Explicacion de lo oculto

10 Oct

La magia es un objeto de controversia.

¿O no?

Convencionalmente, la magia resulta un elemento exterior a los racionalismos que constituyen nuestro (actual) entendimiento del universo. Decir magia es tanto como decir irrealidad, desviación, imaginado. Uno de los sitios donde existe cimentada la noción de los hechizos es aquella del género fantástico que ha sido poco privilegiado en cuanto a su capacidad total como arte mismo remite. Hay un escépticismo fundamental hacia la magia aún cuando se encuentra en el género literario.

Por otro lado, ambiciones que no tacharíamos de alto arte, siempre han prestado un grado de interés al fenómeno mágico que resulta fácilmente corroborable. Básteme citar las multiples sagas épicas y caballerescas que la incluyen (o Harry Potter). La presencia de la magia es un catalizador que se identifica con el arte masivo, al grado que los géneros épicos modernos -exitosos y visibles en la historieta del cine-, no dudan frecuentemente en introducir su propio concepto de magia. Aquí valdría mencionar a Star Trek y a Q, o a Star Wars y los midiclorianos, básteme decir que ciertos modelos de ciencia ficción, al encontrarse con la inspiración épico reinventan lo que comunmente llamaríamos un fenómeno mágico para adaptarla a la nueva narrativa. Y es que la magia siempre se ha tratado de una cuestión de fe.

Hoy tachada de necia superstición o droga suave, la práctica de la magia se considera marginal dentro de un grupo de gente típificada como desesperados. Quienes requieren ir con un vidente o un saorí para solucionar sus problemas han llegado al límite de la insolubilidad del sólido de sus dilemas. La magia, desde un punto de vista sicológico, serviría para transportar esa confusión e impotencia a un plano donde el ser humano es capaz de lidiar con él. Ceder el control por medio del control sobre el universo mismo, una tarea que solo puede resultar en relativisar los mismos fenómenos del universo. Esta magia, la sicológica, será acaso la única comprobable que el mundo nos provee.

Porque parece ser que nuestra nueva definición de magia es aquello que no puede demostrarse, lo que por su inestabilidad o azar, desafía al entendimiento científico pero presenta muy verdaderos resultados, casi pues, la definición misma de un milagro. Tal vez esto ya explica la razón de nuestra condena a los hechizos, que deben pertenecer a universos alternos en los cuales la física misma responde a objetos otros, esto no vuelve la magia más excepcional, sino más científicamente correcta. Acaso tenemos el cientificismo tan arraigado que necesitamos justificar lo inexplicable.

Aquellos que creen en los sistemas mágicos no difieren del filósofo moderno en sus rasgos de causalidad y competencia, creen en funciones argumentales y deductibles, acaso centradas en distintas experiencias, que prefiguran un universo en su totalidad, no uno que pretende basarse en milagrosas excepciones. En el catolicismo el milagro no es excepción, porque es muestra del amor de Dios, que es constante y nunca se detiene. El gesto de poder, el aparente imposible, no son sino expresiones de algo latente en el mundo. La magia así mismo, desafía las concepciones materialistas de la existencia, mediándolas por medio de una construcción argumental de modo metafísico, por otro punto de vista y de comprensión.

Parece ser además, que la mayoría del a magia requiere la presencia de un creyente. Supongamos que un charlatán pretende poderes mágicos y hace una consulta para resucitar a un muerto, y la persona que lo llama presencia esta resurección. ¿Qué van a pensar el charlatán y quien revive sobre el asunto? En este modelo mágico entendemos que lo excepcional no es equivalente en cada modelo de visión, el milagro que se obtiene sin credenciales es acaso más perturbador que desde el punto de vista del creyente, que acaso lo permite. Si no se cree en una magia, la magia no existe, solo se halla lo inexplicable. Porque la magia no es sino eso: una explicación. ¿Mejor? ¿peor? solo se pueden tomar estas decisiones desde un punto de vista.

La ciencia naturalmente, reconocerá como un fracaso cualquier método mágico que requiera formalmente la cooperación del observador. La física cree en un modelo impersonal, donde el observador trata o se dice ajeno al sistema observado. Como si esta distancia imposible fuera también una especie de magia a la que hay que creer argumentalmente, por dar crédito a las experiencias. El sistema mágico por otro lado, necesita la inversión de un elemento fundamentalmente humano, de una fe. ¿Y es que si se logran milagros solo creyendo en ellos, estos elementos son menos imposibles?

El problema se reduce a una cuestión de fe. Si la magia habla a las capas menos educadas o a los desesperados, es que se encuentran en una disposición sicológica y espiritual que permite dichas seducciones. Acaso solo entrados en dicho trance hallaríamos la dósis de fe correcta. Alguien que cree, perdona la inconsistencia, entiende que los milagros no se exigen, pero que uno de ellos basta para volver un objeto de infinito poder. Esta creencia se admite una suerte de condena, en caso de ampliarse al total de la raza humano, por las consecuencias que podría tener dentro de su actividad conjunta. Así bien, el gobierno del pasado es una magia.

Nosotros entendemos pues, que el arte se limite a algunos marginales.

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