El árbol del bien

1 Jul

La historia de la literatura es como una lámpara que permite estudiar los movimientos y excepcionalidades del escritor leído en su contexto, tanto puede sonarnos vano mas es comienzo para un estudio menos erudito. El movimiento del naturalismo con sus tantos detractores actualmente, fue bastante importante a principios de siglo XX y finales del XIX, se sabe además que tocó España.

Unamuno era uno de los que se oponía al fundamento realista, de que los cuadros de sociedad construían la historia y al personaje. El concepto de realismo tiene un problema técnico bastante esencial, vuelve a cierto tipo de relatos efectivamente predecible. El naturalismo lleva más lejos este asunto, haciendo que el final sea por fuerza biológica algo malo.

La introducción es en parte para considerar a Pío Baroja dentro de estos cánones naturalistas, de pensar que El árbol de la ciencia contiene en parte esta idea de cuadro y esta fatalidad, cosas que en dicho caso no pueden limitarse a la forma. Baroja se escucha sencillamente como un fatalista, como alguien que ha suficientes cosas para ver en el esquema trágico alguna convicción. Lo va a apartar de los españoles de esta escuela, su genuino intento por una producción propia, su amplia superación del paradigma imitador que suele llegar a los países europeos que no desarrollan tecnología literaria a gran velocidad -entre los cuales, el siglo pasado, hallamos a España-.

Un elemento que pienso siempre presente para discutir en esta obra es su facilidad de lectura y su inmensa economía. Economía en la frase, economía en el parrafo. Lectura de capítulos que resulta la envidia de un libro de cuentos cortos. Es un libro muy portatil para leer a ratos, con un concepto de autocontención por capítulo que se sostiene bastante bien. Esto, insisto, es muy importante en el contexto del realismo. Si uno comienza a leer obras naturalistas puede sufrir de una falta de dirección, de un gusto por el exceso de descripciones en los cuadros, en general, de una falsa profundidad, de una evidencia. La economía providencial para un autor esencialmente realista, tiene algo de ingenioso. El ya mencionado Unamuno tenía también, en su narrativa, una manera bastante corta, y lo hace de tal manera que -él mismo insiste- no es contenido en el realismo decimonónico. Baroja no hace olas sobre esta curiosa elección, se mantiene en ella con eficiencia digna de su propia escritura.

El protagonista del árbol de la ciencia, es un moralista e ingenioso, mas no nos resulta muy empático. Finalmente, es un personaje algo idealista y un poco romántico, en el universo del realismo es una víctima como Madame Bovary, alguien condenado a fracasar. En nuestra cultura moderna, no entendemos del todo los castigos auto-impuestos por el personaje, su especie de moral nihilista que muestra todas las grietas de esa misma definición. Desarrolla en nosotros un sobrio respeto, mas su actitud de estar encima de todo y su sumisión final al sistema, termina por hacerlo lucir exterior y ajeno. Baroja va a ser materialista y vaciar un poco a Andrés de rasgos evidentes de sicología, el resultado es una apuesta nihilista que se nos figura exterior a la novela, mas es finalmente interesante.

Hay violencia sicológica en la novela, pero contrario al caso de Crimen y castigo, uno no la sufre e primera mano, se nos halla distante, e incomprensible, sin volverse un caso satírico como el de Emma en Flaubert. El texto no releva sino apenas el humor más agrio, y combinado con lo anterior, me parece un firme desertor del realismo clásico y de la novela española en general. Hay muy pocos textos salidos de la península que logren mantener la solemnidad y la seriedad, sin inclinarse por la grosera imitación de textos extranjeros. Hay periferia en las letras españolas, y parte de ella se expresa por descreer de las fórmulas filosóficas convencionales y permitir la entrada a un volúmen importante de caos en el recito. Baroja no va por ese lado, mas la dirección que toma está muy bien tomada.

En un texto plagado de personajes fugaces y que no causan afecto, Baroja introduce una pequeña gema en el personaje de Lulu. Hay un idealismo trunco que trabaja en él, como en pocos personajes femeninos dentro de la literatura que conozco. Entiendo que ningún otro personaje, sin contar el protagonista, dirige y moldea el texto tanto como aquel. No puedo decir que sea un personaje nuevo, ni que logre aproximarse a la visión genuina de una mujer sin quedarse en el exterior, mas la propuesta contiene algo interesante, es posbile que el personaje de Lulu sea el único que nos gane de los presentes, por y a pesar de ese estado de particularidad.

Dicho a modo de insulto: El árbol de la ciencia es un texto tan bien escrito que uno no lo creería español. Dicho sinceramente: Es un buen texto.

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