Los propios dioses

12 Ago

No siempre se cumple la igualdad de que lo cierto es bello, sin duda uno pude justificar una reflexión así desde el seno del arte que crearía mucho de su mérito en la ficción. La ficción que es mentira y cuyo valor de mentira es un verdadero valor. Me he cansado oyendo apologías de como el arte literario no miente, pues mentir, en su conotación de pecado, no se considera valor libre de la divina literatura. Helas, la ciencia de la ficción puede entrever una realidad más compleja que esto, simple y sencillamente que la mentira no es siempre un faux pas social, o que no se trata sencillamente de un gesto superficial. La mentira es una elección metafísica, es artera y precisa, no requiere justificaciones moralizadoras para realizar su propio valor. El futuro también es una mentira, y por supuesto, ninguna mentira es el futuro.

Entonces el problema está que en la verdad no está necesariamente la estética, que las religiones han creado acaso más adornos que verdades en el mundo, aunque admitamos la voluntad sincera de discernir la verdad en esta. No hay forma y fondo, todo es una misma maraña. El hombre ha querido siempre que la verdad sea un gesto hermoso para poder compartirla con amor, la ciencia del arte reside en esta voluntad feliz. ¿Qué es mejor que una verdad que es hermosa? Probablemente que la verdad sea cierta, y en esto reside parte de la elegancia de su propósito. Si lo bueno es bello, lo malo trata de ser bello también para emparentársele; así la verdad necesita adornarse de mentiras para encontrar su justo valor: no hay realidad en la geometría que conjuga nuestro universo -no hay círculos en ninguna parte-, pero hay sin duda muchas bellezas y sin estas es imposible abarcar con nuestro mundo el pensamiento. Porque lo bello es aquello que puede ser digerido por nosotros, y lo horripilante lo que ni siquiera podemos mirar; Borges hizo algún cuento -creo que tres versiones de Judas-, concibiendo a un Dios cristiano humillado y púdico, de ahí su deseo de no ser visto.

No necesitamos ni idealizar a la verdad ni volverla brutalmente física para que esta reflexión guarde algo de su validez, me parece que en el fondo la literatura moderna tira conclusiones similares a las mías. Decir lo evidente, volver de lo que es cotidiano una búsqueda de todos los días, es obsesionarse con la verdad. Pongo un ejemplo moralizador: el matrimonio de amor. Sabemos que los matrimonios arreglados no pertenecen al imaginario “occidental”, no forman parte de sus valores y se figuran atroces. Escribir una apología por el matrimonio de amor, que es un valor moralmente predominante, resulta un ejercicio intelectual gastado. Por supuesto, se puede conseguir revolucionar el pensamiento de esta idea por mil méritos, mas partimos desde una suposición terrible de que desempeñaremos un papel de descriptores de la verdad, de una autoexplicación de nuestros puntos de vista. Algo de políticamente correcto y de excesivamente convencional que adolece de no poseer más un gusto estético. Tan inmediato y lógico resulta que no podemos verlo.

No hay literatura más tóxica que aquella que es necesaria, porque pierde su valor de literatura y se vuelve otra cosa: una suerte de libro divino, una crónica histórica, u otro objeto. Al que llamamos intelectual comunmente es en verdad una suerte de esteta, aquel que distribuye los méritos no a las ideas que se expresan a través del discurso sino a la belleza que pueden poseer, a su existencia como ficción. Se explica pues que no se esté más cerca o más lejos de develar el universo por una medida simple de inteligencia: la capacidad de abstraer no nos acerca en ningún modo a la realidad, sencillamente nos plantea ficciones intrincadas para redescubrirla. Por esto veremos que los conformistas o conservadores del pensamiento son menos aplaudidos que los provocadores: confundimos una verdad válida con un gesto bello. Desconozco si podemos decir que la inteligencia acerca a lo cierto, me consuelo en saber que no nos aleja tampoco.

La convicción y el partidismo siempre se asimilarán a una falta de ingenio, nuestro propósito de inteligencia no es el por-siempre ni el hoy, es el cambio. La condición de la absoluta imposibilidad es cotidiana, nuestra suerte mortal es una balada de inciertos que se moja en el plano de lugares comunes que somos incapaces de ver. Se muere con frecuencia de regreso a casa y en caminos conocidos. El intelecto muere igual así, estrellándose con una verdad que acaso ya no es capaz de encontrar.

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