Todo se vale

9 Oct

A veces se descubre en el arte una cuyuntura generalizada de gustos y géneros, un sistema de aceptación bien definido que va a denunciar lo que es correcto. Se señala en estos casos, algún elemento moralizante como la presencia de una religión que domina, o del juicio políticamente correcto, ambos tipificados como ejemplo de la falta de reflexión y el retardatismo. Valdría la pena interrogarse precisamente si dichos juicios no esconden acaso un temor mayor a otra cosa. No lo exploraremos hoy.

Lo que vine a decir, es que fuera de estos prejuicios, el arte se halla en una aceptación genearalizada y sin dirección. Hemos oído todos de los artistas revolucionarios y polémicos, mas hoy día no son precisamente un elemento de moda. Nos queda poca polémica como sociedad, y es triste de varias maneras. Por un lado, la polémica así como la moral han sido históricamente temas literarios de gran importancia, no por las vaguedades metafísicas que generan, sino por la opresión tan real que un código moral tiene sobre un lector. Los valores personales se experimentan, no simplemente se saben. Tampoco tendremos la polémica como elemento generador, pues cuando todo se acepta, entonces poco se saca de los valores temáticos que pudieron alimentar muchas literaturas antiguas. El que intenta hacer polémica se nos figura el hombre que discute exclusivamente de un fait divers del periódico de la mañana, ¿no funciona el universo como es? ¿no solucionaremos cada problema?

Ahora, por esto no quiero decir que se nos ha agotado el trabajo con la marginalidad, simplemente que la polémica en sí misma es una droga suave que funciona por un tiempo y cuyo efecto va degradandose conforme se usa. Los autores alguna vez polémicos como Houellebecq son aceptados a tal grado que se les premia con el Goncourt, y es el premio quien se equivocaba por no premiarlos antes. Están, como cualquier otro texto, en el circuito de ventas literario, pues lo chocante, como el sexo y la violencia, se considera un argumento de ventas. Y de allí mismo decimos, que la labor del arte deja de lado esta parte de la marginalidad y de lo oculto, porque el punto de señalar la perferie se pierde cuando se asimila a la sociedad en tanto que simple objeto de consumo. Se requiere la labor crítica.

Excepto, naturalmente, que la crítica es por mucho la herramienta que predica a convencidos. Puedo escribir cinco ensayos sobre Stendhal para explicar su buen trabajo textual y su caracterización, pero se sabe que Stendhal es una figura emblemática de la literatura y allí no hay pierde. En la arena mediática, es distinto. Los autores contemporáneos no son discutidos con asidiuidad y cuando la crítica sucede, se entabla tímida y precabida, pues implica riesgos no solo económicos sino de prestigio. ¿Qué pasa si uno se equivoca al juzgar groseramente a un autor nuevo? Perderá su título como profeta de las artes venideras, se irán sus credenciales imaginarias. Estoy haciendo eco a varios escritores al decir que cada vez menos escritores efectúan una verdadera labor crítica, que sea no sólo de análisis de texto sino que intenten trabajar un nuevo ángulo de una problemática, que hagan una polémica verdadera. Porque en cierto momento el lector poco aguzado se ha convencido de que el fondo funda la literatura, que hablar simplemente del objeto conllevará la reflexión. El fondo está equivocadamente glorificado como lo está un hecho de actualidad, como un estrepitoso accidente aéreo que tiene muertos pero del que no se produce nada más.

Oliver dijo no sin tino hace poco “Se cae un niño a un pozo y se analizan los pozos, se caen los bancos y se analizan los bancos, se corrompe la policía y se analiza la policía, es fácil ser gobierno, ¿no?”.

El arte se encuentra en un circuito de pensamiento demasiado abierto, si tal cosa existe. Yo diría casi al punto de que el pensamiento se ha abandonado, que legítimamente la crítica se considera de más. Haga usted el arte más repulsivo que pueda conseguir y encontrará quien levante la bandera de vuestra causa sin titubeos. Lejos de los juicios demagogicos y morales, todo se permite, no hay barreras que delimiten lo que puede gustar. Nos reencontramos de nuevo con Bolaño y su mirada crítica de lo violencia, del arte que imita a una vida que todo se permite, sin barreras que se derrumban a base de poder. Se trata de un circuito donde alguien siempre podrá decir bien de cualquier atrocidad.

Más valor requiere entablar una crítica negativa, tratar de por una vez, incluir elementos antitéticos en una proposición de un autor, aunque en esto parezca que nos juzgamos el prestigio y que proponemos un ataque. Los literatos siempre han sido un grupo marginal, que me parece flexible al cambio y la adaptación, la polémica genérica es un objeto de venta para las masas, y la crítica de halagos una mera manera de gastar papel o bytes. La crítica negativa se usa simplemente para entrar cierta polémica que se sugiera a este sistema de aceptación implícito, a esta devaluación del arte que pasa los devaluadores del arte.

Pero quedarse solo ahí no basta.

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