Como el totem

13 Jun

Uno de mis intereses al abordar la dualidad hombre-bestia es desmitificar la excepcionalidad del hombre.

Esto nos suena a un propósito arbitrario, desde que el trabajo de los autores trata más de mitificar –contemplar en la densa formulación de un lenguaje que se preste a la imaginación-, que de deshacer algunos mitos. No es tanto así. El lector es un desmitificador, alguien que trata de descubrir la riqueza del lenguaje como el científico la del universo, el lector hace la función desmitificadora sin permanecer inocente en el encanto simple de la palabra. Debe principalmente sentir esa diferencia. Como el escritor es primero y antes que nada, lector; por supuesto que parte de su tarea es borrar el mito.

A lo que me refiero con la excepcionalidad del hombre es en actuar dentro de la dualidad del universo donde existe lo natural y lo artificial, como si esta división fuera algo claro. Muchos argumentos se han armado para concretizar esta división, y no nos interesa. Quiero, por el momento, alzar la hipótesis contraria, de que cualquier animal que tomase el lugar dominante del hombre, sería esencialmente como él, en todas sus relaciones con la naturaleza.

En el dominio de lo artificial tenemos elementos como los nano-materiales, la literatura y los robots; entidades existentes en parte, por la relación dialógica que tenemos en el universo. No voy a suponer que esta relación es esencialmente lo que nos define como raza particular, simplemente señalo que la artificialidad existe de facto, ante todo como consecuencia histórica. Si uno se lo piensa sinceramente, todas las razas animales forman parte de la excepción, no hay dos organismos que por función o carácter sean exactamente iguales. El hombre se concentra en esta diferencia y la emplea dentro de sí, supone que está lo suyo –lo humano-, y lo otro. Este es un proceso dialógico bastante sencillo, y es probable que las razas animales ya lo conciban así –funciona entre otras cosas, para respetar las características sexuales de la propia raza, y reproducirse con los individuos correctos para la perpetuación de la especie, el yo y el otro, existen dentro de un discurso de doble sentido-.

Ya vislumbra el lector que la sicología releva de este descubrimiento del animal. Todos los juicios humanos parecerían partir de reacciones fundamentales que podemos referir a comportamientos animales –el placer, el dolor, el miedo-, en esa instancia, nada de lo que existimos corresponde al dominio de la razón. La razón funciona, para nosotros, como el símbolo que esconde esa relación muda, por medio de una función de lenguaje que nos relaciona con el universo. No hay un nosotros y un ellos distinto en el universo, si no es por un proceso de lenguaje. Para decir que los animales también tienen procesos de lenguaje muy sencillos, y que el idioma no nos formula de manera alguna, la excepcionalidad de este conocimiento.

Lo que llamamos sociedad, incluyendo construcciones como la ley y la moral –que podemos pensar artificios, aunque en realidad deberíamos decir representaciones, pues tienen esta relación simbólica entre el objeto real de nuestra sensación y la convicción verbal de mantenerlo-, están lejos de volvernos bestias excepcionales. La sociedad es inspirada por el instinto. Instinto e inspiración. Si se confunden en el silencio de nuestra naturaleza no verbal, es porque funcionan en un nivel similar. Lo que nos inspira es instintivo, en parte. El artista pues, responde a una necesidad animal particular, a una de comunicar y de transformar por medio del lenguaje, y a su vez, deducir cada proceso del universo. Una parte de la literatura viene de nuestra voluntad de saberlo todo, del conocimiento íntimo de lo que no se puede conocer.

Decía entonces que nuestras instituciones sociales son una forma de actividad animal, como son las abejas. Deleuze sugiere que la literatura es un devenir periférico, una distancia con el lenguaje dominante –el del varón humano, burgués-, que desea transformarse en otra cosa –mujer, animal-. Ahora, si bien Deleuze no se equivoca, me interroga particularmente si acaso pensaba justificar la presencia dominante del hombre en la literatura, contrario a la mujer –o al niño-. Yo justificaría este propósito remitiendo al animal, a la idea de que el varón humano cumple la función de seductor, lo que lo inclina –biológicamente, los perros también son presumidos-, a esta búsqueda de mostrarse de manera exhibicionista, por medio de la palabra. El varón tiende a ser más presumido, desde un carácter instintivo. La ambición de poder del hombre en las sociedades machistas, se explica en buena parte por la biología; el sicólogo no se aleja tampoco de estas relaciones.

Si extraemos al hombre y a la bestia de estas consideraciones excepcionales que hemos construido, de tratar de equivocarnos al enunciar “lo propio del hombre”, generamos dos temas nuevos de discurso –tres, más bien generamos tres-. Aquel del verdadero artificio, lo que el hombre no extrae del mundo, sino que trae al mundo; lo de lo propio animal y natural, de un poder que viene de asumir estas ideas combinadas y más ricas, no solo de lo que somos –animales-, sino de lo que podemos ser –animales dentro de su variedad-; para terminar suponiendo el tercer elemento –lo que no se encuentra en el discurso, lo que queda de lado, como el derecho de las herramientas-.

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