Del corazón

30 Ago

En esta era informática es sencillo toparse con declaraciones que se suponen personales pero que llevan el ánimo genérico. Pienso que esto es un fundamento literario que no deja de tener sentido, y que se debe acaso más a la comunicación social de nuestros tiempos, que a una verdadera búsqueda estética. Hablar de algo en general y casi justificable, es un gesto de empatía, es que se reconozca de cierto modo, que bajo el mismo yugo, todos reconocemos a la injusticia, y en ese momento de igualdad de lenguaje, todos nos volvemos uno. El internet está infestado de esos truncos milagros, de un yo que se vuelve todos.

Al hizo un comentario hace poco, que me dije, no puede ser del todo suyo. La cuestión era una reflexión bastante conocida sobre si uno se guía o no por el corazón o la mente, al elegir un amor o un trabajo. El contenido, me parece, no debería ponernos mayor interrogante que el reconocimiento en sí, de que en cierto modo lo reconocemos como truísmo. Sería una reflexión de modelo social, tanto en modo y contenido de lo dicho.

Ahora me interesaré particularmente por el modo, de nuevo, no porque espere generar alguna genuina novedad, sino en el afán de esclarecer algo de este objeto del lenguaje. Primeramente las oposiciones de trabajo/amor y mente/corazón resultan curiosas, pues no se deben a un verdadero antagonismo fundamental, sino que son más bien objetos ligados en nuestro imaginario. El amor representaría la vida personal, mientras que el trabajo sería la enajenación, la desencarnación del objeto personal -se deja de ser individuo y se vuelve adulto-. El amor se supone una suerte de cima del individualismo, como si el mérito de esta capacidad amorosa se encontrara exclusivamente en uno, y no fuera una suerte de reconocimiento social. Del mismo modo, en el trabajo tampoco se encuentra un verdadero yo, sino que voluntariamente se le coloca de un lado. Ambos objetos se reconocen importantes.

Tanto la oposición como la importancia o incluso la existencia de dichos objetos, está encerrada en los términos abstractos manejados por nuestra sociedad. El amor y el trabajo quieren decir cosas muy diferentes para la esposa de un hombre medieval que en su conceptualidad moderna. Lo mismo se puede decir de la oposición de corazón y mente, que desde un objetivismo cientificista no pueden siquiera considerarse objetos separados. La razón y la sentimentalidad proceden de sendos fenómenos mentales que finalmente constituyen un mismo circuito mental íntimamente relacionado, incluso asimilarlos como procesos independientes del cerebro puede presentarse como una falacia. Y entonces reflexiono que por un motivo u otro, el corazón es un objeto brillante para describir esta parte de nuestro imaginario que remite a lo sensorial y que en nuestra época moderna reenvía inevitable a lo emotivo.

La evolución de la palabra corazón es algo interesante, antes de que la mente le robara ese privilegio, el corazón se consideraba el sitio de la memoria y el recuerdo. Una suerte de deducción metafísica debió concluir que todas nuestras sensaciones son memoria, o que sentir es lo más cercano al momento certero de recordar. Entonces este pensamiento animalizado, este reflejo mental -mecanizado como los golpecitos del médico en la rodilla-, se convirtió en un órgano de nuestro cuerpo que bombea sangre precisamente sin pedirnos permiso alguno. Además cuando sentimos alguna congoja tremenda es un sitio entre el pecho y la boca del estómago que nos induce un mareo terrorífico, acaso antes terrorífico por ser mareo que al sentido inverso. Que una sensación remita al sentir tiene algo de elegante.

Lo que se constituye en la crítica de Al no va a ser finalmente muy distinto a lo que estoy haciendo yo, si va a ser un análisis menos centrado en la lengua, mas seguirá cierto rigor crítico del objeto. Reconocer que los conceptos de nuestra sociedad no están empleados a nuestro favor es algo que intuitivamente se sabe, aunque esto no cambie nuestras actitudes. La conclusión sigue estando un poco enmarañada por nuestras redes conceptuales pero es brillante: dosíficar lo que sea de la razón estricta y la sensibilidad, entiéndase, sentir la razón y reflexionar sobre como sentimos. En lo que refiere a nuestros conceptos, el sentir no se considera algo útil para la reflexión, sirven en espacios separados. Sin embargo son objetos que pueden analizarse discretamente el uno al otro, lo que atravesaría a ciencia suerta las fallas que nuestras abstracciones suelen tener.

El último elemento de la ecuación es una suerte de pragmatismo que constituye tal vez el problema mayor de cualquier sistema de sabiduría popular: ¿cómo aplicar lo que se sabe y todo el mundo conoce? ¿cómo ser lo que se quiere ser y no lo que se es? Entiendo que el lenguaje y el análisis no bastan ni nos aproximan a ninguna victoria en este sentido, aparte de una reducida victoria moral. Esta misma visión pragmática de las cosas parece venir a atacar esta crítica que escribo y cualquier otra crítica. ¿Para qué puede servir probablemente saber cuán inútil es la razón? ¿hay otra opción?

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