De los ciudadanos

27 Ago

En ciertos círculos se ha dado a la costumbre de politizar casi todas las áreas de la actividad humana, entiéndase por politizar, generar y admitir principalmente un discurso politizado, o la acción politizante. Si estoy utilizando la forma verbal para referirme al fenómeno político, se debe a que las cosas no son políticas al origen, sino que uno las vuelve políticas. La política sería un modo de interactuar por la realidad o incluso de concebirla. Mas probablemente caeríamos en un error al suponer que existe solo un modo político de encontrarse con las cosas.

Yendo por el camino etimológico que suele fascinar a los escritores, encontraríamos que política viene de polis, o sea ciudad. La ciudad no es otra cosa sino la acumulación de gente, o bien precisamente, una suerte de organización espontánea entre las personas que se proponen ocupar un determinado espacio -arbitrario- que después será conocido como ciudad. Precisamente, los nacimientos y las muertes de las ciudades son difíciles de discernir.

En todo caso, los hombres tienen política porque el intercambio dentro de la ciudad es discernible. Los intercambios de una colmena, pese a ser infinitamente concretos, se nos figuran demasiado abstractos. El discurso ciudadano es casi lo opuesto, en apariencia se propone sencillo y claro, mas falla en englobar todo el sentido que los objetos reales suelen tener. La cosa se complica considerablemente cuando se busca referir a realidades fuera de la polis.

Aquí tal vez resultaría útil introducir el concepto de gentes. Por gentes no entenderemos una generalización aparente de las personas concretas, que vendría a funcionar bajo los ejes de la identidad adulta, donde ni siquiera gentes sería un conjunto de adultos, sino una abstracción genérica sin rostro, la espectativa social que se tiene de una o varias poblaciones. El discurso político sería una suerte de argumentación que sometiera a todo el universo a este concepto de gentes.

Podemos entender vagamente este concepto de gentes como una aplicación práctica de lo que convencionalmente se entiende como humanidad. Se trata de hilar generalidades: a los hombres les gusta limitar el esfuerzo y nulificar el dolor, a los hombres les gusta evitar el estrés moral. Naturalmente, la definición final del concepto no existe, es simplemente un espejo convencional de nuestra sociedad, y en este sentido solo vale decir que la política presume conocer dicha imagen y actuar por su recreación. Y por supuesto, supone que lograr ese fin es bueno. Uno de los problemas más graves que propone el sistema politizante es que se considera moralmente superior, y que un activista político puede clamar que un individuo inactivo* se halla en estado de error.

Sin embargo puede llegarse a la conclusión tal vez controversial, de que el discurso politizante actualmente es una fuerza inmoral. Fomentaría, entre otras cosas, la falsa idea de un punto de vista objetivo que englobara todas las actividades humanas. También, su utilización regular en varios niveles de la vida social, limita y perjudica a aquellos que no se hallen en condiciones de practicarlo. Ya hemos discutido que no se puede esperar que todos logren producir un discurso literario, un error igual de arbitrario es esperar que traten de discutir política.

*- Curiosamente, entre activo e inactivo encontramos una conotación de positivo y negativo, nos encontramos en una sociedad que deplora la inacción y al mismo tiempo la fomenta. Esta es apenas una de las incontables contradicciones que nos propone el estado social del hombre, y como el lenguaje no puede ser tratado de manera “objetiva” para dar cuenta de esas realidades.

Politizar un objeto es hacer que dicho objeto trate de “la gente”, es un modo de abstracción bastante primario e intrínsicamente humanista que basa todo su peso en las decisiones más o menos divinas de cierto grupo de política. Como la acción política es una suerte de apariencia, ni siquiera se necesita una carácter genuinamente convencional para generar un discurso político, simplemente se requiere que el discurso parezca convencional. Muchos grupos ideológicos hoy día marginalizados siguen generando discurso político sin peso, muchos grupos de poder marginalizados por su riqueza siguen generando discursos impopulares con poder infinito. En la práctica, el discurso político es una herramienta genial de marginalización, o lo que es similar, de enajenación.

Quien busque transformar esta argumentación sobre la política en un discurso político, solo logrará confirmar mi tésis inicial de que volver todo objeto político se nos ha lentamente vuelto un vicio. A mi parecer, limitar un objeto por la creación artificial de una dimensión política para este, no puede ser un método que resuelva los problemas sociales. Menos solucionará los problemas multiples e ignorados que nuestro discurso mismo nos propone.

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