Homo ludus

7 Sep

Jugar es una de esas misteriosas actividades que cuando dominan nuestro tiempo, pueden llegar a interrogarnos. En ese sentido, el juego es como el arte, pareciera estar más allá de los simplísticos sistemas de utilidad que hemos divisado para ganar salarios. El misterio, vale aclarar, va más allá de un simple desorden utilitario, se nos muestra como problema fundamental.

Los animales que podemos comprender, se dedican al juego durante sus primeros años. Uno puede observar esta necesidad de entretenimiento en el cachorro o en los delfines que se persiguen plácidamente. Este juego no está excento de violencia. Casualmente puede introducirse a la actividad un animal extranjero, un ratón que se deje escapar con el afán de perseguirlo y masacrarlo, un cucaracho rebotando agónizante. Estos juegos tan brutales pueden develar cierta óptica que los volvería una suerte de entrenamiento: a través de ello se aprende la caza, se entienden las propias limitaciones, se fomenta el trabajo en equipo. Mas otra óptica entendería lo contrario: la caza es un juego que permite la supervivencia, en su esencia ya se encuentra toda la dimensión lúdica que buscamos, y su caracter de salvación es meramente incidental.

La segunda teoría sin duda puede parecer un engaño de pensador, mas no lo es tanto. Recordamos que la evolución sugiere una adaptación casual, una suerte de desarrollo de características indepente a los sistemas donde se produce, que solo perdura por su éxito sucesivo. La biología no mejora, solo cambia. Del mismo modo, puede que el juego mismo sea visto como una adaptación sumamente exitosa en el sistema biológico, pues el animal que entraba en combate “de mentiritas”, terminó por ser efectivamente mejor en combate, y gracias a esto sobrevivió. Lo que sugiere que la relación entre la caza y los juegos es puro post-revisionismo, una incomprehensión del fenómeno observado. El juego, antecede su función, es algo real antes de algo explicable.

Para decir que buscarle razones al juego humano va a ser algo más o menos futil. No hay un razonamiento sencillo y elegante que vaya a justificar el juego, lo cual seguro privará a algunas personas de ese blando placer. Pero el juego existe, es observado y se desarrolla, lo que nos permite divisar en él una suerte de órden subyacente, reconocerle una estética. Ya luego podemos discutir si la ética y la estética del juego son acaso lo mismo, en sí esto no debería confundir nuestro análisis.

Los juegos son una familia de actividades bastante rica, por lo que generalizar sus características es problemático. Como en el arte, hay juegos performativos, y perfectivos, juegos físicos y mentales. El gozo de los juegos es mayoritariamente estético, sufre del complejo matemático en donde resolver un problema conlleva cierto placer. Así podríamos definir truncamente los juegos: resolver sucesiones de problemas buscando un goce abstracto. Dicha reducción nuevamente engaña a nuestro ojo contemplando demasiado la solución y no al juego en sí.

Yo sospecho que cada forma de arte tiene por fuerza un valor performativo que la define: un retrato es un objeto terminado, mas el arte de la pintura aparece solo mientras alguien juzga y aprecia dicho retrato. No abría pues un arte puramente perfectivo. Me parece que en los juegos dicho juicio no es menos certero, esta serie de acciones performantes estarían al centro de dicha acción, no diríamos pues tanto juego como jugar donde este conjunto de acciones tendrían todo el valor lúdico performativo necesario para nuestro goce. Por tal motivo “jugar en serio”, o sea, imitar la acción del juego sin valor lúdico, no es técnicamente jugar. La caza sería un juego o un trabajo -o un juego-trabajo pero no un trabajo-juego-.

Dado que la definición de juego es tan libre como se puede llegar hacer entre la actividad humana, tal vez podríamos medirlo por su consecuencia: el entretenimiento. Creo que la belleza es consecuencia del arte, entiéndase de leer -donde leer es evaluar cualquier objeto de manera artística, es el valor performativo del arte, el movimiento que lo hace un movimiento dinámico y por lo tanto justifica su nombre de arte-, y que por ella podemos reconocer acaso a pequeños ratos, lo que un arte puede llegar a ser. El juego del mismo modo, viene de ese goce un poco distinto que yo llamaría ingenio, o más correctamente ingeniar un juego, disponerse a tener este gozo por medio de dicha actividad. Sería válido ingeniarse la vida cotidiana, como un cazador tiene su placer de derrotar a las bestias que caza con inusitada efectividad. La efectividad no sería la finalidad de este ingenio, pero se fomentaría como consecuencia del mismo al modo que la técnica artística crece con las miradas lectoras que cambian con el tiempo. Tal vez juego y arte son la misma cosa, lo cual encuentro probable. La diferencia entre los términos sería entonces futil.

El juego nos resulta más claro que el arte, como si resultase evidente su intrincada riqueza. La lectura debería ser como el juego, deberíamos tener esa conciencia de nuestra parte performativa en el hallazgo, de que no hay juego sin jugador. La promesa suena redentora desde que sugiere que el análogo directo de la lectura sería la diversión.

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