Plasmaciones

25 Jun

Antes de entrar en la discusión inevitable de la historieta, vale la pena recordar algunas bases de la relación imagen y palabra.

Hay muchas maneras de abordar este concepto, concretamente, voy a hablar de la imagen física en la literatura física, entiéndase, el libro que alterna con ilustraciones. Entiendo que las ilustraciones sufren el perjuicio de muchos tipos de lectores, aquellos que mantienen el mito de que la noción de texto puro se liga a la literatura de calidad. Esto sufre de bases muy inconsistentes y ha sido atacado con frecuencia durante el siglo XX, aunque el uso generalizado de la imagen -por razones que mencionaremos-, esté lejos de ser la norma hoy en día.

Los problemas que se relevan de la ilustración son múltiples, y parten casi de la pregunta de la esencia ilustración (¿qué ilustración -qué ilustrar-?). No hay una relación entre imagen y texto, este diálogo es muy rico. Uno de los primeros dilemas que tenemos es que al interior de un libro, es por demás genérico esperar que la ilustración esté subordonada al texto, que la palabra importe mas. Voy a sostener que este punto de vista es dominante para tratar de explicarlo, pues creo que responderá correctamente muchos errorres que pueden surgir al juzgar nuestro tema.

Ilustración y texto no son objetos que puedan reemplazar el uno al otro, su manera de ser entendidos es fundamentalmente muy diferente. Dije antes que la vista es una seductora más poderosa que la palabra, pienso que de ahí procede el nacimiento -o mejor dicho, renacimiento de la ilustración, la pintura antecede a la palabra-. Mientras que el niño entiende y adora la dimensión ilustrativa de la imagen contra la abstracción del texto, el adulto suele opinar que una imagen requiere explicación. Aunque no sean literatura, una pintura se nos figura mejor con una pequeña nota descriptiva. De cierta forma el fenómeno que hallamos es que el código para comprender lo visual nos es menos cotidiano, y por lo tanto hostil. La comunicación se nos vuelve fundamentalmente discursiva.

Y sin embargo, la ilustración sigue siendo bella, añade a todo sitio donde se emplea un cierto carácter ornamental. Un libro si tiene el potencial de volverse más bello añadiendo imágenes, y encuentro que esta lógica es la que persiguieron los editores de aquella versión del Quijote con litografías de Dalí. Esta visión estética del elemento visual no ha vuelto generalizado el empleo, y diré que parte del asunto es una cuestión económica. Otra es la noción de desinterés, la lectura cerrada que se tiene al abordar una obra y esperar solo encontrarse textos, casi pasar las imágenes saltando ¿hay algún ilustrador o autor que se sentiría halagado por ello?

En todo caso, no tenemos integrada una noción de unión funcional entre la imagen y el texto, podemos por ejemplo, concebir una imagen que ayude a clarificar el sentido de un libro, o un texto que explique una imagen, o incluso que se complementen, pero, ¿tiene que haber una relación solo en el significado? Entendemos de inmediato que parte del encanto de la imagen es su naturaleza sensorial, que se nos figura enigmática, es tanto más rica en su indefinición que en su puro uso protésico respecto al texto. La ilustración puede bien haber pasado de moda porque nunca se le valoró de una manera independiente al sentido -donde el texto se precia casi siempre, por razones que me escapan, la noción de sentido*-.

*- Opuesto inmediatamente a su plural, sentidos.

Ahora bien, hay un par de razones técnicas -además del precio- que limitan la producción de ilustraciones. Primeramente, la actividad solitaria que presupone la escritura y la conversación creativa que requiere el buen empleo de la imagen. Si hablamos de trazos, no siempre es fácil conjugar pintor y autor en la misma persona. Aquí será algún complejo de inferioridad o un recelo profesional, pero el autor no quiere arriesgarse al terreno de los lienzos. Existen naturalmente contraejemplos -se me ocurre Henri Michaux-, mas por lo general hay pobreza en el propósito visual de un autor. Tal vez ya es suficiente que la pintura entre por sí misma en otra escala de valores y otro código simbólico para que cualquier escritor ose acercarse a ella.

Mario Bellatín va a utilizar la fotografía como método de exploración de la imagen. Hay un juego de humor, de confusión de sentidos y de discurso sobre entendido que hace que la imagen aquí se vuelva un objeto perfectamente equipado para la novela moderna. Creo que lo más sorprendente se trata de la concretización que la ficción sufre por medio de esta puesta en escena del texto, por esta caracterización.

Ahora pienso que la analogía no es arbitraria, la ilustración puede parecerse, en muchos sentidos a la puesta en escena de un texto teatral. Uno no discutiría que el teatro en escena carece de valor frente al texto, ¿es normal tanto escépticismo frente a la imagen?

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