Palabra válida

26 Jun

Por cuestiones personales se me va a complicar escribir con el rigor diario de los meses pasados, no me he decidido aún a fijar un ritmo mas bajo pues voy a tener algún rato en la computadora y puede ser -quién sabe- que pueda continuar la escritura.

Recientemente me he interrogado el por qué del hecho de que escribir sobre literatura incluye muchos temas dejados por la literatura. Podría venir, supongo, de una creencia fundamental que supone que aquello no dicho está implícito en todo lo literario, tanto más o igual que lo que uno propone escribir. Esto no es del todo falso, mas sigue pareciéndome una verdad romántica de la platitud que la búsqueda del vacío literario representa.

A veces supongo que la literatura sencillamente no basta. No trato de introducir variables históricas y hablar de fenómenos como el barroco o la muerte de la novela. Probablemente el texto siempre haya estado fundado sobre una base de carencias y el argumento de cualquier literato es conformar una obra argumental que pueda disimular o exponer dichas carencias, como dolorosas cicatrices en cada ruptura -esto lo proponía Claude Simon-.

Hay que extender esto en muchos sentidos, tanto en los temas que la literatura no trata, como los gestos que no usa, así como sencillamente lo que no se incluye en su enunciación. El valor semántico de las cosas pertenece a un sistema externo a la palabra, lo que implica su constante reevaluación con los otros términos de este sistema. El discurso se encuentra pues, en constante desequilibrio, en riesgo de cuartear su validez no por una debilidad sino por una consiencia propia, como si al separarse del silencio, al encontrar ese orden, tuviera que dar cuenta de aquellos fragmentos que han quedado.

Los antiguos concibieron argumentos para explorar sus impresiones metafísicas, y se ha repetido bastante que con ello trataban de complementar lo incomprensible en sus impresiones -vease, lo no-dicho o lo indecible-. Solo que la metafísica se comporta de abstracciones y estas mismas, se quieren construir por el lenguaje, al menos esto es lo que se practica hoy por hoy. Pareciera mas bien, que la historia no busca aclarar la metafísica, sino que ésta queda del todo claro y que lo misterioso e inexplicable toma forma de historia. Pensándolo así, la teología se nos figura algún método argumentativo para evaluar sobre una historia, no sobre las premisas de esta que podrían haber sido, sin malicia, los argumentos detrás de su discusión moral, pero una buena historia sobrepasa la moralidad con que fue creada y mantiene abierta una constante interrogación.

La forma en que pensamos, quiere localizar fácilmente el momento en el que la palabra entra en nuestro circuito de pensamiento, evidente debería resultar que no es una vez, ni el orden suena fijo, o que incluso uno podría suponer que no hay distinción entre el pensamiento argumental y la sensación misma por lo que dividir sus funciones resultaría simplemente un proceso argumental -y nos remitiría al mismo argumento que estamos haciendo, muchas pero muchas veces, la palabra se remite a sí misma*-.

La cuestión se mantiene: ¿No es imposible remitir a todo lo que es capaz de rodear la literatura? ¿no estaríamos en un círculo casi infinito? Admitiríamos pues que la puesta-en-discurso nos remitiría siempre a un número más o menos redundante de problemas. Y aunque esta redundancia pueda ser impredecible, o multifacética, uno de nuestros objetivos es tratar de encontrarla en alguna medida y por lo menos tener cuenta de la realidad.

*- Ya algún día, si vida nos queda, estudiaremos como esta característica es una de las más esenciales que los lenguajes no pueden escapar.

Si uno piensa, tal vez, que el objeto del lenguaje es infinito -o lo que es más común: que es infinitamente ilimitado-, la traducción de la palabra, el arte que usamos y tratamos de conocer como literatura, solo puede reconocerse como racionalmente vano. No porque la búsqueda no bastanse como meta efectiva, sino simplemente porque no habría tal búsqueda, porque sin el desdoble hacia las cosas que no son, ni siquiera se puede efectuar un lenguaje. La experiencia, que es el fantasma de la forma y la palabra, se presupone en todo lo dicho y lo por decir, no es lo hipotético, sino un aspecto real de la palabra que si se negase, en verdad borraría lo que la búsqueda puede llegar a ser.

¿Hay discurso que pueda abolirla? Probalemente no. Lo que nosotros buscaríamos sería aquel que la valide.

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