Migraciones imaginables

23 Sep

Sobre la mudanza tengo una anécdota personal que me parece bastante paradoxal y me permito el capricho de compartirla. Comprende varios elementos: mi padre, los sueños, una discusión metafísica. Entiendo que los tres, resultan prácticamente evidentes cada vez que escribo en este blog, mas la redundancia a veces es comprensible repetición.

En ciertas ocasiones sufro de trastornos nocturnos. Casi siempre se trata de una opresión en el pecho, terrible y sedante, cuyo resultado no suele ser mi muerte. El segundo, acaso más horroroso, me toca personalmente en el nervio de mi imaginación. Consta de un estado de entre sueño en que las imágenes pasean frente a mis ojos y yo las percibo en cuanto cambian, seguramente usted padecerá la misma experiencia.

Mi primer encuentro con el fenómeno me sobresaltó. La imagen proyectada en mis párpados me era detestable fuese lo que fuese, imprimía, o mejor dicho expresaba, un temor, una inquietud. Luego, a modo de un terrible milagro, se transformaba en forma logrando un idéntico malestar pese a recrearse por completo. La mente jugaba acaso a dictarse a sí misma un diccionario de miedos.

La repetición no me inclinó por el aprecio de dichas apariciones, mas permitió la digestión de su terror a nivel conceptual. Me presumo seguro en mi propio espíritu y entiendo que el subconsciente nunca busca destruirme (un hombre más atormentado podría, justificado, elegir otro camino), lo que me empujó a desafiar la brutalidad formal que la mente programaba. De ahí que me obligué a la exposición continua de dichos horrores uno tras otro, hasta que su novedad desapareció y pude apreciarlos tan solo en sus rasgos abstractos y no en la aterradora sensación que me granjeaban. Así pues, vi las formas de mi alma.

Vale decir que no fueron observadas en ningún verdadero sentido, más bien diría que alcanzaba a percibirlas. Eran extrañas. Como impresiones que eran tenían profundo detalle y eran cómodamente contradictorias, o al menos arbitrarias. Una planta podía ser una mujer, y luego un cuadro podía ser plástico y animales. La cosa es que la sensación desaparecía y sobrevenía otra, cuya figura resultaba tan presente que efectivamente borraba a la otra. Y obligarse a conservar aquella causaba perder la sucesiva. Demasiada conciencia me inclinaba a despertar, y este es el fin de los sueños. Concebí que con un sistema correcto, la escritura automática podría recrearlos mientras pasaban (nunca llevé acabo esta experiencia).

Explicando esto a mi padre (quien aclaro, tiene mis respetos como pensador y poeta, más allá del título familiar que le confiero), él hizo una improbable observación que me parece, confirma mi evaluación sobre sus reflexiones. Dijo que al viajar y mudarse vuelve a la mente un objeto predispuesto a generar sueños más variables y frecuentes. Que la vida común y corriente endormece el músculo soñador. Vale observar que las implicaciones serían un tanto extrañas.

Si los sueños se fatigan ante la cotidianeidad, entonces son un llover sobre mojado. No hay revuelta posible en el espíritu, a fuerza de descuidos caemos en la inercia. Aunque si uno es móvil, osado y aventurero, tenemos toda la inclinación a continuar por engrandecer nuestras visiones. La inquietud se mantiene a sí misma y proyecta otro tipo de inercia, los sueños persiguen por fuerza algotros sueños.

Esta lectura tiene algo de terrible aunque también de lógico. Es contraintuitivo pensar que si la conciencia de uno se resigna a un cotidiano, el subconsciente y la musa respondan al mismo estímulo. El argumento tiene su falsedad. Me parece de más tino encontrar en esto otro orden, una lectura que si se quiere, resulta todavía más obvia: El que sueña con frecuencia tiene sus inquietudes, y respondiendo a estas mismas, se inclina al viaje. La misma paz del sedentario, se expresa en sus dos facetas: lo escondido y lo visible.

Lo que no hace la deducción de mi padre un producto desechable, es una experiencia de lo real, una deducción poética. Su sentido no busca simplemente la definición de un objeto, sino su superación por medio de la multiplicidad. Que el viaje implique la riqueza es la expresión de una abundancia que en su momento es real, sin buscar ser regla. El sueño mismo es esto.

Aquellas perturbantes visiones que he tenido no son, verdaderamente, entes terribles. Veo en ellas la belleza que viene de la mezcla, la coexistencia del terror con lo común, de lo sensible y lo imposible. La intuición es un sueño, y no requiere consistencia argumental.

Si puedo pensar algo que no puedo decir, entonces siento (cerré los ojos y ví la figura de varios pájaros, pero no eran 2, ni 3, ni 4 y sin embargo eran menos de seis y más de uno, la inexpresividad de dicha imagen es una prueba de existencia) y puedo por consecuencia interpretar, leer. La interpretación de sueños fue la primera literatura. El texto y el argumento fueron creados después para satisfacer el ego.

Y curiosamente, hay quien ha mencionado una importante correspondencia entre el leer, y el viajar.

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