Desenlaces

30 Oct

Los ejemplos que el arte nos presta permiten que uno tenga cierto excepticismo en el valor de la comunicación cuando se trata de establecer una claridad y un sentido único. El cerebro humano es una máquina que distingue, procesa información y la acomoda por sus características fundamentales, mas la información procede principalmente de un objeto real, como suele ser así mismo el arte. Entiendo que cuando hablamos de una obra literaria no nos referimos a su estructura física, su texto estricto, pues el cerebro admite rápidamente más de una inflexión que hacen la palabra válida.

Hace apenas dos años hubiera tenido problemas en digerir esta idea tan sencilla, me parecía que descubriendo el cuerpo de la literatura, lograría explicarla, o explicármela de una manera más tangible, dar respuestas verdaderas al objeto que buscaba referir. Porque cuando estudié literatura en Francia trabajamos muy cerca del texto, y esto me permitió extraer todo un mundo de sentidos que me hicieron por primera vez sentirme próximo a la lectura. Y el error tal vez radicaba en encontrar una lectura, una sola. ¿Qué podía saber yo entonces sino aquello que experimenté? Un logro estético no puede ser tal, si a uno se lo mastican y lo explican, tiene que ganarlo por medio de un genuino esfuerzo, o no es propio. Eso era también arte, mas yo lo ignoraba.

Esta lectura a la francesa me alejó de otra escuela igualmente parcial, una que muchas veces es vendida como el fundamento de la literatura en inglés, y que se encuentra en el romanticismo. No sé por qué, pero muchos conceptos de literatura giran sobre el concepto de personaje, será simplemente una inflexión de la sociedad enajenada, o de el enfoque al lector silencioso contra la lectura en voz alta, o no sé. Estos historicismos se explican muy fácilmente y suenan falsos. En cierto momento, el libro se volvió un sitio privilegiado de intimidad, y acaso por eso no ha muerto aún -el cine, mas accesible, se nos figura un placer compartido-. Pero esta timidez hereditaria ha hecho que el texto se reserve a una soledad marginal, uno ve ciertas partes de su realización individual como voluntades adolescentes. Algunos escritores adolescentes -véase Rimbaud-, habrán perpetrado esta imagen.

Como oposición tal vez a esta idolatría del personaje, acepté que el texto era un objeto fijo y valioso, hace poco comenté en el blog de Cecilia E. recordando que la lección de forma y fondo era una que entendí hace tiempo, entonces remonto a este momento donde mi teoría de lectura era imperfecta y pensaba que la forma de un objeto literario era fija, y se remitía a marcas en papel. Un solo texto y una sola forma. ¿Qué es un personaje sino descripciones y acciones? Ficción, artificialidad. Puras palabras. Una lectura esencialista que durante un tiempo me consoló y me dio la tendencia de ver el arte como algo abordable.

En algún momento, por azares del destino empecé la literatura comparada. Podría decirse acaso la alquimia, porque estos estudios son un arte dispar y contradictorio. Se explica, a través de todo, más o menos nada. Se buscan reglas que son amplias y concisas a la vez, en un esquema de casos particulares casi infinitos, vistos uno por uno, por unos cuantos especialistas apenas a cada combinación de temas. Debí notar de inmediato lo imposible del propósito. Lo grandioso del mismo, lo indefiniblemente necesario.

Porque los objetos del arte nunca son de verdad un solo objeto. Ni un hombre es un hombre, ni una lectura lectura. Obviamente el texto no es un objeto fijo y terminado. Y la evidencia es, pues, evidente. ¿No leemos traducciones para juzgar un trabajo literario? Entiendo que una traducción no puede ligarse al mismo objeto impreso que el original, que un mismo texto no es en verdad, en lectura, él mismo. Sin llegar a la transformación, ¿no decimos que “en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme” es el Quijote? Solo que sabemos que el Quijote son dos libros -¿o uno?- de cientos de páginas, ¿no podríamos remover párrafos y que siguiera siendo en esencia el Quijote? Por supuesto, el cerebro le presta al arte la unidad, y con la misma comodidad la deshace. Regla general de los razonamientos: la división se respeta cuando sirve, el resto del tiempo estorba.

No fue el estudiar comparatismo que me enseñó esto, pero entiendo que los comparatistas existen como consecuencia de esta evidencia, de que no se puede encerrar a la literatura -ni a ningún tipo de comunicación-, en un único mensaje. Es algo que cotidianamente aceptamos, que el cerebro mismo acepta pues finalmente, a unir y deshacer aprendimos, antes de darnos cuenta. Darse cuenta es lo de menos. El arte, si es uno, va un paso adelante que el simple contenido o que la forma, es una evidencia.

El camino que tiene que tomarse, no se cuenta.

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