Sobre la violencia

18 Sep

Hace rato que tengo entre los dientes ganas de hablar de la violencia. Cabe decir que no es por mi impopular opinion, ni ninguna serie de consecuencias que espere, que me he detenido, sino por una simple tibieza en las ganas, un natural titubeo. Entiendo que la violencia, pese a su brutalidad, es un tema bastante polémico y lleno de sutilezas. Vale aclarar el principio base de cualquier diálogo: cuando se tiene una opinión fija e inamovible del objeto no hay verdadero diálogo. Si usted cree saber todo de la violencia, se entiende que no estamos discutiendo.

Por lo mismo, para discutir la violencia se necesita estar abierto a ella, se necesita considerarla, lo que no está de moda. No quiero decir que usted sea necesariamente pacifista o un alma que no hiere una mosca, trato de sugerir que la sociedad ha tratado de desechar la violencia como si no se hallase ahí, cual si fuese improbable. Esto no es del todo cierto, mas mi advertencia se dirigía principalmente a esta consideración.

Si uno se niega a aceptar la violencia entonces no puede hablarla, esto puede resultar algo macabro. Empecé a considerar este tema la última vez que leí a Bolaño, quien no evita las heridas escabrosas. Para Bolaño la violencia es como el tremendo impacto entre dos autos, en la primera instancia -el hombre normal-, uno evita mirar el choque tan solo entiende que se va a producir. En el estupor somnoliento del instante, puede pasar que no se logre evitar esa imagen, y para quién no esta preparado, se vuelve indescriptible y fuente de nueva violencia interior. Luego tenemos toda una categoría de magistrados del dolor, cuya exigencia profesional es hallarse delante de los sucesos estrepitosos y mirarlos hasta su triste desenlace, pero cual si un torero, el magistrado se despega al último momento, como evitando de manera flexible las consecuencias de la violencia que enfrenta. Una manera de evitar tal suceso es la insensibilidad -la trataremos más adelante-. En Bolaño esta categoría suele ser reservada a figuras públicas como policías, periodistas y otros detectives. Luego están quienes presencian en impacto y encaran la violencia. Esto merece un apartado porque Bolaño hace cierto trabajo en la palabra para clarificar precisamente nuestro punto -la discusión de la violencia-.

Existe por un lado, el que engendra la violencia. Tal vez cuando pensamos en un choque entre dos autos se nos ocurre primeramente la idea de accidente, pero para mí el impacto es premeditado. El ejemplo no es baladí: la violencia que el atacante ejerce sobre su semejante de cierta manera se refleja en un daño a sí mismo, una cicatriz de la cual quizás no se salva. Bolaño admite el daño mutuo aunque no lo empuje la piedad, sabe que esta desgracia compartida va a fundamentar su visión del testigo. Quien sufre la violencia -llamarle víctima sería desatinado- va a hallarse para nosotros en un espacio de cesura para quien fabrica el discurso, en el meollo del problema está la desaparición de la violencia, por medio del borrar a quien la sufre. 2666 va a sugerir que el objeto de la violencia era tal incluso antes de que la violencia se ejerza, las personas precarias y las poblaciones periféricas que ya están alejadas de nuestro discurso social son personas privilegiadas de esta desaparición. Si mi comentario tiene algún tino, las macabras listas de la dictadura serían una manera privilegiada de optar por la desaparición de alguien que antes no era precario, encasillándolo en una categoría de perseguido y paria. Vale decir que Bolaño problematiza -en lo discutido- la violencia como construcción social, como método.

Luego alza la pregunta legítima sobre cómo contrarrestar el silencio impuesto por la sociedad respecto a la violencia. Evoca al artista como figura providencial que mira el terrible choque de principio a fin, y le da voz. Alguien, finalmente, debe dar suficiente continuidad al dolor para que se reconozca y entonces pueda corregirse. Bolaño no le da descanso a este propósito tan poco convencional y nada inocente, entiende que la reproducción de la violencia la reengendra necesariamente, discutiendo una y otra vez las relaciones entre arte y daño, cual si la problemática fuera fundamental -para el propósito de Bolaño lo era-. El reencuentro con esta violencia enmáscarada tiene cierto potencial de novedad y a su vez transforma al artista en un recipiente de la violencia. Aunque suene un poco cínico, Bolaño entiende que la violencia está en un lugar periférico del discurso social y del discurso literario, y que por lo tanto es parte de la riqueza que el arte puede explotar. De vez en cuando, el caso es extremo, como en Estrella Distante.

Este es uno de los puntos en los que no estoy precisamente de acuerdo con Bolaño, y que valdría la pena recombinar y elucidar en alguna otra ocasión, mas definitivamente el argumento tiene algo de cierto y es elegante. Pero cuando el propósito se vuelve la inclusión de la violencia, temo que como anuncié desde el principio, la batalle esté perdida de antemano.

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2 comentarios to “Sobre la violencia”

  1. Xiphias Gladius 6 octubre, 2011 a 18:37 #

    Bent, acabo de localizar tu enorme blog y tengo que agradecerte que nos hayas incluido en tus sugerencias. Sobre lo que escribes aquí, tema que, como sabes, nos interesa mucho, me gustaría dejar un pequeño comentario. Dejo dicho primero que Bolaño es para mí casi un desconocido: leí hace años Los detectives salvajes y lo tengo casi olvidado. Retomaré porque si tú análisis es acertado, lo que ha creado Roberto B. es sumamente interesante.
    Verás, la violencia siempre ha de ser expulsada, y no porque los “padecedores” de ella (por no decir víctimas) sean también los marginales y expulsados, los periféricos al constructo social, sino porque si el hombre, y el hombre en sociedad, la pone en medio, la mira y la remira, la autodestrucción está servida. La violencia cruda, centrada, marca claramente quien da el golpe y quien lo recibe (el ejemplo que pones del accidente es sumamente interesante y da para mucho, demasiado para este comentario, pero un accidente rara vez es aleatorio, sobre todo en un choque entre dos autos: hace falta, como bien dices, un perpetrador de la violencia, uno que ataque, que se ponga de frente al otro y provoque el accidente). La violencia genera su propia ocultación para poder perpetuarse. Es decir, si todos viéramos la violencia cara a cara terminaríamos o como en las películas violentas, todos muertos, o marcados para la no-violencia. Es precisamente esta “ignorancia” de la violencia lo que permite que se siga haciendo violencia.
    Para construir eso que llamamos lo social hay que hacer un contrato en el que se acuerda expulsar la violencia para que la ejerzan sólo algunos agentes sociales: jueces, policias, detectives, como bien dices, y algún que otro advenidizo. Lo vio Hobbes, lo recuerda René Girard en cada uno de sus libros desde “La violencia y lo sagrado”.
    Por cierto, ya voy continuando poco a poco las entregas sobre “Teatro y violencia: el fin de las artes”. La familia en forma de hijos, que no me deja…
    DavidGRG

  2. arrowni 9 octubre, 2011 a 12:30 #

    Gracias por tu interesante comentario David, la violencia es un tema que desgraciadamente es tratado y maltratado por la sociedad, me da gusto hallar el esfuerzo de encontrarle un sitio en la discusión, de mostrarla, a sabiendas que de cuando en cuando nos toca tenerla de cerca y la experiancia, que dista de la palabra, es acaso más elocuente. Espero leerte proximamente.

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