Infierno

18 Jul

Primeramente me permito aclarar que no he dejado de manera formal o informal la intención de continuar con este blog, ya que mencioné hace tiempo -y sobre aviso el engaño es menor- que mis semanas deparan cierta irregularidad de trabajo. Estas irregularidades seguirán esta semana sucesiva, pero en toda verosimilitud mi presencia en el blog será mayor -si bien en foros o en el resto de la blogósfera he de estar algo ausente-.

Ahora, de entrada al tema de hoy: El paraíso. Creo que la ascepción de la palabra no carece de alguna inclinación a lo religioso o sublime, quiero pensar que puede ignorarse la parte legal. Porque el paraíso, si bien entiendo, es cuestión de curiosos debates y deducciones que muestran a la ignorancia ilimitada que con él justificamos. Discutir el paraíso va a ser una competencia de quién tiene la definición más grande: Una verdadera pena.

Pero entonces habría que admitir que el paraíso es un objeto de discurso, que en nuestros sentidos solo existe en la definición. No tenemos propiamente un paraíso, más bien lo construímos. El lenguaje, como todo el resto de nuestras experiencias, se tranforma insensiblemente. Entonces en cierto sentido, vamos constituyendo un paraíso a fuerza de experiencias, a fuerza de pequeños momentos en que aprendemos a querer cosas que acaso ignorábamos.

Aunque esto es falso. Reducir la experiencia sublime del paraíso a una argumentación meramente temporal es un proceder errado por más de un motivo. Los paraísos religiosos acumularon esta noción de eternidad para servirse precisamente de un método sensible, que intenta no definir, ni justificar, es una descripción trunca. Entender el paraíso no se presiente una meta argumental o racional, supone más bien la dirección sensible, aquella que sí puede dar cuenta de lo sublime. De tal forma que la aparente contradicción impuesta por la eternidad -la idea de que cualquier paraíso terminaría por aburrirnos-, no debe interpretarse como un objeto verbal argumentable, sino en la sensación que dicha analogía sabe ejercer para confortarnos y motivarnos.

Desde el punto de vista retórico el artificio no puede ser más mundano. Si creemos que la libertad es un valor sublime es que vamos a asesinar pueblos para ganar una vaga medida de libertad, y por ende, debe ser algo tan bueno que justifique una acción atróz. Si el paraíso es superlativo no es por naturaleza propia, sino un modo de hacernos desear conseguirlo, y no existe superlativo más típico que lo eterno y trascendente. No es fundamental que el paraíso sea eterno, pero dicha eternidad nos lo vuelve accesible, nos hace vivirlo sin que estemos en él.

Luego hay que reconocer al paraíso como un objeto vivido o vivible, tal noción, me parece, juega contra varias definiciones que del objeto se hacen. El dilema es que uno no conjetura en verdad cuando supone sensaciones que no se han tenido, este tipo de discurso es caricatural. Para que el lenguaje reconozca un paraíso experimentable, tendría que estar ya en nuestra experiencia, ser una suerte de paraíso perdido. Digo bien, perdido pues el mundo, tan sufrible y poco divino como nos parece, rara vez se figura paradisiaco.

O bien, si es posible discutir un paraíso verdadero -lo que estamos tratando de hacer-, habría que suponerlo existente, acaso escaso. Un lugar que tal vez precisamente por su escacez* se nos presente valioso, acaso un sitio que construímos solo en ciertos escasos momentos en que relajamos nuestro aparato de vivir, y nos inclinamos por sentir cosas tanto fuera y dentro de nosotros que de otra forma solo están. Tal vez el paraíso está realmente en la memoria y es algo que a la vez sentimos y creamos.

Finalmente, podemos concebir un paraíso que sencillamente fuera incapaz de compartirse, que fuese tan nuestro que las palabras no lograran efectivamente comunicarlo, que existiera para ser vivido. En ello vislumbramos un elemento que suele hallarse en los paraísos y nos parece adecuado para lo expuesto hasta ahora: La fe. El paraíso existe cuando se cree en él -y hasta ese momento, puede ser simplemente un lugar bonito-.

*- Muy contrario a la noción de eternidad, pero no es raro, el lenguaje frecuentemente transforma un sentido en su antónimo por simple trabajo de ironía -el ejemplo que se me ocurre es francés, la palabra terrible quiere decir excelente-.  Por otro lado, desde un punto de vista filosófico contraponer lo eterno a lo instantáneo remite a teorías que no son tan remotas, dado que nosotros no vivimos ningún momento en toda su intensidad, y que en el recuerdo lo transformamos, vivir un momento completamente no es una expresión menos fantástica que la eternidad misma, por lo que algún teólogo ha igualado el paraíso con la experiencia concreta, instantánea y eterna de la vida.

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