Del año del pavo

12 Jun

La cultura latinoamericana es de viejas costumbres.

Esto no quiere realmente, decir nada. Podría aplicarlo a iberoamérica*, o extenderlo a un montón de naciones, que por error o por fortuna realmente desconozco. Vale decirlo, desconozco también la totalidad del continente, por más elegías totales que lea alrespecto o ideas de hermandad/filiación que cualquier sociedad quiera prestarme -o la mezcla, la extraña confusión que el europeo suele tener de las naciones, cual si fueran intercambiables o difusas, sin fronteras, geografía, espacio, gobierno**…

Determinantemente hablamos de un concepto conservador, no en el sentido que la política quiere prestar, sino en una especie de anhelo continuatorio que remite a nuestro mismo rostro. Típico del latino es fraguar una genealogía que le entregue el valioso cáliz del pasado, la copa cedrosa de dulce nectar. Una historia pues, queremos una historia (no con mayúscula, no la disciplina casi-científica -o cientificista- del discurso que involucra un pasado e ilustres nhombres, enfrentamientos y sangres derramadas cual si sacrificaramos al dios del pasado nuestras propias entrañas), una evidente mentira que nos justifique, un elaborado engaño.

Por eso, más que otra cosa, este grupo de naciones tan arbitrariamente formadas se presta a la ecuanimidad y a la ignorancia: Es como un grupo de estudiantes esperando calificación, quiere legitimarse como un mal texto enviado repetidamente a varios editores, quiere llegar a ser***. Y en ese frenético construirse, la sociedad olvida que ya es y que conforme a las reglas arbitrarias del tiempo humano, no puede evitar seguir siendo.

*- En detriment de Brasil, país que desconozco con humildad y posee características que se me figuran auténtica y peligrosamente originales -en esa extraña mezcla de culturas afroameuropeas, este enriquecimiento mutuo que no sugiere un “progreso”, sino precisamente, el florecimiento que viene de lo variado, de las diferencias que relacionan al hombre con otros hombres de maneras que el ciego moderno no puede imaginarse, confundiendo modernismo con su análogo post.

Nos queda, necesaria pero insuficiente, la ambición. Es uno de esos objetos que por si solos no logra nada, mas al momento de cambiar facilita todas las trasiciones y los pasos -érroneos, me presto a decir-. Y es que vemos con tanta maldad la ambición que nos resulta extraño ese que se avanza y se siente justificado por palabra u obra, ese que no teme afirmar -sería raro, en otras sociedades, no plantarse frente al resto, aunque fuese un teatro/mentira/ficción-. Si un niño se disfraza, entonces se le enrarece en vez de descubrírsele. La costumbre de la máscara tiene un proceso ritual, la mentira en un modo de vida más que un método. ¿De dónde tanta ficción? Tal vez de nuestra invención. Antes que nada hay que encontrar un orígen que sabemos ha de ser mentira, pues queremos ser vástagos de algo y bastardos de nada, aunque se nos vaya en esto la vida -y ser nosotros-. Et qui est en faute? Est-ce nous?

**- En esto podemos estar de acuerdo, no tenemos gobierno. O más bien, no tenemos gobierno humano, nuestra relación con el poder no es la que tienen seres humanos entre ellos, sino una especie de impersonal intercambio al que no puede medirse con los criterios usuales de la costumbre. El poder nos es tan distante o tan opresivo como un dios antiguo, nos disgusta y nos fascina como las malas fábulas.

En este repudio a la novedad y gusto por el artificio, nos aparece extraña la disyuntiva de vivir en un constante desprecio del arte. No un desprecio vaya, una incomprensión. La sociedad no se aleja del arte por simple gusto, no confía en él pues se le presenta como un escape de la ruda vida, como una alternativa peligrosa e inútil, o por lo menos improbable para sus propias soledades. Que el arte parezca ofrecer nada cuando se siente tener poco, nos aturde sin duda. Creer que construir la imagen de un arte sea válido cuando no se tiene el propio rostro…

***- Esta no es una elección de vida, sino un trabajo propio a la literatura, Deleuze considera que la escritura se juega en un constante  tratar de ser, una distancia transformadora sobre el propio ser hacia otro, donde el ser mismo es dado por el discurso dominante que aceptamos de antemano -y que sin reflexión a veces nos volvemos-.

Tal vez por eso se dio primero a la tarea -hablo del arte-, de concebir precisamente un espejo, no de crear la obra, no de buscar la construcción, sino de pintar el absoluto del rostro del latinoaméricano en esta típica novela americana del 19, este especie de mapa/panorama aún mal calibrado, que a mi parecer, atravesó todo un siglo de desajustes y transformaciones más o menos innecesarias, para llevarnos a lo que hoy podría considerarse *gasp* aún la post-modernidad.

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