Viajeros

2 Sep

La ciencia ficción es un arte figurativa, donde las formas son remedos aparentes de las leyes de la ciencia. Para entenderla hay que aceptar que la ciencia contiene un valor estético y que no hay una ciencia ficción sino muchas. Es, en cierta medida, un género que tiene como premisa el ingenio. Por sí misma la estética científica carece de varios elementos que permitan su fácil narración, la tenemos como una forma de lenguaje abstracto y su transposición con la realidad nos es en términos analógico-simbólicos. Probablemente por esto se le excluye con frecuencia de la alta literatura, una transformación lenguage-realidad-lenguage no carece de su complejidad, pues sacrificará muchos elementos para mantenerse consistente con el espíritu del texto original. Tristemente, este tipo de esfuerzos no son justipreciados por los criticos literarios en general, que solo admiten a la ciencia ficción como una cierta alegoría.

No pensaba partir en una divagación sobre este género, cuya presencia es mucho más significativa -acaso por las razones ya mencionadas- en el cine o en la historieta. Entiendo que la literatura puede incluirla remitiendo a fórmulas visuales. Sin embargo, mi intención original era utilizar uno de sus típicos temas para expresar una voluntad fundamentalmente literaria: el viaje en el tiempo.

Creo que toda historia sobre viaje temporal es en el fondo una literatura sobre la literatura. Hay un paralelísmo directo: el tiempo de lectura no es el de la vida, el abrir y cerrar un libro transporta de inmediato a tiempos y espacios dispares, alternos. Este viaje en el tiempo, que es a su vez la capacidad de paralizar el tiempo, no es verdaderamente solo eso. Nuestro tiempo también la afecta. Si yo paro de leer Tom Sawyer y regreso seis años después ya el tiempo de la novela, ese tiempo a marcapáginas, no se detuvo. La lectura de deforma, se diluye y se renueva. O sea que no solo el tiempo de la novela, sino también el tiempo de la literatura se desdobla. Leer es viajar en el tiempo.

Esto explica, entre otras cosas, que acólitos de la lectura como Borges le den un papel central a las teorías sobre el tiempo, también explica que no requieran mayor elucidación. En todo caso, no habría que reducir las historias de viaje temporal a simples reflexiones literarias, pero por medio de estas historias esclarecemos la literatura.

Una paradoja temporal clásica es el futuro que genera su propio pasado, el típico viajero que viaja al pasado y que pensando cambiar la historia, la crea. Nuestros juicios lectores ya han ejercido este tipo de transformación al desenterrar en su vida personal, o en la historia, algún autor obscuro. Porque es, si se ve correctamente, la recreación del pasado por una acción futura, con una redefinción de lo antiguo por el pos de lo moderno. Kafka crea a sus precursores, Shakespeare no era Shakespeare en la era victoriana. Igualmente se podría pues, viajar al pasado y destruir algo que ha existido alterando el futuro, no solo por el ejemplo de las destrucciones y reconstrucciones históricas que más de un gobierno ha intentado de efectuar, pero se podría hallar por ejemplo, en la muerte de un servidor informático que consume un escrito virtual. Un buen golpe a WordPress borraría este blog de la historia.

Los futuros alternativos se juegan a cada momento y a cada descubrimiento de un nuevo autor. Aunque su texto exista solo lo concebimos en su potencialidad de lecturas, en su variedad interna. Incluso tenemos una tendencia a temer a esta variedad casi prohibiendo la extensión explícita de historias ya existentes -nos parecería terrible reproducir y continuar las obras de Dostoievski-. Además existe la simultaneidad y la ausencia del tiempo, pues cuando se lee un libro se leen aquellos que ya se han leído, al punto que el pasado convive con el futuro de una manera inteligible. La inmortalidad misma está enteramente problematizada en el texto, cuya longevidad amenaza con sobrevivir a todos sus seres queridos, incluso -o especialmente- al autor.

Leer un libro que hemos cursado es como reencontrarse en el tiempo, hallarse a sí mismo suspendido e interactuar con esa figura imperceptiblemente, nuestra memoria es finalmente, esta suerte de viajes en el tiempo que suceden en uno mismo y que el lenguaje, pese a su inadecuación, no puede evitar tratar de describir.

Pero aún más que la literatura, me parece que el teatro es un viajero en el tiempo mayor. Dígamos que el escenario es el tiempo, y en ninguna parte el espacio y la acción nos parecen tan fugaces y efectivamente predeterminados, ¿el actor se vuelve alguien verdaderamente o solo el tiempo nos confunde dicha verdad? ¿el espectador deja de ser o no al reducirse a ser espectador?

Nos vemos un mañana.

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