La promesa

23 Jun

El acto de prometer definitivamente está ligado con la capacidad humana de abstraer los futuros posibles, que nosotros frecuentemente ligamos con la inteligencia. Pienso que es necesario atribuirle un cierto caracter imaginado, algo que corresponde estrictamente al dominio de la ficción, al menos en el sentido de la oportunidad. La promesa existe y es autónoma respecto al hecho de que se cumpla, solo que contempla en todo momento su concretización que puede ser constante en el tiempo y debe imaginarse en algún futuro -de otra forma, no tiene sentido-.

Aunque contemple siempre un porvenir, la promesa remite a más de un momento verbal. Se promete desde un hoy, en vista muy probablemente de un ayer, para un futuro. Se trata pues, de una garantía que no podemos verdaderamente proponer en la finitud de nuestra identidad, pues sabemos que en la vida un hombre se transforma varias ocasiones, y que la promesa no es sostenida estrictamente por la misma persona por quien fue enunciada. La promesa en este sentido cambia aunque no se transforma cómo fue dicha ni se cuestione su validez, a cada momento se reinventa en torno a un fondo cambiante entre aquellos elementos que la crearon. Como el arte, la promesa genera una vida propia interior y exterior.

Borges menciona alguna vez que la promesa tiene algo de inmortal. Podemos pensar que es uno de sus discursos que corresponden a la naturaleza del tiempo, mas una convicción intuitiva me lleva a pensar que todo se relaciona de nuevo con la materia ficticia que envuelve la posibilidad de un futuro, posiblemente, experto en la ficción, Borges nos sugiere un funcionamiento de la palabra, del discurso como posibilidad. De aquí que nos interese pensar en esta promesa eterna.

Si admitimos que el hombre se transforma durante toda su vida, se borra la noción de identidad. Recordemos que la unidad es ambos un fenómeno estético y una necesidad práctica. No se puede encerrar a Rodion Raskolnikov por asesinato si ha dejado de ser el hombre que perpetuó un brutal homicidio, no puede tampoco percibirse así la redención que tiene en la culpa. La noción de continuidad absoluta en una vida es mucho menos lineal que la conservación, muchas actividades son destructendientes. Luego, la propia secuencia es una hipótesis más o menos improbable y la promesa básicamente infundada.

Existe el dativo de nuestra promesa, aquel a quien prometemos. Debe resultar evidente que la identidad del susodicho es tan éterea como la propia, incluso cuando la promesa se efectúe hacia sí mismo. Se puede prometer a alguien o por alguien ausente, no carece este concepto de cierto valor imaginario y flotante pues el ausente es por definición quien no puede darse por concreto. ¿Dónde radicaría pues esta eternidad dentro de un sistema donde todo es fundamentalmente improbable, ficticio o pasajero?

La promesa siempre resulta sometida a un juicio de valor, y siempre responde si a una rigidez estoica con respecto a la espectativa futura. En la enunciación de la promesa siempre conviven el “a pesar de” y el “si nunca”, contra los cuales se alza una afirmación necia y consecuente. No somos nosotros, sino ella la que se opone al sinúmero de ficciones que el futuro puede deparar y que encara con certeza alguna realidad. Básicamente, el discurso es de la continuidad, su cumplimiento implícito, la única verdadera inclinación por un complimiento concreto. La promesa misma permite un momento inmóvil, una capacidad invariante que permite su propia enunciación. Una promesa para toda la vida es, solo en su valor de discurso, la identidad que puede responder por sí misma. La promesa se autogesta, lo que explica por qué se le adjudica a la figura de los divinos creadores.

¿Habrá seguido mi razonamiento Borges al decir que solo los dioses pueden prometer pues son inmortales? Finalmente, gestarse a sí mismo es la actividad primaria de cualquier divinidad, actuar en la autodefinición definitiva. Recordemos que la muerte para él y para nosotros, no es un concepto final, sino el que atraviesa la vida constantemente, la inmortalidad es por ende, eternidad. Dejamos constantes de ser constantes. Mi imagino, a veces, que el mensaje de Borges era el que menciono, acaso por que yo deduje lo mismo por mi lado, al decidir casarme.

Aunque por supuesto, lo que quisiera decir o no un muerto -cualquier muerto, usted, o yo-, no es lo importante; es el prometer y la entrega de dicha promesa en donde se reconoce la inmortalidad, y si llegamos a tenerla, hallaremos de algún modo lo que los antiguos consideraban Dios, que ciertamente falta un poco en nuestro tiempo. Hablo de la promesa  -nos falta morir menos, o por lo menos morir de mejores formas.

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