Sujetando el clima

5 Ago

Escuché en las noticias que cada vez más gente se abona a la información meteorológica. Hay un pequeño servicio para el celular, donde a uno lo informa de si llueve o no, si nieva o no. El incremento de este mercado al principio me sorprendió y luego caí en cuenta de que no habría de sorprenderme. Ignoremos la comodidad prestada al alcance del teléfono portatil -portador de polémicas a merito propio-, pensemos más bien en lo que dicha comodidad puede significar.

Porque podemos decir que saber el clima sirve para nada o muy pocos. No creo que el aumento sea por una emigración masiva a las zonas rurales donde la vida se juega por sequías o heladas. Pienso más bien en el control. Un control conjetural e inexistente. Pienso en la conjetura y entiendo que en esas presuposiciones se juega el valor oculto de todo nuestro lenguaje, el valor o el problema. Trabajamos sobre supuestos, y aparentemente, la gente está dispuesta a pagar por los supuestos de otras personas.

Y digo que no me extraña pues meses antes las mismas noticias avalaban el ascenso de las religiones sectarias, gurús y otros trabajadores de lo invisible. Característico de lo invisible es ser especulable. Lo concreto, ilusoriamente nos parece común, si bien podemos quererlo aparente, presupuesto, desvanecedor -no nos desviemos-. La dimensión resolutora de los que ejercen la tradición mística -pretendida o por convicción-, se extiende a problemas mucho más elaborados y más o menos igual de ficticios que el clima del mañana. Se quiere también adivinar el futuro y resolver literalmente, todos los problemas. ¿No es esto la naturaleza del control? ¿una suerte de síntoma sobre cuan asustados viven los hombres a caer en el caos?

Ahora, no es precisamente lo mismo. Un creyente lo tiene todo a la mano, incluso lo que no está; el meteorólogo se juega a las probabilidades y su propósito es casi siempre banal: No quiero mojarme, quiero preparar una fiesta etc. Y si uno se pone a pensar, no tiene mucho sentido. O sea, si creyera ciegamente en el control, si dicha voluntad se hallase en mis inclinaciones, me parecería natural querer controlarlo todo. O tal vez precisamente temería tener el control y por eso se lo doy a la figura seudo-religiosa; en fin, nos entendemos, la elección no puede ser arbitraria. Estos dos obsesivos son diferentes.

Porque precisamente, la manera de enfrentar el futuro de uno y otro, dista de la identidad. Unos de cierto modo desconfían y temen al futuro, mientras que los otros se maravillan. Quienes más temen, consideran al futuro un mínimo manejable, en el detalle; pues al minimizarlo de este modo, se vuelte tanto menos agresivo. Los que se místifican por el futuro, van a quererlo enorme, sin proporción, justo como la justicia misma. Y una convicción nos parece escéptica y otra creyente, cuando ambas simplemente son especulativas.

Muchas veces he llegado a una posición de inquietud al encarar una posibilidad respecto a este fenómeno que discutimos -el control-, al reconocerlo de algún modo, estético. Pienso que tanto quienes temen y quienes gozan la especulación, encuentran en ambas actividades una suerte de belleza. Tener el atino de escuchar una profecía bien lograda genera el placer de un matemático que resuelve un problema. El control, para ciertas personas es bonito. Y por esto creyentes y escépticos gozarían tener razón, simplemente por gusto al placer. La convicción de la verdad dentro del mundo invisible y meteorológico no tiene más relevancia que una consecuencia argumental. Si especulamos es que queremos sentirnos bien, con nosotros mismos. De ahí la economía. No bastan los bienes, se requiere forzosamente que los bienes nos hagan bien.

Deploro esta pasión por el control, adolece a mi parecer de una posición tímida, de cierta implicación espectadora con lo que respecta al futuro y lo deseado. Porque en este asunto, no es uno el que tiene el control, uno siente el control simultáneamente mientras es controlado. La evidencia es que no se construye a sí mismo como una víctima de las circunstancias, como el objeto de la acción de otros, del mundo, de un objeto impersonal. Y esto se le puede criticar a la sicología -que produjo esta teoría del control-, tanta victimización de los hombres por sus traumas, manipulables como títeres por el oleaje del destino.

No puedo probablemente pensar, que tantas ensoñaciones puedan pensarse objetivas y considerarse ciencia. No es tampoco, se entiende, la estética que profeso.

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