Vamos a comerciales

2 Nov

Los laberintos de la literatura son verdaderos y las personas son sus paredes. Las mercantiles exigencias editoriales, por ejemplo, remiten a un a priori, no queremos esta literatura, nuestra estrategia de venta -lo que creemos que vende-, es esto otro. Y hay un compromiso. En disgustos se conciben géneros. Dígase lo que se diga de estas políticas, no son barreras invisibles y abstractas concebidas por un modelo de marketing rígido y predefinido, sino la decisión de algún hombre, pues pasa que solo los animales toman decisiones, y el hombre es el más animal para esto. Además, la palabra política en sí ya reivindica la peuplización del tema que tratamos, una suerte de manera discursiva que vuelve un asunto humanotendiente.

Y no es poco común referirse a autores comerciales. O a editores sin fines artísticos. Aunque si entiendo correctamente tampoco se refiere a los incontables libros esotéricos que representan una amplia gama de nuestra producción escrita, y a su vez de un sombrío ánimo humano que viene a representar las magias de todos los tiempos en diversas taxonomías para su fácil digestión. Esto no es literatura comercial -según esto-, ni literatura de ningún tipo.

Convencionalmente -y que conste que el término es convencional, el idioma no se hila por medio del análisis y de la razón, sino en la sensible coincidencia, en lo que no puede sino considerarse notorio, en la rima pues, no en el verso*- el autor comercial hace algo que podría ser literatura. Algo que se le parece en todo caso, que genéricamente no sería absurdo nombrar novela**. Y esta similitud buscada, pretende esconder una distanica voluntaria, una práctica autoral que se desprende voluntariamente de la literatura compacta, cerrada, para incluirse en el espectro de lo popular. Hay artes populares y aunque leer es una actividad cada vez más excéntrica, el gusto por los libros masivos no sea perdido, del todo.

*- Nuestro residente erudito poeta me corregirá diciendo “en el ritmo”, y es verdad, se trata del ritmo.

Habría que corregir la incomprensión producida por el término comercial. Difícilmente podemos relegarlo al ambiente del mercado masivo, en su dimensión de producto económico. Y es que por un lado todo objeto puede reducirse esta visión, incluyendo la más alta literatura, lo que vale en el capitalismo es la capacidad de expresar el dinero, la ganancia y los intercambios, nada más. Por esto decir que un libro es comercial no puede ser equivalente a decir que se vende, sino más bien a un cierto tiempo imperfectivo en que “busca venderse” o mejor dicho, apelar a las buenas costumbres de ciertos géneros que pueden decirse comerciales. En lo comercial, la inovación en pequeñas dósis.

Pero esto no quiere decir que los libros literalmente se vendan. Si un libro se vendiera por escribirse de cierta forma, las editoriales solo publicarían esos. Si siempre un libro fuese a no-venderse, las que editan dichos libros saldrían del mercado o no serían comerciales. Simplifico la cuestión pues en el mercado hay clientes marginales y no se reduce todo a sencillas leyes de bien y de mal, mas queda el objeto ilustrado de que un libro solo puede tratar de tener éxito, no puede, por cumplimiento de un simple deber, garantizarlo. Y es que las exigencias de mercado no son tan distintas a las del gran arte.

**- Por supuesto, uno puede discutir que tampoco tiene mucho sentido decir novela como si se tratase de un término opaco, pues nadie dice “me gustan las novelas” para implicar “me gustan las novelas malas”, en lo estricto, la valoración de un objeto solo por su forma, es un permiso que nos presta la lógica del lenguaje, sin que corresponda a ningún objeto real. Las casi-novelas, podrían bien no serlo, la terminología es clara: una novela está situándose dentro del arte, por su vocación.

Induciría el error decir que los libros de calidad literaria no se venden, ni que la industria editorial vela por el olvido de ciertos geniales autores, dada la amnesia de un mercado. Hay quien tiene la vocación de sacar a flote el talento, de compartirlo y enviarlo, la reducción al simple intercambio monetario dista de dar cuenta del bien que estas entidades proveen. Y es que es impopular tal visión mercantilista de que los ricos y poderosos hacen favores a la humanidad. No es tan buena como el poeta maldito, o el Van Gogh harapiento, o el muerto sin un libro publicado.

Salta a la evidencia que el mercado es aquel de los lectores, que siempre tendrán ese poder fundador, de elegir y redistribuir el peso de un autor dentro de su margen y su calibre. No hay lugar de incomprensión. Un lector asiduo sabe cuando lee por el placer artístico y cuando sirve a un entretenimiento menos pretencioso, sabe, sin necesidad de complicación que los autores comerciales apelan a nuestro gusto, y que es natural no caer en el engaño de despreciarlos.

Si no temiera que lo tomen por ilegítimo y mal lector, tal vez más voluntario expresaría esos culpables placeres. Aunque a mi ver, no haya culpa alguna, ningún autor sufre porque a su lado se lea a otro, los libros y las ideas no se conciben en el estado de la enemistad y la competencia. No las confunda con el mercado.

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