Sobre la escritura masiva

29 Jun

Ya varias veces he referido a un tipo de escritura emocional, comprendido en el sentido de aquella que busca causar emociones. Tambien he mencionado -por desatino y falta de creatividad- que el arte busca transformarse en experiencia vivida. Y paradoxalmente, la manipulación de sentimientos esta, yo diría, en la periferia de lo que no es arte.

Antes que nada, trataré de explayarme sobre los efectos emocionales que refiero, hablo de aquellos que se producen en las escuelas superiores de guionista, enunciados a forma de regla general para compatizar y seducir a un espectador cualquiera. Se utilizan, por supuesto, fórmulas literarias que pueden mantenerse validas en cualquier obra: Evitar los efectos deus ex machina, los misterios irresolubles y el empleo de personajes idealizados -tipo Mary Sue-. Esto no puedo desacralizarlo pues un debutante o incluso un profesional*, debe inclinarse a evitar estas fáciles salidas.

Se enseña, por pura practicidad a manipular, a generar el pathos o la emoción, como del mismo modo a relatar las escenas de acción y diálogo con determinada carencia. Estos sistemas, estas fórmulas literarias -que están destinadas a fallar de un punto de vista estético, pues son formulaicas, mas dirigidas a vigilar una realidad del objeto lengaje, una realidad que es tan tangible que incluso un listado de órdenes puede reproducir-, se emplean a troche y moche en los libros best-seller, o en el cine comercial -incluído, prominencialmente, el documental-. Casi los puede ligar uno, a la literatura secundaria.

¿Por qué?

*- Por referir a alguno, pienso en el personaje de la Maga, que tiene cierto timbre ideal en el concepto humano que se maneja dentro de Rayuela. La crítica no es mía, fue mencionada al pasar en la primera edición comentada de Rayuela en Catedra -también me puedo permitir savantismos gratuitos, pongo yo las reglas-.

La pregunta es justa, pues si queremos causar una emoción, cualquier método que lo logre tiene cierto principio de literaturidad, Bretch va a discutir que precisamente en esta esfera de la ilusión, la emoción va a suprimir un principio de mirada crítica en el espectador, lo que de cierto modo vanaliza la emoción producida. Aparentemente, para Bretch, la ficción no hace sino deshumanizar las sensaciones humanas, vender, sin más producir, bonitos sentimientos a la forma en que se vende un cigarrillo. La literatura de la emoción se nos ha vuelto un producto.

Ya vislumbra sin duda usted, mi propia crítica al proceso de regularización de la figura emocional en este tipo de producción que se aproxima a lo popular. La ausencia de mirada crítica, la ausencia de lectura. Porque si tenemos un objeto que conmoverá al lector pues está hecho para conmover, hablamos también de un objeto que ha decidido ya disputar su existencia precisamente a aquel único logro, borrando la importancia de la subjetividad y del lector mismo en dicho objeto. La seducción por medio de la escritura, puede no ser simple, pero sacrifica uno de los principios funcionales del arte: La reproducción de la lectura.

No son razones excluyentes, uno puede emplear el pathos y producir un pensamiento, si fuese de otro modo, la tragedia no tendría un pelo de artístico. También se juega un valor importante en la distribución estética que uno emplee, creo que la escritura masificada a la que me refiere, funciona particularmente desde un punto de vista narratológico, o sea que de cierto modo excluye la evaluación estética. Pensemos por ejemplo en qué pasaría si en la novela, los personajes principales fuesen grotescos insectos gigantes, sabemos que la emoción no pasaría inadulterada -entenderíamos tal vez algún tinte satírico-.

Abordo el tema de la escritura masiva, que se da mucho en los guiones, sin afán de lanzar un zarpazo al arte popular. Los dos objetos pueden parecer próximos, mas se juegan sus valores en muy diversos ejercicios de ingenio; el arte popular responde a sus fórmulas, pero corresponde a una verdadera búsqueda estética que suele ser bastante intrincada si uno se pone a investigarla. La estética tiene un peso enorme en lo popular y de cierta forma se distingue de la producción masiva.

Tengo un ejemplo que sonará cazurro para mis más ecléticos lectores, mas me parece adecuado señalarlo. Tenemos esta serie de películas conocidas como Final Destiny, las cuales responden al molde de la película comercial de terror, con el empleo de fórmulas del miedo -o sobre-salto, o risa-. El principio tiene algo de ingenioso, no se tiene asesino en serie ni raza extraterrestre, ni problema sicológico complejo, sino que el villano de la serie es la muerte misma. Pero la muerte se manifiesta en accidentes elaborados y francamente ridículos. Esta combinación de improbabilidad, con invisibilidad -la muerte jamás aparece, solo se presenta como una concatenación de eventos improbables-, devuelve al género terror un dejo de originalidad, mas ante todo una verdadera razón estética. Verán, aunque la serie responda a un modelo absurdo el concepto tiene verdad mítica: El hombre moderno le teme a un peligro que lo asecha siempre invisible, le teme al azar/futuro mismo, espera ser erradicado por algo interior que se manifieste afuera, se siente amenazado por lo accidental, por lo incorporeo. Serán películas churrísimas, pero si se han vuelto de culto es que han tocado la fibra de lo que diferencia la escritura masiva del arte popular: El poder de la estética, el humor y el mito.

Entonces, no vamos a censurar de inmediato la escritura formulaica, creo que eso simplemente es responder a prejuicios academicones que no acomodan cuando sinceramente se busca encontrar un estado de arte. En sí la fórmula, me parece, no sale del arte. Las injurias y los insultos suelen causar incomodidad e ira, son discursos muy reproducibles, mas no contienen en sí al arte. Puede haber un arte de la injuria. Mas no sería cualquier discurso ¿o sí? tendría que hallarse en el estado de excepción, que se produzca de la formula pero se eleve, o inventar su nuevo propósito, erudito o popular, en un motivo sensible.

Entiendo que interroga un poco sobre el estado de arte. La respuesta a eso, me parece, corresponde atinadamente al lector.

(A usted)

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