Muros y senderos

2 Ago

Los laberintos de la literatura son verdaderos y las personas son sus paredes. Las mercantiles exigencias editoriales, por ejemplo, remiten a un a priori, no queremos esta literatura, nuestra estrategia de venta -lo que creemos que vende-, es esto otro. Y hay un compromiso. En disgustos se conciben géneros. Dígase lo que se diga de estas políticas, no son barreras invisibles y abstractas concebidas por un modelo de marketing rígido y predefinido, sino la decisión de algún hombre, pues pasa que solo los animales toman decisiones, y el hombre es el más animal para esto. Además, la palabra política en sí ya reivindica la peuplización del tema que tratamos, una suerte de manera discurtiva que vuelve un asunto humanotendiente.

Nota mental: Utilizar menos neologismos.

¿Conoce usted a Ricardo Piglia?

Aquí presento una bifurcación, o podríamos conocerlo y se acabó el asunto, o podríamos no conocerlo e interrogarnos -de inmediato, sin quererlo, como consecuencia presupuesta de la pregunta- quién será este Piglia. Ahora, no nos faltarán ejemplos de razonamiento laberíntico en el camino, de obstrucciones absolutas que postulamos sin decir ni sugerir. La pregunta que formulé es un pasaje, mas puede ser una distracción por un montón de cosas -hablar de Piglia en vez de su obra, en vez de alguien más, etc.-, o puede derivar en caminos incomprensibles -¿qué es conocer? ¿qué es ser? ¿de dónde viene la palabra Piglia?-, que no son, a mí entender, menos laberínticos, pues tanto los muros como las bifurcaciones, como las trampas progresivas se nos figuran propias del laberinto. El lenguaje es un laberinto sisentelante. Esto es extenso y no quiero hablar del laberinto en su extensión, sino del camino concreto qué propongo: ¿Conoce usted a Ricardo Piglia?

Yo lo conocí durante un curso de literatura -nada más y nada menos- en la Universidad de Buenos Aires donde estudié brevemente, mientras Panesi discurría en un análisis literario, y yo, como de costumbre, pasaba mi tiempo más bien escribiendo. Más precisamente, yo lo conocía al tiempo que un joven alumno trataba de comprender este muro crítico del que he hablado, trataba de entender cómo en vida, Borges fue mal apreciado y cómo la posición crítica en su respecto -pensabe el muchacho, por tratarse de un Argentino y de la crítica bien entendidamente argentina-, había lentamente comenzado a ceder a la imponente obra labrada durante un siglo. Y diciendo, muy concretamente, que si había dos tipos de escritor argentino, dos escuelas de crítica, una para Borges y otra para Arlt, entonces entre esos discursos se iban dicerniendo sombras que iban a juzgarse con la mentalidad maliciosa de estos críticos ya cimentados en el prejuicio, cuya necedad los impediría cambiar o moverse para recibir a justo precio, otra obra de peso importante. Y que si había un escritor contemporáneo discutido frecuentemente en los círculos que hablaban sobre Borges, y cuya obra sin duda -para el joven- estaba ganando relevancia y probablemente prosperaría, esa debía ser la de Ricardo Piglia. Piglia sería pues, una suerte de Borges.

Ahora, tal afirmación -de la cual el propio Piglia y yo mismo nos burlaríamos- fue deshechada rápidamente por Panesi. Casi diciendo “ese es otra cosa”, o más bien, a Piglia no le hemos hecho injusticias, estamos en este momento, viéndolo más o menos como lo que es, como un autor que si bien no es del montón, no llega tampoco a ser una eminencia que construya campos enfrentados en torno a su obra, o tal vez, que técnicamente era un escritor y un crítico apreciable solo que no tiene una obra escrita para perdurar. El problema, pudo responder Panesi, es esa falta de obra. Aunque la respuesta que comunicaba tanto, fue casi un silencio, dos palabras o una, o tal vez ninguna; pero comprendí ese conjunto de posibilidades presentadas por la viva voz del profesor, que acaso no hubieran podido expresarse por el mismo discurso escrito en ausencia de su mirada, sus gestos, su deferencia hacia el muchacho, su prisa por completar su clase, etc. etc.

No digo que el camino hacia la discusión de Piglia no exista, pudo explicar Panesi, es que iremos a esta otra dirección.

Yo por mi parte no conozco a Piglia. No hubiera tenido sentido -lo habrá entendido usted desde el principio- escribir de la manera que lo he hecho si tuviera alguna lectura válida que pudiera darle a ese autor. Este camino solo puede tomarse, si no se ha tomado otro, solo puede interrogarse genuinamente sobre Piglia -o sobre Uhart, o Lampedusa- el que no lo conoce. La pregunta por lo tanto, no es vana, y puede repetirse, y reflexionarse genuinamente en ella.

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