Ladrido

10 Sep

Hay al menos cinco posiciones filosóficas por medio de las cuales el hombre se relaciona con los animales. De ellas podemos derivar distintas interacciones completas y crear una moralidad en nuestras interacciones, mas incluso entonces nuestro juicio resulta un tanto limitado, sin hablar de su arbitrariedad. Toda interacción de los hombres con las bestias se mide en parte, por estos mismos métodos de evaluación moral, excepto una: la clasificación del idioma.

Podríamos empezar por decir que los animales tienen comunicación, y que a veces esta es engañosamente rica. El código genético es una suerte de discusión inter-generacional, cuyo significado va siendo interpretado durante la duración de la vida (que es una lectura). Mas la parte de los animales en el discurso articulado humano, suele presentarse como un sinsentido, pues si hay algo que el hombre hace y los animales ignoran, es la argumentación.

Si usted me ha seguido desde el comienzo de este blog, habrá notado que no me canso en exponer los puntos frágiles que podemos hallar en nuestro propio lenguaje. Me desgasto en estos esfuerzos porque mucho de lo que decimos se nos figura la manera única de pensar, entiendo que hay quienes incluso definen el pensamiento como la actividad mental cuando toma forma de un discurso. Mas incluso entonces esta no es la actividad mental que más nos engaña, pues sigue existiendo el sueño, que no es argumental.

Parte de mi elección en esta tarea tan infame -en un escritor desacrar el lenguaje debe ser algo infame-, viene de la falta de respeto que esta predilección lingüística implica contra los animales. Cualquier animal no piensa ni produce, pues es incapaz de reafirmarse por la palabra, entonces no lo tenemos por individualidad. Más aún, cuando respondemos al llamado de dirigirnos a la bestia, la personificamos, le damos un nombre y de cierta manera, la volvemos humana. En realidad los personajes literarios u otros no tienen sexo, ni raza, ni nombre; son acumulaciones de verbos y adjetivos, pura apariencia, puro “quedar bien”. Es la lectura la que puede transformar estas palabras en algo con mayor trascendencia, pero en nuestro sistema cultural, el animal no se quiere trascendente, así que cualquier lectura benigna termina por desanimalizarlo. Podríamos decir que el problema es sobre todo ideológico, mas también es de lenguaje.

Me gustaría escribir una novela para perros. La frase es absurda, incluso un perro se reiría de ella si lograra comprenderla. Una novela para perros, sería una novela forzosamente del autor ¿no? pues un perro no puede desear una novela de ningún tipo, solo un hombre puede quererla. Aunque por supuesto, una bestia puede gozar un objeto, puede apreciar una actitud que se tiene para con él. ¿Puede apreciar una actitud literaria? ¿aprecia el perro que uno le ponga nombre?

Dado que somos incapaces de lidear con las bestias en un plano abstracto, las volvemos directamente al plano sensible. Ellas son todo sentimiento, todo sufrir. Sufrir en realidad es una manera moderada de sentir. Esto hace de las bestias víctimas privilegiadas, o mejor dicho, esponjas que se llenan con todo aquello que les llega. Receptores puros. No lectores (que presumiblemente seríamos nosotros)

El hombre adulto es un animal obtuso que desea por fuerza no cambiar, pero la capacidad de variación de una bestia suele ser enorme. Se le podría reprochar a un hombre tener una mascota o un animal en cautiverio, porque habrá de tomar todo tipo de decisiones fundamentales en su nombre, y efectivamente dictar el caracter de su vida. En realidad hacemos también esto con los infantes, que también suelen tener un carácter receptivo mucho más alto y depender muchísimo menos de la argumentación. En cierta medida, al aprender del animal, aprendemos del hombre (que es un niño).

Una novela de perros sería probablemente insabora para los hombres, una suerte de tortura contínua, de colecciones sensoriales y ausente de fines que lo designen todo. Me gustaría poder leer como un ave, y tratar de figurar el valor de las cosas por cómo se sienten y no por el colorido de sus palabras o sus especulaciones. No habría, tal vez, personajes.

Proust, es considerablemente más animal que Shakespeare, por extraño que parezca -si han leído Proust, tal vez no sientan sino la increíble maraña argumental que precisamente deploro en lo arriba escrito-. Marcel de cierto modo trata de atravesar esta selva de argumentos imposibles, de carácteres imposibles, con una voluntad que acaso se querría reduccionista si se tratase de un propósito humano. Su propósito -y usted puede diferir de mi opinión- tiene algo de sobrehumano, es sensiblemente animal.

Entiendo que encontraremos al animal implícito en nuestros libros, como algo más que humano, cuando la vida del hombre no se nos reduzca a su caracter argumental. Deben haber muchos más pasos para este fin, lo presiento. Igual vale la pena recorrerlos.

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