Del recurso al error

16 Sep

A veces voy leyendo un libro con la sorpresa constante de ver cuan malo puede llegar a ser. No sé si esto se discuta mucho en la literatura, pero los libros fallidos son muchísimos y descubren a cada paso maneras nuevas de ser tan malos. Esto suele volverlos, de cierto modo, divertidos.

Entre los aciertos remarcables de Rayuela (presumo que hay por lo menos dos), se encuentra su sentido del humor, y lo recuerdo precisamente ahora, por los catálogos que son dictados entre los “extras” que se cuentan en los fragmentos del libro. Incidentalmente hace poco, en otra obra monumental que es en español, me encontré otro relato sobre el libro nefasto que incluía el origen de algún pueblo andino. Las circunstancias muestran, con ayuda de los narradores, que más que tratarse de malos libros, estos textos contienen en sí mismos un delirio, una aberrante contradicción interna que solo puede resultar ridícula para cualquiera que dislumbre en ellas algún texto serio. Se juega con la espectativa, algo que es de la vida y del arte -tal vez de alguno antes que del otro-, pero el humor mismo es la mirada.

Un argumento muy esgrimido por los literatos amateur es aquello de que el arte es subjetivo. Por un montón de razones, deploro dicha constatación, menos por su vigencia que por su razonamiento. Diciendo que algo es subjetivo, se puede justificar más o menos cualquier cosa, valdría decir “el arte es subjetivo y por ello no habemos nunca de hablar de ello” o igualmente -dicho por el mismo tipo quince minutos después- “el arte es subjetivo, por eso debemos hablarlo”. El punto es que sobre los libros malos uno puede sentido inclinado a hacerse el estúpido y decir que no hay libros ni buenos ni malos, que todo es relativo porque -repitan conmigo- el arte es subjetivo. Eso es ser un babas, se esté equivocado o no.

Hoy yo voy a ser ese babas.

Como el arte es subjetivo, decir bueno o malo, no es decir mucho. Stendhal y Michaux son buenos y no se parecen. Para decir que, del mismo modo que existen diferentes calidades y cantidades de ciertas buenas literaturas, podemos reconocer en las malas, variedades autónomas y vivientes de error. Una de nuestras discusiones fundamentales es el error, creo que porque puede ser voluntario. Lo que solo muestra precisamente cuan extraño puede ser errar si se le puede tener por algo que se disfruta y algo voluntario, si ambas cosas llegan a conjugarse ¿dónde está el error?

En fin, ese no es precisamente nuestro interés, por lo pronto nos basta con saber que decir simplemente bueno o malo no es un valor descriptivo. Lo que en mi opinión no quiere decir que las cosas no sean buenas, ni sean malas, esta observación precisamente no es descriptiva porque se encuentra en la etapa sensorial de la experiencia: es más fácil decir “no me gusta” que explicar el por qué. Pero precisamente, saber que lo malo no debe ser reducido simplemente a su circunstancial fracaso ha logrado que se vuelva para más de una escritor, una fuente de inspiración genuina. No se trata de evitar el error sino más bien de corregirlo, un éxito y un fracaso pueden ser simplemente circunstanciales.

Los principios literarios que podríamos llamar básicos -que hemos aclarado como siete u ocho sin fatigarnos en nombrarlos-, funcionan como los principios morales: respetables en la generalidad pero engañosos en lo concreto. La experiencia lo confirma: Los errores típicos e intrincados son alimento para la literatura y esta se enriquece de ellos. Una lectura puede posicionarse estratégicamente para hacer algo bueno de el error. Por contrariante que pueda parecer.

No sería arduo imaginar la tarea contraria: hacer de todo éxito literario, de toda genialidad estilística y de cualquier belleza, una tarea de un azar indiferente que al destartalarse pruebe ser mundana. Shakespeare puede ser simplemente un compendio de tramas y predestinaciones en rima, pues el hecho de que la versificación y el desarrollo temático sea una fuerza en Shakespeare, implica de inmediato sus menoscabos. Todo escritor es primordialmente exitoso en la medida que rodea o mejor dicho que corrige sus achaques. Solo que un error también puede ser un éxito ¿no? Y sin embargo las cosas son buenas.

Mi reflexión no busca ilustrar simplemente lo parcial que la idea del bien y del mal, así como el error, pueden ser cuando uno los toma como medida; creo que es necesario señalar el recurso al error como una verdadera estrategia literaria, y no solo eso, sino además como un punto de producción de nuevas lecturas.

Un error que se repite no es necesariamente un error. Lo mismo vale para el éxito.

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