definiciones, por lo mismo se puede seguir un género con pequeñas transgresiones secuenciales al conformar el texto. Y si bien la obra experimental busca una transgresión mayor, se encuentra ella misma en un juego de tira-afloja, entablando tensión con el canon existente para provocar, y logrando una forma que no deje de ser accesible al lector. Aunque cabe decir que las obras experimentales pueden resultarnos opacas, no solo porque nuestras espectativas las malinterpretan, sino porque incluso tras haberlas leído, no comprendemos el género que las conforma.

Y esto pasa, siempre.

El género es algo que parece manifestarse por medio de nuestra respuesta misma hacia la obra. Podemos pensar que la novela es un género del todo abierto hasta que abordamos una que nos parece inaceptable. El Nouveau Roman no es nuevo en el momento que adviene, pero tira su inspiración de transgresines que otro tiempo no eran permisibles en el texto. Pero el género se renueva perdiendo y ganando cosas incluso al momento que se lee. Esto nos trasluce la existencia de la espectativa fuera del momento en que es tensión. El suspenso juega con la espectativa, pero aún cuando sentimos que no hay tensión, la espectativa sigue flotando en nosotros cual si fuese lo más natural. Las transgresiones tampoco dejan de afectarla ni la ablandan. Porque en el reconocimiento de un objeto, en la comprensión de su espectativa potencial -si se quiere- hay parte del goce que se libera.

Por lo mismo, el gusto de un género suele suceder en el único objeto en el que podemos tener conciencia sólida: aquel que conocemos, el que hemos leído. La relectura pues, nos produce un placer también en base a su espectativa, en algo que viene de dónde mismo que la fabricación de los géneros originales. No podemos decir que la relectura no es un goce genérico, al contrario: no hay goce más dependiente de lo esperado, más sincero en la sorpresa y más ingenuo que el esperar lo que ya se conoce.

(Sería, tomando el ejemplo ya usado de qué esperar de un desconocido, el de reunirse con una amistad. No se sabe ni se resume el tipo de relaciones potenciales que se tiene con el camarada, quiero decir que no se reduce a un goce simplemente genérico. Pero a su vez, tenemos una disposición distinta al visitar a un ser querido, vemos en él algo que se nos figura de antemano imposible fuera de un cierto plano de intimidad, hay practicamente una garantía de intercambio concreto que se realiza para beneficio de los dos. Y al mismo tiempo, es un gesto mucho menos grave y solemne que una primera impresión, que suele tener más violencia)

Uno puede preguntarse sinceramente si no es más básico el goce de lo “nuevo” u “original” pues resulta automáticamente de un juicio sobre el género que a final de cuentas es comparativo. La comprensión puede hallarse en el paso siguiente -meter en duda al género- o el siguiente -meter en duda lo que ya hemos leído- y en la sucesión de intercambios que de ahí pueden proponerse. ¿Qué esperar pues? La respuesta se me figura oriental: esperar todo, esperar nada. Nada menos que eso.

 

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