Fácilito

8 Sep

Parece que tengo problemas para empatizar con los que gustan del libro fácil. Esto, de algún modo, es un problema horrible, pues hace de mí un elitista literario implícito. Suficiente es saber que mi escritura es enredada.

Frente a un problema de este tipo, donde se tiene a las personas por distintas a uno, por incomprensibles, vale la pena retroceder unos pasos y cuestionarse. Sé bien que la literatura a título personal no es de gran importancia. Descreo de autores, eruditos o academias simplemente porque exacerban una individualidad artística que apenas cabe mencionar. Espero y deseo que el lector de al lado tenga una experiencia distinta a la mía, y en caso de que sea posible que goce más. A veces, cuando siento que leer ya no es un gozo, recuerdo la fortuna que otros tienen.

Se me tachará tal vez de inconsistente o hipócrita, por intuir en mi persona un menoscabo tan flagrante. Mas sabemos que justificarse siempre, buscar la palabra exacta y la autoridad moral, es pura retórica. Creo que mi testimonio debe ser cuestionable, porque pretenderlo universal me haría no menos inconsistente ni menos hipócrita. Voy a cometer errores a perjuicio de otros, desgraciadamente así suele ser, pero en su momento espero por lo menos reconocer mi falla.

No me preocupa pues, que tachen mi práctica de traidora a mi ideal, francamente, no creo tampoco que los ideales sean zona de respeto inamovible. Como con los años he de cambiar, hay buena oportunidad de que el sentimiento viceral de menosprecio que se me crea al hablar de la complejidad literaria desaparezca, o que llegue el día en que yo mismo pierda la paciencia ante las experimentaciones y me vuelva un ebrio de lo clásico.

Lo que me inquieta es la empatía. Tener empatía es probablemente lo más importante que hay. Al menos en el contexto de nuestra sociedad, el que entiende la compasión, hacia él o hacia los otros, está un paso adelante de sus congéneres. Es sobrehumano. Entre los menoscabos del lenguaje está su ausencia, que es en cierto modo, algo que cae directo en nuestro tema. La crítica literaria no encontrará su principal figura en el que se contenta en criticar la complejidad y sancionarla, sino que aceptará a quien la diseque y logre hacer de ella un objeto más sensible. El discurso de cierto modo, se degenera en una abstracción de sí mismo, y se vuelve más propio a los oradores/escribanos, que al hombre más común. Porque ser un hombre común, o sea, no ser un ahogado en los detalles de las letras, es casi completamente mejor. El arte pertenece a la gente, en un grado que es inevitable. Lo oscuro llega siempre a su olvido.

Si uno no tiene empatía, le quita el lugar a aquellos que no pueden integrarse al profesional discurso. No quiero decir el discurso de un profesional, quiero decir un discurso que se imprime en su propia discursividad, uno redundante en ese sentido. Los que no hablen como críticos parecieran callar, pese a ser siempre parte fundamental de los que cuentan. Si no los puedo entender, estoy tan atascado en el lenguaje como cualquier otro, no alcanzo a resentir su posición como algo indecible, o mejor dicho, algo indeseadecible.

Mi dilema se centra en que la lectura “fácil” o sencillamente “no compleja”, se me figura como una predisposición por parte del lector, cosa que es difícil de aceptar para mí. En mi tiempo personal, el lector deseado es aquel que llega a un texto listo para todo, como si el género no existiese, tan dispuesto a construir -si no más-, que el autor mismo. Estar predispuesto se me figura como una traba directa a este propósito, un error a priori.

La conclusión, que a usted le debe resultar igual de evidente, es que me equivoco. Por medio de esta glorificación de lo que pienso que es un lector ideal, estoy ignorando una característica fundamental de lo que es un lector preciso. No por su tiempo histórico y sus géneros -pues esos son inevitables-, sino por la incomprensión de esta facilidad. Cuando hablamos de los dos pintores griegos, uno imitaba la naturaleza, y ambos buscaban ser muy discretos. La complejidad puede ser infinitamente invisible, puede constituirse de tal forma que esperarla es parte de lo que permite su profundidad.

E incluso ahora, creo que el punto se me ha escapado. Lo aprenderé, tal vez, cuando el tiempo me permita una reflexión más profunda, o que intercambie opiniones con otra persona física. Acaso usted lo sabe ya, y puede permitirse darme esa información.

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