En ese espacio físico que es el texto…

6 Nov

*- Luego me daría a la costumbre de leer sin indignación libros que no me grangearan un evidente placer, pasando por tortuosas lecturas con genuina indiferencia. Del mismo modo, otro tipo de gusto, uno casi impersonal y tibio, se incorporaría a todas mis lecturas, al punto que a veces me disputo si acaso me gusta algún libro, o si secretamente los detesto todos. Si fuese el caso, debo reconocer que es un gozo detestar.

No es raro que en los estudios de literatura francesa se hable un poco del Nouveau Roman. Yo he seguido este tipo de curso y tengo al menos una anécdota digna de mencionar. Voy a tomar un segundo para discutir un antecedente.

La sugerencia de un Nouveau Roman, con este portentoso adjetivo “nuevo”, que si uno se pone a pensar no tiene nada de nuevo en la literatura -dentro de la cual se existe siempre una novedad, una traición a la unicidad genérica que se pretende al hablar de novela, la nueva novela sería en el modo más banal, cualquiera-, pero que dentro de una óptica menos evidente, parece un gesto en extremo pretensioso. Como decir, que había una novela vieja y que la nueva va a estar aquí, por lo menos como punto de comparación, como dos objetos que se puedan poner uno al lado del otro. Así uno podría esperar, que esta ola de novelas tuviera la intención de contender con -al menos- un siglo de textos narrativos. En esta voluntad tan ambiciosa se encontrará el lector con lo que puede ser una gran decepción.

Mas engañoso es que la popularidad de este movimiento -o mejor dicho movimientos, porque como en el espacio, el arte no tiene la cualidad definida de permitir un gesto que siendo completo también esté aislado e inconsecuente-, se debe más a su teoría y menos a sus novelas. Se mencionan más fácilmente sus autores, que las obras que presumen representarla. Y para rematar las novelas suelen ser ingratas o por lo menos despasionantes para el lector casual. Yo sé, yo sé, pareciese que el tema en cuestión no es seductor, mas mi opinión personal es absolutamente contraria. El Nouveau Roman es un movimiento interesante como pocos, por lo poco convencional que es su éxito, su logro ante una apuesta que nos suena aun hoy en día, destinada al certero fracaso. Un ejemplo sencillo: no hay nada en la dicha nueva novela, que sea propiamente bueno. ¿No es simplemente ingenioso?

Hoy no iré más lejos en el tema, lo que deseo es discutir sobre Claude Simon, que nominativamente es parte del movimiento en cuestión, y siendo de él, participante de facto. Quiero decir algo que sea en algún nivel, reseña de la Route de Flandres, el texto que me hizo conocer a Claude Simon, aún cuando era estudiante novato de literatura, y que buscaba furiosamente aprender. Y deseaba especialmente, encontrar el gusto por lo experimental, tal vez para reivindicar mi propia visión de una literatura de texto, una que tomara en cuenta la igualdad de fondo y forma, en la cual creía profundamente entonces, cosa que hace poco mencioné. Fue aleccionador el no disfrutar este texto, el encarar La Route sin poder hacer nada de ella, de no comprender si había algo ahí. Ahora, uno puede decir toda clase de males de la facultad de letras, pero definitivamente te enseña a forzarte a leer los libros del programa*. Y esto me llevaría a una conclusión contradictoria.

Me gusta La Route de Flandres, el estilo de Simon, capaz de abolir el tiempo y de sembrar desorden por sus ideas, el uso del recuerdo y la sensorialidad, altamente lírico, rico en su puesta en escena, fortuito, inmediato, presente, con sabor a eternidad, dispar, extrañante y desencadenado. Diría primeramente, poético. Y no es, tal vez tanto porque me incline a la sonoridad, sino que en el concepto de esta escritura la densidad de la palabra es sensible, uno no lee en el marasmo de ilusiones que la narración puede prestar, esta in verbo, mascando literatura cual tabaco. Y por estos motivos y acaso otros tantos -entre los que no excluyo el concepto de historia que tiene el autor, siendo yo un desertor de la historia-, no podía preferir este libro, no tenía la capacidad genérica de desear leerlo. Uno llega a cualquier texto en la espera de un ideal, de un gesto majestuoso que acaso nos deslumbra. Para mí este libro fue la luz ténue, por la cual sentí grande frustración, deseando lo brillante. La luz, cualquier genuina luz, brilla. La evidencia sugiere que solo podemos llegar a ciertos textos por medio de nuestra espectativa, o en mi presente caso, en la falta de esta.

¿Es un buen libro aquel que solo a la segunda o tercer lectura revela su genialidad? Yo siempre fui un lector seguro, de esos que decide si algo es bueno o malo confiando en sí mismo, nunca me vería abajo de un texto, en incomprensión. Y naturalmente ¿no es ser mal lector el no poder leer y variar esta opinión? ¿uno se encasilla en este tiempo de lectura cuando creía todo saber?

A veces siento que exponiendo genuinamente mis preocupaciones no halago suficiente a mis autores, Simon, se ha ganado precisamente un sitio entre mis favoritos. Es la experiencia de leer, del encuentro con el texto, del reconocimiento. Más que parecerse a Faulkner, Simon lo justifica. Pero sobre todo no espere una simple novela, permítase coincidir con Claude en esta extraña ambición.

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Una respuesta to “En ese espacio físico que es el texto…”

  1. aser mendez 30 noviembre, 2011 a 20:26 #

    muy bueno

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