De lo malo, poco

21 Nov

Este blog debe mostrar una tendencia casi patológica por parte mía a producir frases en apariencia contradictorias y en apariencia consistentes. Este hecho, obviamente voluntario, no deriva simplemente del gusto por la discusión*, sino también por una necesidad de corroborar algunos hechos y repartir a cada sentido su justo valor. Diría que por ejemplo la buena literatura existe, y de que esa existencia está amparada por un sinúmero de pruebas históricas, diría del mismo modo que fatalmente la literatura se niega a la definición de “bien” en lo referente a lo literario.

Y es que la noción misma del bien, la queja que podría proceder del pecado artístico**, es tan moralmente inexcusable como la de la arbitrariedad de la ley frente al sujeto, como la lucha flagrante entre la letra de la ley y su espíritu. Me parece muy atinada esta noción, de una letra de la ley, de un castigo o una responsabilidad que existen “al pie de la letra”, como si fuese la escritura aquella capaz de juzgar y de exigir la legitimidad de una obra o castigo, como si fuese un acto generador de actos, en cierta forma mágico, pues resuelve la batalla metafísica entablada entre el bien el mal, el cáos y el órden, en fin, la dicha justicia. Hablando precisamente de la justicia sin la capacidad de actuar como justicia, revalorando precisamente el valor de lo justo en tanto que discurso pero su incapacidad de ser contenido en el objeto. Discursos -subrayo esta palabra: palabras- que finalmente sostienen abstracciones como el absolutismo o el relativismo moral, que para variar son ambos cosas que tienen que ver poco con el objeto moral, pues no lo explican ni lo enriquecen de manera alguna, sino que pretenden justificarlo. Ese es el valor de la literatura que trata de ser buena: un concepto de legitimación, un reconocimiento que proviene precisamente de su poder “al pie de la letra”, cual si el valor mismo del discurso permitiese verdaderamente entablar un genuino juicio, que fuese moralmente apremiante para decir que lo literario puede ser bueno a fuerza de ser literario, y que precisamente la contradicción no nos incumbe porque independientemente de que comprendamos como, el objeto “buena literatura” existe, y la explicación tendrá sentido mientras nos haga sentir mejor frente a esa legitimidad que podríamos pensar injusta, arbitraria o incluso abusiva.

No que piense que alguien crea que Kafka abusa de nosotros de algún modo por medio de su texto -es una lectura que sería interesante de escuchar-.

**- Concepto de por sí complicado, pues puede tratar del empleo de fórmulas tanto como de la capacidad del horror que se funda dentro del arte, quiero decir, el arte mismo como pecado, como fuente de pecado y reincidencia reproductora de pecado, como puede interpretarse en la obra de Roberto Bolaño, por ejemplo.

*- Si uno ha resuelto todo de antemano, no hay diálogo verdadero.

Reconozco al mismo tiempo lo engañoso que puede ser la percepción que tenemos de la buena literatura, o si no vamos tanto a decir literatura, de los libros buenos -para acercarnos también a una de las riquezas valiosas de los textos: su entretenimiento, su goce en primer sentido, su imaginación-. Sostendré dos proposiciones intuitivamente correctas y que coinciden con lo anteriormente justificado -la buena escritura como algo real-, que no obstante están llenas de falsedad por más de un motivo. La literatura es mala si es muy intelectual. La literatura es mala si es muy popular. Podemos remover la palabra muy bajo la premisa de que semánticamente justifica cualquier exageración, para mí Paulo Coehlo podría ser demasiado popular o demasiado intelectual -he-, alternativamente. Ambas proposiciones, intuitivas y más o menos consistentes para cualquiera que las empleen, estereotipan bastante lo que refiere a estos dos géneros escritos -la literatura dicha popular, dicha intelectual-, como si pudiésemos verdaderamente colocar todo lo popular de un lado y lo intelectual del otro, o dividirlo cómodamente entre bueno y malo. No sé, es fácil concebir que se disfrute Joyce y se deplore Góngora, del mismo modo que no espero que los fans de Robocop lean necesariamente comics de deporte. Y sería más falso pensar que el goce que los cuatro ejemplos procuran es menos genuino porque sus respectivos lectores no tienen la misma forma de leer, la misma mirada.

Lo que trato de decir, a lo mejor, es que aunque exista la buena literatura, es probable que no exista la mala. Hemos dicho antes que el error puede ser fuente de placer, que técnicas como el absurdo han reputado lo mal escrito y lo mal dicho como maneras de pensar alternativas, de mirar la realidad sin pretendida objetividad. Y esto, si es falso, al menos sugiere que la negación y la antonimía no son cosas en cuya práctica debamos depender. El texto sí es un acto que vuelve legítimo, que trastorna nuestro punto de vista, es una herramienta retórica. Podemos enfrentarlo, lo que no hay que confundir con un ejercicio que lo anule. Leer no es buscar el desmérito y el final de cada palabra o expresión lanzada, no puede tomarse como un berrinche hacia los goces de los otros -sean de la academia o del gentío-, y de preferencia, se inclina en la construcción. Sería triste que leamos solo como los demás no nos dan permiso ¿no?

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