esto, esto, esto, esto…

19 Jun

Una de las incorporaciones al estilo que se han vuelto prácticamente generalizadas es evitar la repetición de la misma palabra.

No estoy inventando la rueda. Esta incorporación tan vanal debe provenir de un sencillo sentido de elegancia en la palabra, de un extrañamiento menor*, aplicable incluso a géneros poco artísticos. ¿De donde proviene y a qué se opone? Voy a especular al respecto, guardando la coherencia de nuestro género**, que es tratar de estimular el pensamiento en vez de postular una realidad.

Ahora, recordemos como veremos en el futuro, la importancia que la repetición tiene en los infantes y en la oralidad. No tratamos aquí de cualquier tipo de repetición: Estamos en una que se juega particularmente en la evidencia y la cacofonía, dos palabras iguales en secuencia son importantes por un lado, dentro de su evidencia, y por el otro, en su arbitrariedad. Notemos que nos estamos rigiendo en el concepto de la poesía, pues el fenómeno remite a la palabra en sí -no se limita por significados o contextos, sino lo contrario, se refiere al vocablo como elemento genérico, en su estado de abundancia-, en su sonoridad así como en su volúmen dentro de la frase. Reconocer una repetición vanal es reencontrarse con la palabra como objeto y esto nos representa alguna molestia. Creo que en la narrativa nos encontramos en una ruptura de la ilusión, en una materialidad que corrompe el curso de un recito. Y precisamente tenemos que considerar esta idea de curso al referirnos a un error tan casual como el doblón sencillo.

Dije en la primera entrada de este diario que trataría de explicarme sobre el error voluntario, que no puede considerarse propiamente un error sino una ruptura a un flujo ya establecido. En el lenguaje no tratamos propiamente con errores, sino con rupturas. La noción de error es semántica más que gramática o física, es un punto de vista; aquí estamos tratando con algo bastante más esencial, pues no podemos decir que en el habla hay error a menos de que le otorguemos también un fin –uno clásico es la comunicación, incluso en el arte-. La repetición va a funcionar como una controversia en el flujo normal de un texto bajo el supuesto de que su incursión es involuntaria e innecesaria. Repetir se nos figura una insistencia, un símbolo. Cuándo este está vacío genera la ruptura a la que nos referimos. Este “error” voluntario, permitiría que el doblón fuera ruptura y no fuera vacío.

Dos ejemplos ya mostrados que analizan profundamente nuestro fenómeno de doblón, y precisamente creo, demasiado analíticamente. Lo interesante de este rechazo a la repetición es que se juega en círculos más casuales que en el arte, pero que se trata de un valor eminentemente estético. No veo como explicar el rechazo si no es por la idea de belleza. Tomo el ejemplo jurídico o el matemático, donde el discurso se genera por una practicidad y una voluntad de claridad; ahí la repetición no solo se tolera sino incluso se busca, el sentido de las palabras quiere ser tan propio como sea posible al menos a la base. Lo estético parece corregir a lo práctico, pues es más sencillo usar el mismo término repetido que usar sinónimos o paráfrasis.

**- Me refiero al tipo de texto que están leyendo, que desatinadamente nombré la ventilación.

Y no obstante, una de mis reflexiones anteriores me refiere igualmente a una practicidad, o mejor dicho, a una práctica. Se requiere para emplear un discurso tan analógico, un dominio más completo del lenguaje; y si no me equivoco, una esfera que privilegia el corregir este tipo de doblones, es el laboral o el educativo. Las escuelas quieren probar la capacidad del alumno y es solo natural -en su torcido modo de abordar la educación- que exijan el empleo de un discurso académico, como solo ellas generan. En la esfera laboral, donde se suelen exigir convenciones abstractas y arbitrarias como usar corbatas, tenemos esta máscara adulta de pulcritud que mantener, y el error aunque superficial y mínimo, se nos figura una exposición al rídiculo. El notar el doblón es reconocer que vivimos siempre metidos a la prueba del que lee, reflejo de vivir en una sociedad que censura o al menos manipula el discurso social de manera notoria. Obvio, el literato está sometido también a un tipo de juicio.

Y aunque el doblón es fundamentalmente un objeto textual en su sentido más escrito, se exige su ausencia también en la oralidad. Admito que hay razones a favor y en contra de ello: Por un lado, la voz nos pide una insistencia constante al no permitir la revisión constante de los contenidos, entiendo completamente que un concepto hablado se diga tanto como sea posible para incrementar su presencia en una cátedra -del mismo modo deploro los términos fundamentales que aparecen una sola vez en cualquier pedagogía-; por el otro, la dimensión fluída del lenguaje, esa que repudia estéticamente la repetición, es mucho más visible al hablar. Para corregir el doblón a veces se incurre en otro tipo de repetición, como la frase hecha (“válgame la redundancia”), lo que yo creo, solo llega a acentuar la tolerancia de las insistencias en la viva voz.

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