Lucidez y honestidad

16 Ago

Con cierta perspicacia hereda Rafael Chirbes -¿de Valery?- una falsa controversia entre estos dos términos aplicados a la literatura. Heredar una controversia o una querella, no es distinto a tener un acento o una forma de hablar, forma la identidad y condiciona un par de reflejos futuros, sea o no ficticia la filiación que constituímos -cualquier identidad, para ser justos, es más o menos ficticia-. Retomo este discurso pues estas últimas semanas estuve musitando sobre la importancia de la identidad y esta coincidencia -de leer a Chirbes tras mis declaraciones- solo se me presenta como una oportunidad de rectificación o ejemplo. Me siento pues, interpelado.

No quiero competir con Chirbes aunque su libro -En la lucha final- proponga varios conflictos y discurrencias que valdría la pena explorar. Efectivamente, mi opinion es por lo general opuesta a aquella mostrada en el texto. No voy a desarrollar este “antagonismo ideológico” por algunas razones, entre ellas que ya estoy enfrentado con Bolaño en este respecto, y sostener ambos conflictos aminoraría mi efectividad para encontrarlos y acaso terminaría por confundirlos -esto especialmente porque hasta lo que he leído, Bolaño y Chirbes no se interpelan en el plano temático, haciendo difícil este triple intercambio que podría ser provechoso-. También me ha parecido que mis enfrentamientos con el español -por esto me refiero a Chirbes- son más o menos inevitables, leo cotidianamente escritores que discrepan en mis opiniones, pues leer solo los que coinciden conmigo o antagonizar terriblemente a todos los que no, terminaría por hacer de mí un espantapájaros. Creo que los que solo escriben para los convencidos o los que tratan de politizar toda forma de arte, restan mérito a la felicidad que una lectura sin maleficios puede prestarle a cualquiera. También se podría notar, que nuestra oposición es más formal que ética, por lo cual habría que aceptar simplemente que discrepar en la estética es lo más natural para dos creadores, y dichos conflictos apenas ameritan atención.

Y es que la lucidez y la honestidad son objetos próximos. Alquien que siendo lúcido no es honesto, o no puede existir o se deplora a sí mismo. Por otro lado, la sinceridad del embobado por la apariencia no “sirve”. Diría pues, que la idea de lucidez está implícita en cualquier admiración de un lector que hace valer la honestidad como valor literario, no se trata de una definición adolescente y cotidiana de la honestidad, sino una relevada de la sensibilidad artística, de suerte que atraviesa la realidad evidente. Si Chirbes excluye la honestidad como elemento de la columna vertebral de la literatura, lo hace por el gusto del artesano que busca la palabra justa, el motivo perfecto para enfrentar dicha precisión ante el jurado de otros hombres igual de artesanos, con la misma vocación específicista, que gozan en cierto modo las correcciones y adiciones que al lenguaje se le pueda prestar.

No voy a decir que lo específico es un vicio, ni que carece de elementos para enriquecer una reflexión, simplemente señalo que hablar de honestidad en vez de lucidez también nos aporta algo en comprender el arte. Sin la honestidad la lucidez nos propone laberintos, pues ocultar explícitamente y con voluntad lo que se sabe es una suerte de artificio que deforma lo que se sabe. No quiero decir que un escritor deshonesto es peor, quiero decir que por naturaleza se retiene. La honestidad pues, logra algo que no sucede solo al nivel de la expresión -como sería el caso de la lucidez-, sino además es una manera de portar el precio de su propia piel. ¿Es esto un objeto especialmente social? Sí, y no. Un escritor que es deshonesto con los demás, por más lúcido que sea, será despreciado. Pero alguien que es deshonesto consigo mismo no puede tirar una lección de su lúcidez, a menos que el subconsciente le preste un regalo, en cuyo caso, pues genial -literalmente-.

La lúcidez cuenta, y cuenta mucho. No estoy del todo seguro si se supone nosotros debemos tirar cierta entidad moral de dicha lúcidez, como por ejemplo si el escritor nihilista requiere que se reconozca lo cruel o maldito del mundo, o si el poeta busca la belleza. Si uno lo piensa así, entonces se trata de una herramienta para descalificar lo que no nos gusta, y sería entonces esperado que descalificara a Chirbes por su argumentación, que no me parecería lúcida en el sentido de conveniencia que yo le aplico. Ahora bien, creo que Bolaño efectivamente coincidiría conmigo en este aspecto, tal vez pensaría, que un escritor lúcido, conociendo su propio límite no se arriesgaría en el ejercicio de la honestidad, en la confección sacrificial que representa una obra menor, sentido en el cual, si bien desacuerdo con Bolaño -ya lo exploraremos próximamente- en ciertos puntos, vale acordar que la obra menor es crucial para la literatura y mayor a cualquier conocimiento, personal u otro -en lo que al arte refiere-.

No pienso que  Chirbes se oponga a estas nociones, creo simplemente que su definición busca ilustrar otros conflictos. Yo tampoco negaré esas conveniencias pues de caer en ello, nuestro diálogo sería subyugado por un simple desacuerdo de términos, y este tipo de conflictos son los que no se resuelven. Lo digo honestamente.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: